Los hitos que marcan a la izquierda latinoamericana desde la revolución cubana hasta hoy


Fuente: Marta Harnecker, textos preliminares del libro “La izquierda en el umbral del Siglo XXI

Introducción

1. A continuación haré un breve recuento de los hitos más importantes que, según mi opinión, han influido en la izquierda latinoamericana durante los treintinueve últimos años que siguieron al triunfo de la revolución cubana. Más que un análisis histórico acabado, que en ese caso debería comenzar por los orígenes de la izquierda a comienzos de siglo, estas líneas pretenden ser gruesas pinceladas acerca de las huellas que la van marcando desde el triunfo de la revolución cubana hasta hoy.

2. Me parece necesario dividir este período -que ocupa algo más de un tercio de siglo- en dos momentos muy diferentes: el primero, que va desde el triunfo de la revolución cubana hasta la caída del socialismo en Europa del Este, y el segundo, que llega hasta hoy. En el primero, la revolución social se ve como una posibilidad que aparece en el horizonte; en el segundo, ésta no se ve como una posibilidad inmediata.

3. Quiero aclarar que esto no significa que piense que se deba renunciar a luchar por la revolución social, hoy más necesaria que nunca -no sólo para los pobres de este mundo, sino para la humanidad toda que terminará por autodestruirse si sigue en la loca carrera consumista neoliberal-; de lo que se trata es de tener los pies firmes sobre la tierra para elaborar el qué hacer que nos permita acumular fuerzas y avanzar en la lucha por crear las condiciones de una futura transformación social a la que no renunciamos.

Primera etapa: Desde el triunfo de la revolución cubana hasta la caída del socialismo en Europa del Este (1º ene 1959-9 nov. 1989)

4. La primera etapa comienza con el triunfo de la Revolución Cubana el 1 de enero de 1959 y se puede subdividir en tres fases: la primera, de gran efervescencia revolucionaria, que va desde el triunfo de la Revolución Cubana hasta la derrota de Allende en Chile; la segunda, de involución y triunfo de las fuerzas conservadoras, que se extiende desde el golpe militar en Chile hasta el triunfo de la Revolución Sandinista; y la tercera, desde esta fecha hasta la caída del socialismo en Europa del Este, en que nuevamente las fuerzas del cambio avanzan, pero ahora fundamentalmente en Centroamérica y Colombia, mientras se produce una lenta y condicionada retirada de los militares a los cuarteles en los países del Sur.

Triunfo de la revolución cubana (1 de enero de 1959)

5. La Revolución Cubana triunfa el 1 de enero de 1959, en un contexto de crisis del modelo desarrollo capitalista en nuestro subcontinente y dentro de una correlación mundial de fuerzas que ha ido cambiando a favor del campo socialista y los movimientos de liberación nacional en el Tercer Mundo.

6. La victoria guerrillera en la isla caribeña despierta la simpatía de la mayor parte de la izquierda occidental, era una luz que asomaba en el oscuro horizonte conservador que entonces se vivía. Tenía todas las cualidades para ser atractiva, especialmente para los jóvenes: espíritu romántico, heroísmo en las montañas, antiguos líderes estudiantiles con la desinteresada generosidad de su juventud -el más viejo apenas pasaba los treinta años-, un pueblo jubiloso en un paraíso turístico tropical que latía a ritmo de rumba (Hobsbawm, 1994, p.439).

7. Pero no sólo atrae, sino que constituye un gran aliento para las luchas populares porque rompe con dos tipos de fatalismo muy difundidos en la izquierda latinoamericana: uno geográfico y otro de estrategia militar. El primero planteaba que los Estados Unidos no tolerarían una revolución socialista en su área estratégica (Gaspar, 1997, p.9) y Cuba triunfa a noventa millas de sus costas; el segundo sostenía que, dada la sofisticación que habían alcanzado los ejércitos, ya no era posible vencer a un ejército regular y Cuba demuestra que la táctica guerrillera es capaz de ir debilitando el ejército enemigo hasta llegar a liquidarlo. Los jóvenes de izquierda de los sesenta pensamos que íbamos a poder contemplar relativamente pronto una transformación social profunda en nuestros propios países.

8. El triunfo del Movimiento 23 de Julio -que es interpretado como una prueba de la eficacia de las armas en manos del pueblo para conseguir la independencia y el desarrollo nacionales- se produce en un momento de gran escepticismo de importantes sectores de la izquierda en relación con las elecciones y la incapacidad de los regímenes democrático- burgueses para mejorar las condiciones de vida del pueblo. No es de extrañar, entonces, que haya inspirado a la intelectualidad militante en un subcontinente de gatillo fácil y donde el valor altruista, especialmente cuando se manifiesta en gestos heroicos es bien recibido (Hobsbawm, 1994, p.439), a la que proporciona contundentes argumentos contra la vía pacífica al socialismo adoptada XXº Congreso del PCUS en 1956 y seguida fielmente por la mayor parte de los partidos comunistas de América Latina. Sin tener en cuenta las condiciones concretas de cada país, la lucha armada llega a ser considerada el camino exclusivo para llevar adelante la revolución. De medio se transforma en fin. Sólo se era consecuentemente revolucionario si se estaba dispuesto a tomar un fusil y partir al monte o a la lucha armada clandestina en las ciudades.

9. La vía armada era entonces -como sostiene Carlos Vilas- el documento de identidad de una propuesta revolucionaria (1996, p.5). Muy pocos eran los que intentaban agotar primero todos los otros caminos para mostrar a sus pueblos que no eran los revolucionarios los que elegían la violencia, como sabiamente lo hizo Fidel en Cuba (Harnecker, 1986, pp. 46-55), quien poco antes de lanzar la expedición del Granma volvió a plantear a Batista la posibilidad de evitar la guerra si se iba a elecciones verdaderamente libres, para dejar bien claro que la violencia no era elegida por ellos, sino impuesta por el enemigo.

10. La polémica con los partidos comunistas, ya señalada, y el hecho de que éstos utilizaran las elecciones como una de las formas principales de lucha, determinó que rechazaran esta forma de lucha. Estaban dispuestos a combinar la lucha armada con la lucha de masas, pero no con la lucha electoral. En esos años cualquier tipo de incursión en el terreno institucional era descartado por completo. La diferenciación entre reformistas y revolucionarios pasaba por su definición a favor o en contra de la utilización inmediata de la lucha armada.

11. La primera revolución socialista en el mundo occidental no sólo influyó en el terreno político, sino que también tuvo una gran trascendencia cultural. Su originalidad, el hecho de haber triunfado a pesar de los esquemas establecidos, ayudó a abrir espacio a nuevas ideas y a una renovación del pensamiento social latinoamericano que gracias a esta revolución se tercermundializó.

12. Coincido con Agustín Cueva (1989, pp. 26-27)en que las principales concepciones modificadas por el proceso cubano son: la definición del carácter de las formaciones sociales latinoamericanas que dejan de ser consideradas feudales para pasar a ser consideradas subdesarrolladas -hasta entonces se hablaba de terratenientes feudales y de regímenes feudales en América Latina y desde la revolución cubana empieza a ponerse énfasis en el carácter dependiente sometido al imperialismo de nuestras sociedades-; el esquema de interpretación de las clases sociales y de las fuerzas revolucionarias que veía en el pueblo a su fuerza motriz y consideraba que la burguesía era incapaz de conducir la revolución ; el carácter de la revolución latinoamericana (Harnecker, 1986, pp. 167-251) que deja de ser considerado democrático-burgués para ser considerado antiimperialista y socialista; y, por último, las formas de lucha donde la lucha armada pasa a desempeñar un papel muy importante.

13. A su vez, el impacto de la revolución cubana sobre la intelectualidad hace que muchos hombres de sus filas se liguen a los procesos emergentes y comiencen a servir a la causa popular desde una militancia más comprometida.

14. Por otra parte, las duras agresiones de la principal potencia imperialista mundial, los Estados Unidos, contra el peligro que significa el ejemplo de la naciente revolución, plantean la necesidad y significan un poderoso impulso a la integración continental para hacer frente al poderoso adversario común.

La izquierda revolucionaria y los grupos guerrilleros rurales

15. En torno a la polémica sobre la lucha armada, puesta en el tapete por la revolución cubana, la izquierda latinoamericana se divide. Los grupos que surgen optando por este camino se autodenominan izquierda revolucionaria, para diferenciarse del resto de la izquierda a la que tildan de reformista (partidos comunistas pro soviéticos, partidos socialistas, etc.). En el caso chileno, serán considerados más tarde reformistas todos los partidos que conformarán el frente político Unidad Popular encabezado por Salvador Allende, por el simple hecho de haber aceptado transitar por la vía no armada.

16. La izquierda revolucionaria, de origen urbano y preponderantemente universitario, tuvo escasa penetración en el movimiento obrero, tanto por la oposición que recibió de los aparatos sindicales de los partidos comunistas y socialdemócratas o populistas que dominaban ese espacio, como por el propio desinterés de sus militantes, que preferían abocarse a las tareas de preparación militar (Gaspar, 1997, p.12).

17. Esta nueva izquierda, llena de ímpetu e impaciencia juvenil, no sólo se declara partidaria de la lucha armada, sino que se lanza a crear organizaciones guerrilleras: Masseti en Tucumán, Argentina; las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, en Venezuela; las Fuerzas Armadas Rebeldes dirigidas por Yon Soza y Turcios Lima, en Guatemala; el MIR encabezado por Luis de la Puente y Guillermo Lobatón, y el ELN dirigido por Héctor Béjar, en Perú; el Frente Sandinista dirigido por Carlos Fonseca, en Nicaragua; el Ejército de Liberación Nacional de Camilo Torres, en Colombia; Lucio Cabañas con su Partido de los Pobres y Genaro Vázquez y su Asociación Cívica Nacional Revolucionaria, en México; Marighella y Lamarca en Brasil; y la simbólica guerrilla del Che en Bolivia.

18. No pocos de estos grupos -conformados por heroicos jóvenes dispuestos a dar su vida por la causa popular-, caen en desviaciones foquistas: deciden partir a la montaña sin conocer previamente el terreno, sin un mínimo de apoyo social, convencidos de que las condiciones revolucionarias estaban dadas y que bastaba sólo la chispa -su chispa- para encender la pradera. El libro ¿Revolución en la Revolución? de Regís Debray (1967) – intelectual francés que visita la guerrilla del Che en Bolivia- se transforma en una especie de cartilla para montar guerrillas y se encarga de dar fundamento teórico a este método, que muy poco tiene que ver con lo que realmente ocurrió con la revolución cubana.

19. No era ni sería la primera vez que se copiaba un modelo extranjero sin tener en cuenta la realidad del respectivo país y, además, se copió mal.

20. La revolución cubana, una revolución vanguardizada por una organización nacional, el Movimiento 26 de Julio, muy enraizada en las tradiciones cubanas y especialmente en el pensamiento de José Martí, nunca fue foquista. Por el contrario, siempre atribuyó gran importancia al potencial revolucionario del campesinado de la zona -haciendo un trabajo previo en ella- y se preocupó, como tarea política fundamental, de difundir masivamente en la isla un programa revolucionario -el programa del Moncada- que convocaba a los más amplios sectores populares a la lucha contra Batista.

21. Durante sus años de presidio, Fidel estimaba que la misión del momento no era – como muchos podrían haber pensado en dichas circunstancias- organizar células revolucionarias para poder disponer de más o menos hombres para la lucha armada, sino realizar una gran campaña de propaganda (Harnecker, 1986, pp. 55-69) porque sin propaganda no hay movimiento de masas y sin movimientos de masas no hay revolución posible. […] La tarea nuestra ahora de inmediato -decía- es movilizar a nuestro favor la opinión pública; divulgar nuestras ideas y ganarnos el respaldo de las masas del pueblo. Nuestro programa revolucionario es el más completo, nuestra línea, la más clara, nuestra historia la más sacrificada; tenemos derecho a ganarnos la fe del pueblo, sin la cual, lo repito mil veces, no hay revolución posible (Castro, 1954).

22. Nada de esto era conocido por las organizaciones guerrilleras de los sesenta aunque, paradójicamente, su máximo exponente simbólico fue la guerrilla del Che en Bolivia.

23. Por su parte, la concepción del Che (Piñeiro, 1997, pp. 9-12) consistía en fundar una columna madre integrada por revolucionarios de varios países latinoamericanos, la que luego de superar la etapa de sobrevivencia, foguear a combatientes, formar a los cuadros de dirección, permitiría la formación de otras columnas que podrían expandirse por otros países de América Latina, especialmente por aquellos donde la intervención imperialista contra la causa popular fuera más evidente. El Che pensaba que si, a partir de Bolivia surgían estas nuevas columnas guerrilleras, eso provocaría una reacción en los ejércitos de los países fronterizos apoyados por el imperialismo y se generalizaría la lucha armada en la región, la cual se tornaría un escenario de cruentas, largas y difíciles batallas que más tarde o temprano llevarían a la intervención yanqui. Se crearía así uno de los tantos Vietnam que el convocó a crear en su Mensaje a los pueblos del mundo, dado a conocer a través de la Tricontinental.

24. Según el Che, el núcleo guerrillero original, bien dirigido, era el motor chico, que accionando política y militarmente, echaba a andar el motor grande de las masas. Esta concepción nada tiene que ver con el enfoque reduccionista del foco guerrillero que se le ha pretendido adjudicar. El hablaba de foco insurreccional vinculado a las masas, no de un grupo pequeño de hombres armados que actúan divorciados del pueblo.

25. No se suele olvidar también que el Che expresamente afirmó que no se podía desarrollar la lucha guerrillera en donde hubiese gobiernos nacidos de alguna forma de consulta popular y donde no se hubieran agotado las posibilidades de lucha cívica.

26. Lo que hoy puede decirse es que estos intentos guerrilleros -muchos de los cuales cayeron en desviaciones militaristas- aunque tuvieron impacto en sus respectivos países, no llegaron a ser referentes de importancia en la vida nacional salvo el venezolano, y muchas veces fueron sobredimensionados por las fuerzas de derecha para legitimar la reducción del ámbito de las libertades públicas (Gaspar, 1997, p.13).

Polémica chino-soviética y división del campo socialista (1967)

27. La revolución cubana surge en el contexto de crecientes contradicciones entre los partidos comunistas más poderosos del campo socialista: el soviético y el chino, que culminan con la ruptura del llamado “campo socialista” en 1967.

28. La crisis del bloque soviético comienza tras la muerte de Stalin, en 1954, y se agudiza luego del XX Congreso del PCUS en 1956, donde se ataca por primera vez la política staliniana y, con mayor cautela, al propio Stalin. El efecto de este acontecimiento fue inmediato. Surgen reacciones en Polonia, donde se instala una nueva dirección compuesta por reformadores comunistas con la aprobación de Moscú. No ocurre lo mismo con el reformador comunista Imre Nagy, en Hungría. El nuevo gobierno por él encabezado es aplastado por el Ejército Rojo en noviembre de ese año.

29. En Oriente, la revolución china, que había triunfado ignorando las orientaciones que recibía de Moscú, comenzaba a transformarse en un contrincante poco dócil con cada vez más peso para la hegemonía soviética. Mao Tse Tung proclamaba la superioridad del campo socialista en la correlación mundial de fuerzas, fundamentando esta afirmación en la cantidad de población total de la tierra que vivía en el campo socialista: mil millones de personas, el sesenta por ciento de los cuales eran chinos, el triple de la población soviética (Benz y Herman, 1981, pp. 283-288).

30. Algo más de un año después del XX Congreso empezaron a aflorar las diferencias ideológico-políticas. El Partido Comunista Chino no aceptaba el planteamiento del carácter duradero de la coexistencia pacífica entre socialismo y capitalismo que planteaban los soviéticos ni la tesis de que el campo socialista se fortalecía y debía competir con el capitalismo en el campo económico -el enorme desarrollo económico logrado por la URSS y el resto de los países socialistas de Europa del Este luego de la Segunda Guerra Mundial, a pesar del estado desastroso en que esos países salen del conflicto bélico, justificaba el optimismo en ese terreno-. Por el contrario sostenía que lo que podía debilitar al imperialismo era justamente el triunfo creciente de revoluciones antiimperialistas en el Tercer Mundo -planteamiento especialmente atractivo para los luchadores por la liberación nacional-.

31. Reivindicaba, también, la vía armada contra la vía pacífica que propiciaban los soviéticos y no se dejaba amedrentar por la guerra nuclear, argumento fundamental de estos últimos para llegar a un acuerdo nuclear con occidente.

32. Esta polémica -detrás de la cuál se escondían afanes hegemonistas de cada una de las grandes potencias socialistas- culmina finalmente con la ruptura del 67. Este fue un duro golpe para la izquierda. La gran familia, formada hasta entonces por todos los países socialistas y los que habían emprendido procesos de liberación nacional bajo su alero, se dividía.

33. Esta situación introduce nuevos elementos polémicos. Del debate ideológico se pasa a las diatribas y acusaciones mutuas. Los partidos comunistas se escinden: nacen los autodenominados partidos comunistas marxista-leninistas.

34. Las organizaciones armadas se polarizan entre organizaciones de tendencia pro cubana y aquellas que defienden la tesis de Mao Tse Tung de la guerra popular prolongada. Estas últimas se preocupan más por hacer un trabajo de masas, ya que conciben la guerra como una guerra con participación del pueblo.

Movimiento de reforma universitaria (segundo quinquenio de los sesenta)

35. A mediados de los sesenta y, especialmente en el 68, coincidiendo con el mayo francés -en que los estudiantes universitarios parisinos encabezan un movimiento de rechazo al gobierno que logra comprometer a los obreros en una huelga general que paraliza al país por más de una semana-, en varios países de América Latina se producen movimientos estudiantiles de gran envergadura cuya máxima expresión fue el mexicano que logró movilizar a cientos de miles de personas -las manifestaciones más grandes después de la revolución de 1810 (Castillo, 1980, p.13)- y terminó con una cruenta masacre de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968, en la que murieron centenas de jóvenes, y procesos de reforma universitaria que, por un lado, abren las puertas de la Universidad a un amplio sector de estudiantes que antes no tenía acceso a ella y, por otra, buscan poner a la universidad al servicio de la sociedad.

36. Este estallido estudiantil que se produce casi simultáneamente en los más diversos países del orbe tiene una base objetiva -como lo explica el historiador Erich Hobsbawm (1994, pp. 297-304)-: mientras a partir de los años cincuenta el campo se vaciaba y crecían en forma acelerada las ciudades, se producía, al mismo tiempo, un rápido crecimiento de la población universitaria. En los países más avanzados la cifra que alcanzaba a decenas de miles antes de la segunda guerra mundial se eleva a millones en sólo veinte años. Algo similar aunque en menor escala ocurría en la mayor parte de los países de América Latina. Los campus universitarios -que concentraban más estudiantes que cualquier de las grandes industrias- pasaron a representar espacios estratégicos en la lucha por los cambios sociales.

37. Esta multitud de jóvenes eran un factor nuevo tanto en la cultura como en la política. Eran, al decir de Hobsbawm, transnacionales (p.300), por su capacidad de desplazarse y comunicar con facilidad y rapidez sus ideas y experiencias más allá de las fronteras de sus respectivos países. Y no sólo eran políticamente radicales y explosivos, sino que poseían una gran eficacia para lograr hacer trascender a nivel nacional, e incluso internacional, el descontento político y social que encarnaban. En países sometidos a dictaduras militares – pero que respetaban la autonomía universitaria- eran a menudo el único grupo social capaz de emprender acciones políticas colectivas.

38. Descontentos con las condiciones físicas que encontraban en las universidades, cuyos recintos no estaban preparados para asumir tal avalancha de alumnos; inquietos por el incierto horizonte laboral que les presentaba una sociedad que tampoco estaba preparada para acoger a tal número de egresados; sensibilizados con las desigualdades sociales existentes en sus países y, en muchos casos, admiradores de la revolución cubana, estos jóvenes, se tornaron un factor potencialmente explosivo, en la medida en que hacía frente común con el movimiento de masas urbano y campesino en ascenso.

39. Como resultado de estos procesos de lucha estudiantil y de reforma universitaria la izquierda latinoamericana va conquistando cada vez más espacios universitarios. En ellos se hace una crítica al sistema imperante y se elaboran propuestas alternativas. Los partidos de izquierda empiezan a nutrirse de los resultados de estas investigaciones.

40. Según Agustín Cueva se trata de una época de oro de nuestras ciencias sociales (1989, p.27), que por primera vez dejan de ser una mera caja de resonancia de lo que se piensa en Europa o Estados Unidos. Se elabora una teoría propia: la teoría de la dependencia que tiene amplia difusión en el continente.

41. Por otra parte, se introducen, por primera vez, los estudios sistemáticos de marxismo en los programas universitarios. Era un marxismo peculiar, de orientación marcadamente universitaria, nacía de las aulas y no de la práctica política. (Hobsbawm, 1994, p.443.) El pensador más difundido era el filósofo francés Louis Althusser. Esta situación explica por qué mi manual: Los conceptos elementales del materialismo histórico (Harnecker, 1994), publicado en 1969, ha tenido una difusión tan grande(1).

42. La editorial mexicana Siglo XXI, dirigida por Arnaldo Orfila -un destacado intelectual mexicano y partidario de los movimientos revolucionarios- responsable de la publicación de los libros de Althusser, de mi manual, y de muchos otros libros de orientación marxista, juega un papel muy importante en la formación de las generaciones de jóvenes universitarios de aquella época. Durante una década, los grupos y partidos de izquierda, las comunidades eclesiales de base, los estudiantes de ciencias sociales, los nacionalistas revolucionarios, los descontentos con las situaciones de miseria y explotación, acuden al acervo de Siglo XXI para informarse, crearse un horizonte de expectativas revolucionarias, definir y redefinir el sentido de su acción (Revista Proceso, Nº 1081, 20 julio 1997, p.55).

Invasión a Checoslovaquia por la URSS (20 ag. 1968)

43. En medio de este proceso ocurre otro hecho que marca a la izquierda latinoamericana: la invasión del ejército soviético a Checoslovaquia -país que vivía un intenso proceso de debate acerca de qué camino debía seguir su proceso socialista- para imponer en el poder a un sector minoritario del Partido Comunista checo. Este fue un nuevo golpe al movimiento comunista internacional: se acrecentaron las críticas a la URSS, aumentó el prestigio del Partido Comunista Chino, y sorprendió negativamente a la izquierda el apoyo crítico expresado por la Revolución Cubana.

Teología de la Liberación y comunidades de base (mediados de los sesenta)

44. También, en ese período, crece la influencia de la teología de la liberación y de las comunidades cristianas de base y crecientes sectores de cristianos empiezan a compartir posiciones claramente definidas de izquierda.

