Lucio Víctor Mansilla nos habla de su tío, don Juan Manuel de Rosas


Lucio Victorio Mansilla, periodista, escritor, militar y diplomático y dueño de una de las vidas más novelescas de la historia argentina, nació en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1831, fueron sus padres el General Lucio Mansilla y doña Agustina Rosas, hermana del “Restaurador”, conocida como “la belleza de la federación”. Siendo un adolescente sus padres lo enviaron de viaje para alejarlo de “unos amores que la prudencia no veía con buenos ojos”. Estuvo en la India, Egipto, Turquía, Italia, Francia e Inglaterra. El pronunciamiento de Urquiza en 1851 lo obligó a regresar apresuradamente al país. Tenía apenas 20 años. Fue diplomático, militar y sobre todo un gran escritor, autor de Una excursión a los indios ranqueles, Memorias, Rozas, entre otras notables obras.

 

¿Cómo era su tío don Juan Manuel de Rosas?
Mi tío era un hombre alto, rubio, blanco, semipálido, combinación de sangre y de bilis, un cuasi adiposo napoleónico, de gran talla, de frente perpendicular, amplia, rasa como una plancha de mármol fría, lo mismo que sus concepciones; de cejas no muy guarnecidas; poco arqueadas, de movilidad difícil; de mirada fuerte, templada por lo azul de una pupila casi perdida por lo tenue del matiz, dentro de unas órbitas escondidas en concavidades insondables; de nariz grande, afilada y correcta, tirando más al griego que al romano; de labios delgados, casi cerrados, como dando la medida de su reserva, de la firmeza de sus resoluciones; sin pelo de barba, perfectamente afeitado, de modo que el juego de sus músculos era perceptible… Agregad a esto una apostura fácil, recto el busto, abiertas las espaldas, sin esfuerzo estudiado, una cierta corpulencia del que toma su embonpoint, un traje que consistía en un chaquetón de paño azul, en un chaleco colorado, en unos pantalones azules también; añadid unos cuellos altos, puntiagudos, nítidos y unas manos perfectas como formas, y todo limpio hasta la pulcritud -y todavía sentid y ved, entre una sonrisa que no llega a ser tierna, siendo afectuosa, un timbre de voz simpático hasta la seducción- y tendréis la vera efigies del hombre que más poder ha tenido en América1

¿Y en cuanto a su personalidad y sus actitudes políticas?
Fue durante larguísimos años un misterio y una mistificaci6n para casi todos excepto para él mismo. En las campañas parece campesino y es burgués. En el orden nacional habla de patria y es localista. Nadie atentó contra la América, y él se dice defensor de la santa causa americana. ¡Santa!; tiene la manía de los adjetivos y de los sobrenombres costumbre gauchesca. No es perversa, árida y fría su alma; es intermitente, ondulante, pudiendo llegar a no enternecerse jamás. No es caprichoso; tiene desarrollada la protuberancia de la continuidad y su frente amplia, lisa, cuadrada, parece hecha para resistir a todo lo que intente inducirlo en otro sentido de lo que es la lógica de su voluntad persistente. Distingue perfectamente los medios, los instrumentos, conoce su fuerza, su eficacia, sabe qué quiere, sabe que va a un fin; más no discierne claramente ese fin, excepto cuando se sale, por decirlo así, de las abstracciones. Su fuerza es pura potencialidad. Saltará sobre un bagual en pelo al pasar, convencido, persuadido, sabiendo que lo do- minará; pero dónde se detendrá, no le alcanzará, ni quiere alcanzarlo, corno si gozara con las fruiciones de un peligro remoto, a través de obstáculos imaginarios. Y no porque sea fantástico, sino porque es diestro.

¿Era un hombre maquiavélico como lo describen sus enemigos?
Diríase que era un navegante que ama las tormentas, no por el espectáculo, sino por la extraña satisfacción de llevar su bajel a un puerto cualquiera, fuera del derrotero indicado por el sentido común. Es un realista desequilibrado; no tiene nociones altruistas; vive demasiado dentro de sí mismo para pensar en los demás. Que piensen ellos en él y lo empujen. El no pensará en ellos sino cuando sean sus instrumentos pasivos. Tiene todas las energías maternas, le falta su afectividad, su piedad samaritana. Ama las cosas, las almas les son indiferentes. Llorará a un perro y ocultará lágrimas de duelo porque no lo crean débil, humano. Es déspota orgánicamente, y más capaz  de perdonar al que le tema que al que le haya desafiado. Cree en Dios y en la Iglesia, pero no respeta los altares.

¿Le hacía comentarios políticos?
De la política, de la política de entonces, nunca me decía una palabra. Y como yo era muy federal, muy rosista, algo me faltaba. ¡Y ya lo creo que era yo muy federal! Mi tío era para mí un semidiós, el hombre más bueno del mundo. Yo retozaba en su casa, como no podía hacerlo en la mía, con una cáfila de primos. Entrábamos, ad libitum en sus piezas, sin que él nos hiciera más observación que ésta: “¡Bueno, bueno! Pero no me toquen los papeles ¿Eh?” Y al retirarnos, a toda la sarta de sobrinos les daba lo siguiente, el sábado a la tarde, indefectiblemente: una docena de divisas coloradas, nuevitas, que nos hacían el efecto de la muleta al toro. Un peso fuerte, en plata blanca, que nosotros después cambiábamos en moneda corriente, discutiendo el precio con nuestros respectivos tatitas, y un retrato litografiado de Quiroga, diciéndonos siempre estas mismas, mismísimas palabras (y repitiéndoselas a cada uno): “Tome, sobrino, ese retrato de un amigo, que los salvajes dicen que yo mandé matar”. Esta palabra salvaje no crean ustedes que inspiraba entonces un sentimiento de horror, pues yo me acuerdo que, cuando estaba en la escuela de don Juan Peña, no se la aplicaban los muchachos unos a otros para asustarse, sino como afrenta. Ayer todavía nos acordamos de esto con José Ignacio Garmendia. 2

¿Sabe usted que no tiene una calle en Buenos Aires?
Hay mucha gente que cree que la calle “general Mansilla” es por mí. Deben salir de su error. Yo no he dado nombre a nada que sea mi homónimo. Soy algo así como el último de los mohicanos.

Si tengo hijos no lo llevan. En la Pampa hay sí algunos lugares bautizados por mí. Verbigracia, al sur del Río Quinto, el “Médano de la piedra” (porque allí, durante un temporal diluviano que duró tres días, hallé una conana, piedra que sirve entre los indios para moler granos, como maíz); y “Cañada de los dormilones” (porque allí, en tanto dormía uno de mis soldados, Calixto Oyarzábal, yo mismo, acosado por el hambre, le moché una parte de su escasa ración de charqui). En contraposición, varios de mis subalternos pasan a la posteridad en esa forma y modo. ¿Para qué citarlos? 3

Referencias:

1 Lucio V. Mansilla, Los siete platos de arroz con leche, Buenos Aires, EUDEBA, 1963.
2 Rozas, ensayo histórico-psicológico, Bs As, A-Z, 1996
Lucio V. Mansilla, Rozas, ensayo histórico-psicológico, Bs As, A-Z, 1996
3 Lucio V Mansilla, Mis Memorias, Buenos Aires, 1925.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar