Petrona Rosende de la Sierra contra las luchas civiles


En la lucha por los derechos de las mujeres hay ciertos hitos ineludibles. Uno de ellos, sin duda entre los más tempranos, es la publicación del primer periódico femenino del país, La Aljaba, nacido el 16 de noviembre de 1830, en el primer año de gobierno rosista, redactado y editado por la oriental Petrona Rosende de la Sierra.

El periódico, que tuvo existencia hasta el 14 de enero de 1831, daba especial atención a la educación de la mujer y rezaba en su portada: “Nos libraremos de la injusticia de los demás hombres, solamente cuando no existamos entre ellos”. Sus cuatro hojas, “Dedicadas al bello sexo argentino”, se editaban en la Imprenta del Estado –que en realidad era privada-, con una frecuencia de dos veces a la semana, los lunes y los jueves.

En un clima de máxima guerra civil, con Dorrego recientemente fusilado, con Lavalle en el exilio y con Rosas comenzando su primer gobierno, el periódico debatía temas de educación, arte, religión, letras y beneficencia. Pero en sus artículos sin firma, también se daba una opinión política a las mujeres lectoras. En sus páginas, reclamando por los derechos de las mujeres, podía leerse: “¿Hasta cuándo se verá el sexo femenino sumido en la obscuridad en que lo encerró el sistema opresivo de los que le negaban los conocimientos más sencillos?”.

Luego de 18 ediciones, la revista cerró, cuando Rosende, enferma y algo decepcionada, decidió volverse a la Banda Oriental. Recién veinte años más tarde, otra mujer, Rosa Guerra, editaría un nuevo periódico de la mujer, La Camelia. Recientemente, los 18 números de La Aljaba fueron reeditados por el Archivo Histórico de la provincia de Buenos Aires. Recordamos la creación de este periódico de vanguardia con extractos de uno de los artículos publicados, en esta ocasión, refiriéndose al rol que la mujer podía cumplir para contribuir a la paz en un país sumido en luchas intestinas.

FuenteLa Aljaba, Nº  13, 28 de diciembre de 1830, pp. 1-2.

El reconocimiento de nuestra independencia por parte de la Francia es un acontecimiento grandioso, y por consiguiente de gran peso en la balanza política, que se ve inclinada a nuestro favor: no ha muchos meses que el ministerio del ex rey Carlos X se pronunció de un modo capaz de infundir temores a los gobiernos republicanos de nuestra América. Hablando con verdad, debíamos temer que la expedición triunfante de Argel no quedaría sin que se le diese un nuevo destino, y que éste fuera la América: las tropas españolas que se reunían y disciplinaban en la isla de la Habana, operarían en combinación con las de Carlos X. Por consiguiente, una fuerza numerosa, aunque llegase a nuestros mares algo desmembrada por la distancia, y la epidemia que generalmente es el azote de las grandes  expediciones peninsulares hacia nuestras regiones, (sin embargo de todo esto) nos hubieran causado muchos males, de los que podemos contarnos libres, por la libertad que hoy goza la Francia, y por el reconocimiento que acaba de hacer de nuestra independencia. Pero este reconocimiento, no nos traerá los bienes que debemos esperar de él, sin que por nuestra parte hagamos ver a la Francia, y al mundo entero, que somos y estamos capaces de ser reconocidos; un ministro diplomático se nos pide, como es de costumbre, entre las naciones cultas: para que éste marche competentemente autorizado, ¿qué haremos? ¿De qué modo nos presentaremos a una nación poderosa, y que acaba de darnos la más alta prueba de la unión y de sus sentimientos y deseos? Nosotros que somos, y estamos tan discordes y tan divididos –en nuestras opiniones, y hasta en el conocimiento de nuestros propios intereses-, ¡qué hacemos! ¡Sexo influyente! Ha llegado el momento más crítico, y más oportuno para manifestar lo que podéis sobre el corazón de los hombres. ¡Argentinas de todos los pueblos del interior! Con vosotras hablo, compatriotas cordobesas, tucumanas, salteñas, santiagueñas, y todas, unid vuestros ruegos con las porteñas; postrémonos todas ante los hombres, alcemos nuestras manos, lloremos… Federales y unitarios queden desarmados por nuestras súplicas; y por nuestras lágrimas sean enmohecidos los filos de sus espadas: todos llenos de un mismo sentimiento; todos poseídos de unos mismos deseos, sean presentados por nosotras en el templo de la reconciliación; allí serán coronados por nuestras manos, y sin dilación impelámoslos a que en las aras de la patria juren sacrificar, en lo sucesivo, todas sus pasiones, antes que volverla exponer a sucumbir bajo las ruinas de la discordia… (…)  mediemos para que terminen sus divergencias; y si no ceden a tan justa demanda, que vuelvan los puñales que amenazantes brazos levantan contra la vida de la patria, que los vuelvan sobre nuestros pechos; que vean correr nuestra sangre antes que, en su empeño, logren ver desgarrada a aquella, y en ella a nuestros hijos tiernos y queridos!.”

Petrona Rosende de la Sierra

Fuente: www.elhistoriador.com.ar