45. Es Gustavo Gutiérrez, sacerdote peruano, el que primero formula en forma precisa lo central de la nueva corriente teológica en su conocida conferencia Hacia una Teología de la Liberación de julio de 1968. Según este sacerdote, el desafío que se plantea en América Latina, desde el punto de vista de la reflexión teológica, es cómo encontrar un lenguaje sobre Dios que nazca desde la situación y sufrimientos creados por la pobreza injusta en que viven las grandes mayorías (razas despreciadas, clases sociales explotadas, culturas marginadas, discriminación de la mujer). Pero que sea, al mismo tiempo, un discurso alimentado por la esperanza que levanta un pueblo en lucha por su liberación. (Gutiérrez, 1984. p.73)

46. Por su parte, Leonardo Boff -otro eminente teólogo brasileño de esta corriente- sostiene que esta teología supone la inserción del cristiano en un movimiento concreto, sea en una comunidad de base, en un centro de defensa de los derechos humanos, en un sindicato. Esta sumersión en el mundo de los pobres y de los oprimidos hace del discurso teológico un discurso comprometido y con sentido práctico. Hay un interés objetivo por la eficacia, porque finalmente lo que cuenta, no es tanto la reflexión teológica, sino la liberación concreta de los pobres. Es esta liberación la que anticipa el Reino y agrada a Dios. (Boff, 1984, p.52-53.)

47. Los cristianos, inspirados en esta visión comprometida de su fe, se suelen organizar en las llamadas comunidades eclesiales de base que consisten en grupos de diverso peso y tamaño, de gente oprimida, que trabaja con sus propias manos, vive en la periferia de la ciudad o en zonas rurales y se reúne con cierta periodicidad, en una casa del barrio donde habitan o en la capilla para comentar la Biblia desde la nueva perspectiva de la Teología de la Liberación.

48. En el caso de Brasil primero(2) y luego en el resto de los países donde se imponen dictaduras militares, las parroquias y las comunidades de base pasan a representar los principales espacios de reencuentro de la militancia revolucionaria, en muchos casos no cristiana. Bajo el alero de los sectores más progresistas de la Iglesia Católica se protegen de la dura represión de las dictaduras y empiezan a descubrir al movimiento cristiano comprometido con los cambios sociales. (Harnecker, 1994, pp. 33-38).

49. Estas comunidades eclesiales de base cobran también mucha fuerza, en la década de los setenta, en Perú, Chile, El Salvador, Nicaragua y en otros países con una situación similar. (Harnecker, 1987 a, pp. 178-210)

50. Como consecuencia de estos cambios, las filas de la izquierda pasan a ser engrosadas por nuevos partidos de origen cristiano: algunos son desprendimientos de los partidos democratacristianos como el MAPU y la Izquierda Cristiana, en Chile; otros reúnen a la militancia de la Acción Católica estudiantil y del movimiento social, como es el caso de la Acción Popular (AP), en Brasil y los Grupos de Acción Unitaria (GAU), en Uruguay.

Auge de los movimientos guerrilleros urbanos

51. A finales de los sesenta surge algo hasta ahora inédito en América Latina: las experiencias guerrilleras urbanas (Gaspar, 1997, pp. 13-14): en Uruguay los Tupamaros; en Argentina, los Montoneros (peronista) y el Ejército Revolucionario del Pueblo (troskistas); el MIR, en Chile.

52. En estas guerrillas el concepto de retaguardia descansaba no en los aspectos geográficos sino en los demográficos y la columna móvil de la guerrilla rural era reemplazada por el comando clandestino rigurosamente compartimentado y jerarquizado. Su composición social era similar a la de las guerrillas rurales: reclutaban a sus cuadros fundamentalmente en los sectores medios de la sociedad.

53. Terminaron por ser derrotadas en los años setenta, luego de haber realizado espectaculares golpes, con el surgimiento de las dictaduras militares y su fuerte actividad contrainsurgente.

Triunfo de la Unidad Popular en Chile

54. Mientras se debilitaba en varios países el movimiento guerrillero rural -cuyo golpe más duro había sido la caída del Che en Bolivia- y se producía un auge de las experiencias guerrilleras urbanas en Uruguay y Argentina, ocurre otro hecho que conmueve a la izquierda latinoamericana y mundial: el triunfo electoral de Salvador Allende en Chile, en septiembre de 1970 -primera vez en la historia del mundo occidental en que un candidato marxista llegaba a través de las urnas a ser presidente de la República-. Esta inédita experiencia crea una gran ola de simpatía a su favor. Era el momento en que la izquierda europea buscaba cómo transitar al socialismo por la vía democrática.

55. Si la revolución cubana había fortalecido las posiciones partidarias de la lucha armada, el triunfo de Allende sirvió de argumento para quienes defendían la vía pacífica, pero no fue por mucho tiempo ya que, la experiencia duró apenas tres años. Muchos olvidaron que habíamos conquistado el gobierno, pero no el poder; que los poderes legislativo y judicial estaban en manos de las fuerzas opositoras, y que el pilar fundamental del estado burgués: el ejército, se mantenía intacto, protegido por el llamado Estatuto de Garantías Constitucionales, por el cual el gobierno de Salvador Allende se había comprometido a no tocar las fuerzas armadas, la educación, ni los medios de comunicación. Este fue el compromiso exigido por la Democracia Cristiana para apoyar su ratificación en el parlamento(3).

56. A pesar de estos límites, la Unidad Popular avanzó mucho. En el país se vivía un clima revolucionario, de transformaciones profundas; un pueblo lleno de esperanzas se sentía dueño de su destino. Era un ejemplo demasiado peligroso, no sólo para los poderosos de Chile, sino para todo el mundo. Había que terminar con ese paradigma.

57. Coincido con Jorge Arrate, dirigente socialista chileno, en que el proyecto de Allende era demasiado heterodoxo para el carácter ortodoxo de nuestra izquierda (1995, p.175) cuyos planteamientos no se correspondían con los nuevos desafíos que el país estaba viviendo: cuando Allende hablaba del tránsito democrático al socialismo, sectores de la izquierda pintaban en los muros: ¡Viva la dictadura del proletariado!; cuando Allende hablaba de ganar a sectores de la burguesía para su proyecto, una parte importante de la izquierda reafirmaba que nuestro enemigo era toda la burguesía, basándose para ello en la teoría de la dependencia que sostenía que ya no era concebible un desarrollo capitalista de corte nacional; cuando el presidente socialista luchaba por conseguir una conducción única del proceso, los partidos más fuertes: el Socialista y el Comunista, hacían públicas sus divergencias; mientras Allende quería consolidar lo avanzado en el plano económico mediante la nacionalización de las grandes empresas estratégicas, teniendo muy claro los límites del poder con que contaba, sectores de la izquierda se tomaban pequeñas empresas y pedían su nacionalización, exigiendo más radicalidad a Allende, como si éste tuviera en sus manos todo el poder.

58. Por otra parte, si bien La dirección de la Unidad Popular y el propio presidente Allende tenían muy claro que sólo se podía consolidar el proceso chileno si se contaba con el apoyo de los militares, y coherentemente con esto se hizo todo un esfuerzo para ganarlos para la causa popular, se confió excesivamente en la tradición constitucionalista de las fuerzas armadas chilenas y no se trabajó suficientemente la creación de una fuerza material propia.

59. Pero hay otra cosa más que sólo hemos visto después, a partir de las últimas experiencias vividas por el socialismo: que ese tipo de tránsito “pacífico” del capitalismo al socialismo -usando los recursos y posibilidades de poder dentro de un sistema de democracia representativa- no era un camino viable para realizar el proyecto socialista tal como se había aplicado hasta entonces en el mundo y, por lo tanto, que era necesario repensar el socialismo que se quería construir.

Crisis pregunta, “Crisis“, diciembre de 1973.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar