René Favaloro, a corazón abierto


Autores: Felipe Pigna y Mariana Pacheco.

René Gerónimo Favaloro nació el 12 de julio de 1923 en el barrio el Mondongo de La Plata, así llamado porque su población estaba integrada mayormente por trabajadores de los frigoríficos cercanos, que solían recibir mondongo todas las semanas como parte de pago. En ese barrio humilde de viviendas económicas alejado del centro de la ciudad, Favaloro conoció el valor del esfuerzo. Así lo recordaría años más tarde: “Yo era el hijo mayor de una familia humilde. Mi padre, ebanista, más que carpintero, tenía un pequeño taller… (…) los  ingresos siempre eran escasos. Mi madre, modista, contribuía al sostenimiento del hogar. Estarán siempre en mi mente las largas horas que pasaba sentada frente a la máquina de coser… Desde muy joven había comprendido el esfuerzo que ellos realizaban para darnos sustento y educación, y a partir de los 10 o 12 años colaboraba en las tareas del taller, en especial durante las vacaciones, en que me transformaba en un obrero más.  Así aprendí todos los secretos de la carpintería…. Años más tarde, cuando escuchaba al profesor Christmann decir que para ser un buen cirujano había que ser un buen carpintero yo pensaba que había realizado mi aprendizaje en aquel viejo taller”[1].

El pequeño René estudió en la Escuela 45. Ingresó más tarde en el prestigioso Colegio Nacional de La Plata y en 1941 empezó a estudiar medicina, una vocación que, según su madre, había despertado a los 5 años cuando acompañaba a su tío, el doctor Arturo Cándido Favaloro, en las visitas domiciliaras a sus pacientes.

Tras terminar la residencia, que realizó en el Policlínico de su barrio, aceptó por unos meses un reemplazo temporario como médico rural en Jacinto Aráuz, un pueblito de La Pampa. Era mayo de 1950 y hacia allí se dirigió Favaloro sin saber que la estadía de tres meses se estiraría durante 12 años. Su llegada revolucionó la medicina del lugar. Junto a su hermano Juan José, también médico, que arribó tiempo después, modernizaron el centro asistencial. Así una casona vieja devino en una clínica con veintitrés camas y una sala de cirugía. Además Favaloro se ocupó de enseñar pautas para el cuidado de la salud y la prevención de enfermedades. El resultado fue la reducción de la desnutrición, las infecciones en los partos y la mortalidad infantil. También armó un banco de sangre viviente, tomando muestras sanguíneas a los habitantes del lugar y clasificándolas para recurrir a ellas durante emergencias.

“Estuve doce años como médico rural en Jacinto Aráuz, La Pampa, donde aprendí el profundo sentido social de la vida. Sin compromiso social, mejor no vivir”, dijo en una entrevista en 1999. [2]

Su compromiso con la profesión y la necesidad de perfeccionarse lo impulsaron a realizar un viaje a los Estados Unidos. Partió en 1962 rumbo a la Cleveland Clinic, de Ohio, por recomendación del profesor José María Mainetti. Se desempeñó primero como residente y más tarde como miembro del Departamento de Cirugía Torácica. En Cleveland, Favaloro no tardó en ganarse el respeto y reconocimiento de sus colegas.

El 9 de mayo de 1967 Favaloro revolucionó la cardiología mundial al operar exitosamente a una mujer de 51 años mediante la técnica de bypass. La célebre intervención permitiría salvar a millones de personas y contribuyó a mejorar sustancialmente la calidad de vida de los pacientes coronarios.

En 1971, decidió volver a la Argentina para continuar aquí con su profesión. Para él enseñar y trabajar en su país eran la mejor forma de patriotismo. Así se lo explicó al doctor Donald B. Effler, jefe de cirugía de Cleveland Clinic, en su carta de renuncia: “Una vez más el destino ha puesto sobre mis hombros una tarea difícil. Voy a dedicar el último tercio de mi vida a levantar un Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular en Buenos Aires. (…) El propósito principal es desarrollar un Departamento bien organizado donde pueda entrenar a cirujanos para el futuro. Créame, yo seré el hombre más feliz del mundo si puedo ver en los años por venir una nueva generación de argentinos que trabajen en distintos centros del país resolviendo los problemas a nivel comunitario y dotados de conocimientos médicos de excelencia”. [3]

Finalmente, en 1975, creó la Fundación Favaloro, convirtiendo su sueño en realidad. Más tarde, en 1992, inauguró el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular, y seis años después, creó la Universidad Favaloro. Uno de sus mayores logros fue la formación de centenares de residentes de diversos lugares de la Argentina y de América Latina. Creía que la investigación y el fomento de la ciencia básica eran pilares del desarrollo. “En 1971 decidí volver a la Argentina porque creía que debía ser útil a mi país. (…). En este tiempo impulsé la investigación y la ciencia básica. Los países que no tienen ciencia básica no tienen futuro. Nosotros dedicamos 0,4 del PBI para investigación, y los países como Israel, Alemania, Japón, le destinan el 2 por ciento. No todo lo debe hacer el Estado. También están los empresarios. Habría que implementar, como en los Estados Unidos, que el que dona para investigación, lo deduce de réditos”[4], le dijo a Renée Sallas en una entrevista.

Su vocación de servicio, sus valores humanitarios, su profundo compromiso con la educación, su espíritu solidario y su sed de justicia lo impulsaron a trabajar sin descanso, procurando dejar un mundo más justo y solidario.

Preocupado por los problemas que lo rodeaban, alguna vez escribió: “La corrupción no es solamente la coima, los funcionarios ladrones, el narcotráfico y el lavado de dinero. Corrupción es también mantener las universidades en un estado calamitoso, una televisión donde sólo hay alaridos y violencia, la injusticia social, la desocupación, la marginalidad”[5].

La desigualdad era una de sus obsesiones. “Más de las tres cuartas partes de los habitantes del mundo viven en países en desarrollo, pero sólo disponen de un 16% del ingreso mundial, mientras que el 20% más rico del mundo dispone del 85% del ingreso mundial”[6], dijo en la conferencia internacional “Panorama de la práctica actual de la medicina y de nuestra sociedad” que dio en noviembre 1998 para la American Heart Association en homenaje a Paul White. 

El Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de la Fundación fue un faro en la historia de la cardiología argentina. No sólo por los servicios de alta complejidad que puso al alcance de la comunidad, sino también por la capacitación de un equipo de primer nivel y su contribución a la prevención de enfermedades.

Pero tras casi tres décadas de esfuerzos y sacrificios su sueño comenzó a resquebrajarse. Los éxitos de la Fundación chocaban estrepitosamente contra los balances negativos de sus finanzas. Favaloro encargó una auditoría interna y el resultado fue trágico: “Su financiamiento estaba en situación terminal”[7]. La fundación adeudaba 40 millones de dólares y tenía a su favor una deuda incobrable de casi 20 millones de dólares. Favaloro se negaba a dejar a los afiliados sin cobertura y la situación se tornaba inviable. Intentó obtener ayuda de las autoridades procurando que se le pagaran las deudas del Estado, pero no obtuvo respuesta. “Me he transformado en un mendigo. Estoy pasando uno de los momentos más difíciles de mi vida”[8], escribió a José  Claudio Escribano el 22 de junio del año 2000.

El viernes 28 de julio de 2000, agobiado por la situación, que hacía peligrar la continuidad de la institución y ya se había cobrado varios puestos de trabajo, le dijo a su secretaria Graciela Cordero: “El lunes no me puedo presentar acá, sabiendo que muchos queridos colaboradores ya fueron despedidos… Y que tienen familia”[9]. No volvería a la Fundación. Sumido en una profunda depresión, el 29 de julio se disparó un tiro en el pecho.

Referencias:

[1] René Favaloro, Recuerdos de un médico Rural, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2011.
[2] Renée Sallas, “René Favaloro: ‘No me siento un hombre imprescindible’”, en Revista Gente, N° 1793, pág. 42.
[3] René G. Favaloro, De la Pampa a los Estados Unidos, Buenos Aires, Penguin Random House, 2012.
[4] Renée Sallas,  Op. Cit., pág. 42.
[5] Revista Gente, N° 1828, 1º de agosto de 2000, pág. 28.
[6] http://www.fac.org.ar/cvirtual/cvirtesp/cientesp/chesp/chc5704c/cfavalo.htm
[7] Revista Gente, N° 1828, ibídem,pag 14.
[8] Ibídem, pág. 17.
[9] Ibídem, pág. 128.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar