“Nuestro programa”, primer editorial del periódico socialista El Obrero (12 de diciembre de 1890)


Nos han enseñado, con particular empeño, el concepto “granero del mundo” para que lo aceptemos y asimilemos como algo positivo, como la referencia a una edad de oro de nuestro país a la que siempre sería deseable volver. En realidad se trata de la mejor definición de la condena –decretada por el mercado mundial y aceptada con gusto y beneficio por nuestras oligarquías locales– a ser proveedores de materias primas y compradores de productos elaborados, muchas veces con nuestros mismos productos primarios.

Un granero es un depósito, un lugar inanimado. Allí no hay trabajo, valor agregado en términos económicos, sino para unos pocos. El trabajo, los puestos de empleo, los exportábamos junto con nuestras vacas, ovejas y trigos a Inglaterra. Allí se transformaban en sweaters, zapatos y carne congelada, que eran exportados al mundo y a la propia Argentina, con enormes ganancias.

La extracción de materias primas demandó millones de inmigrantes que vinieron de diversos países al Río de la Plata a hacer la América. Nunca pensaron los dueños del granero que, junto con el ejército de desocupados y la mano de obra barata, estaban importando la rebelión. Hacia 1890, gobernaba el país Miguel Juárez Celman, cuñado de Julio Argentino Roca, a quien había sucedido en la presidencia mediante elecciones fraudulentas. A poco de asumir, Celman declaró:”No creo en el sufragio universal. Consultar al pueblo siempre es errar pues éste únicamente tiene opiniones turbias».Durante esta etapa, los negocios públicos y los privados se complementaron. Ricos empresarios incursionaron en la política; funcionarios y políticos lo hicieron en los negocios. Estos grupos, formados por financistas, gestores, intermediarios, especulaban con cada venta, cada compra, cada préstamo, cada licitación, haciendo enormes negocios a costa de los fondos estatales, sin siquiera preocuparse en pagar impuestos. Juárez Celman llevó adelante una política económica liberal fomentando la privatización de todos los servicios públicos.

Esto dio lugar a grandes negociados y generalizó la corrupción en la administración estatal. La euforia especulativa comenzó a desvanecerse a mediados de 1889 cuando bajaron los precios internacionales de nuestras exportaciones y fue necesario hacer frente a una deuda externa que comprometía el 60% de la producción nacional.

En junio de 1890 el gobierno anunció oficialmente que no podía pagar la deuda externa. Esto precipitó la crisis, al generalizarse la desocupación y agravarse  la situación de los trabajadores. El 26 de julio estalló la revolución de la Unión Cívica, que fue derrotada, pero logró la dimisión del presidente Juárez Celman.

Tras la revolución se declaró el «estado de sitio» y se multiplicó la represión policial, lo que contribuyó a aumentar el clima de inseguridad y temor de los trabajadores. Desde 1888 los salarios habían comenzado a descender abruptamente. En 1889, la Segunda Internacional convocó a una movilización simultánea para el 1º de mayo de 1890 como jornada de lucha para perpetuar la memoria de los trabajadores ejecutados en Chicago tras las jornadas de lucha por las ocho horas de trabajo.

En la Argentina, aquella primera conmemoración se hizo también en reclamo de las reivindicaciones obreras más elementales, como la jornada de trabajo de ocho horas, la prohibición del trabajo infantil, la supresión del trabajo a destajo, y la igualdad del salario por la misma actividad para varones y mujeres.

En un nuevo aniversario del día del trabajador, compartimos el editorial del primer número de El Obrero, el periódico oficial de la Federación de Trabajadores de la Región Argentina, primera central obrera del país, dirigido por Germán Ave Lallemant, que, bajo el título de «Nuestro Programa», postula las ideas principales que inspiraron a la primera sindical del país.

Fuente: El Obrero, diciembre 12 de 1890, Año 1, N9 1, pág. 1.

Nuestro programa, periódico El obrero

¡Obreros! ¡Compañeros!

Hace tiempo que se hace sentir la falta de una publicación representante de los intereses de la clase obrera y del Proletariado en el sentido más lato de la palabra, y contando con el apoyo del Comité Internacional y el favor de las sociedades de artesanos, que forman la Asociación Internacional de Obreros en esta ciudad, hemos resuelto fundar esta hoja que saldrá por ahora sin determinación de plazo fijo ofreciendo a todo el Proletariado Argentino, como un campeón de los intereses de la clase de los trabajadores asalariados.

El día 1º de Mayo, algunos miles de obreros de esta ciudad de Buenos Aires respondiendo a los propósitos y al programa del Congreso Internacional de socialistas reunidos el 1º de julio de 1890 en París, celebraron un primer meeting solemne en el Prado Español y fundaron el Comité Internacional, como un centro de unión de todas las sociedades de obreros que conscientes de la magnitud de la misión que en la historia de la cultura humana está llamada a llevar a cabo la clase proletaria, se coaligaron, animados por el espíritu de solidaridad más amplia, con el fin de prestarse mutuamente auxilios, y robustecer la acción común, por un lado para luchar en fila cerrada por el mejoramiento de las condiciones de existencia, o sea para mejorar en cuanto posible fuera los salarios y disminuir las horas diarias de trabajo, y por otro lado para continuar la gran obra de la emancipación de la clase obrera cuyo acto libertador lo comprende la misión del Proletariado.

Venimos a presentarnos en la arena de la lucha de los partidos políticos en esta República como campeones del Proletariado que acaba de desprenderse de la no poseedora, para formar el núcleo de una nueva clase, que inspirada por la sublime doctrina del Socialismo Científico moderno, cuyos teoremas fundamentales son: la concepción materialista de la Historia y la revelación del misterio de la producción capitalista por medio de la supervalía —los grandes descubrimientos de nuestro inmortal maestro Carlos Marx— acaba de tomar posición frente al orden social vigente.

Había dominado hasta aquí en la República Argentina el régimen del caudillaje, despotismo nacido de la autoridad que ejercían los jefes conquistadores españoles, apoyados por la clerigalla católica, cuya constitución política nació de la organización de la producción en el sistema de las Encomiendas y la Esclavitud, y aunque la revolución de 1810 abolió la esclavitud de derecho, de hecho tanto esta como el caudillaje se habían conservado hasta mucho después, tan arraigados estaban ambos en las costumbres de la gente del país, y si la esclavitud abolida en las regiones más civilizadas del país por el asalariado existe todavía en las regiones del interior donde las costumbres no han sido alteradas todavía por el razonamiento suficiente con el elemento extranjero, el caudillaje rehabilitado por el sistema de la Política Electoral, no solamente que existe todavía, no obstante de las Constituciones redactadas sobre el molde de las instituciones de la así denominada libertad anglicana, sino que llegó al máximo grado de su desenvolvimiento en el régimen del incondicionalismo y del unicato, forma especial sudamericana del absolutismo que todos co­nocemos.

El capitalismo internacional en busca siempre de mercados nue­vos para sus mercaderías, pero de mercados solventes, ha mucho que se fijó en la fertilidad y habitabilidad de estas comarcas. Fue él quien inició y llevó adelante la obra de civilización aquí, echando sus capitales sobrantes a este país, tras de cuyos capitales han venido siguiendo muchos miles de obreros y trabajadores en busca del mercado en que podían vender su fuerza de trabajo.

Pero civilizar quiere decir organizar la producción y el trabajo conforme con las leyes del capitalismo, cuyas leyes surgen frente a cada individuo como leyes compulsoras de la libre concurrencia, y realizar en el orden social, las instituciones del liberalismo democrático burgués como única organización social adecuada al máximo desarrollo posible de la libre concurrencia o competencia.

El capital se ha sabido valer de la oligarquía del caudillaje para sentar sus reales en el país, e ínter este último bien remunerado, se portó obediente y dócilmente, ambos marcharon de acuerdo, ambos marcharon de acuerdo.  Pero resultó que la oligarquía caudillera, abusando más y más del poder del estado para garantir a sus propios miembros de las consecuencias de la ley sobre libre competencia que determina las relaciones de los capitales individuales entre sí, infringió arbitrariamente las leyes capitalistas, o sea de la sociedad democrática burguesa, convirtiéndose el unicato incondicional en un absolutismo insufrible y absurdo. Entonces el capital internacional le echó el guante al caudillaje y estalló la guerra.

La bolsa, este templo del gran sacerdocio capitalista, hostilizó al gobierno caudillero por medio del agio, del precio del oro, y la completa ignorancia de nuestros hombres de estado en todo lo que la estructura económica del capitalismo concierne, llevó al país a la bancarrota.

Obedeciendo la acción civilizadora del capital se alzó la Unión Cívica, levantando la bandera del régimen puro de la sociedad burguesa. Hemos visto cómo en la revolución de julio, la revolución de la burguesía argentina por excelencia, esta última aunque desgraciada en la lucha sobre las barricadas y mal dirigida, derribó el caudillaje en la primer campaña, y si este último recuperó fuerzas de nuevo, sin embargo, ante la guerra implacable que le hace la Bolsa, guerra inspirada desde el gran cuartel general del capitalismo internacional en Lombard Street de Londres, tendrá que arrear bandera bien pronto definitivamente.

Comienza pues en este país la era de la dominación pura burguesa, hasta hoy claudicada por tradiciones caudilleras hispanoamericanas.

Esta era del régimen burgués puro importa, sí, un gran progreso, y nosotros que confesamos la ley fundamental del materialismo dialéctico, de que la historia de la humanidad es un desarrollo infinito, en que, de un estado alcanzado se viene desarrollando el subsiguiente, y que sabemos que en el capitalismo y en la sociedad burguesa misma, ya se hallan en vigoroso proceso de desenvolvimiento los gérmenes de la futura sociedad comunista, cuya realización es el objeto final de nuestros esfuerzos y deseos, nosotros aclamamos la nueva era con satisfacción.

Pero nosotros sabemos también que la historia no es otra cosa que la lucha, de que la era del régimen de la burguesía pura no importa otra cosa sino una crecida apropiación de trabajo no pagado en forma de supervalía y la explotación más intensiva de la fuerza de trabajo de los obreros. El capitalista al tiempo que paga la fuerza-trabajo del obrero con el valor real que como mercancía tiene en el mercado, extrae no obstante de ella mucho más valor de aquel que él ha dado en la forma de salario para adquirirla, y que esta supervalía constituye la suma de valores de donde proviene la masa del capital siempre creciente, acumulada en manos de las clases poseedoras. Con la era de la administración pura burguesa, los capitalistas tratarán de hacer más la proporción de la supervalía relativa, de aumentar el grado de explotación del trabajo, tanto más como el país tiene que pagar enormes deudas en el exterior, que solamente puede satisfacerse por los valores de la producción. La clase de los verdaderos productores, la de los obreros, pues, tendrá ahora que defenderse de un modo tanto más enérgico contra las exigencias crecientes del capitalismo cuanto la burguesía es la absoluta dueña de los poderes del estado, sobre todo de la legislatura y estará empeñada en echar todos los cargos e impuestos necesarios para la conservación de la autonomía nacional y provincial sobre los hombres del proletariado.

De allí resulta que la lucha de la clase proletaria por el mejoramiento de su situación económica, es inseparable de la participación enérgica que como clase tiene que tomar en la política del país.

Son estas consideraciones las que servirán de base para nuestra actitud de campeones de los intereses de la clase obrera. Queremos pues, defender en primer lugar al salario para facilitar una existencia humana a los trabajadores asalariados y queremos en segundo lugar ser propagandistas de la sublime doctrina del socialismo científico moderno, que enseña al proletario como él está llamado a ser el poderoso agente; por cuya acción la Humanidad conquistará el máximo grado de libertad posible, haciéndose dueña de la Naturaleza y en este sentido siempre levantaremos la voz para gritarle a la clase de los obreros y trabajadores asalariados,
Proletarios de todos países, uníos.