Historias de balcones, por Daniel Balmaceda Fragmento de Historias inesperadas de la historia argentina


El 25 de mayo de 1810 se constituyó el primer gobierno patrio; sin embargo, pasarían seis largos años, antes de que aquel impulso por sacudirse el yugo español pudiera plasmarse en una abierta declaración de independencia. La empresa no era sencilla. A los grandes esfuerzos que suponía el enfrentamiento con ejércitos profesionales bien armados y mejor pertrechados, los patriotas de la primera hora debieron sumar un escollo aun mayor: las discordias internas, que muchas veces se dirimieron en los campos de batalla.

El sueño de una organización nacional se vio interrumpido una y otra vez durante 70 años. En 1862, Buenos Aires, que diez años antes se había constituido en un estado independiente separándose de las demás provincias, se incorporó a la confederación. Desde entonces se denominó nación argentina. Las autoridades nacionales residirían en Buenos Aires, provincia que a su vez tenía sus propias autoridades. Se daba entonces la curiosa situación de que los funcionarios de la nación, entre ellos el presidente del país, pasaban a ser huéspedes del gobernador bonaerense.

Pese a los intentos de organización, las disputas por el poder eclosionaron en varios levantamientos, como los de Felipe Varela y de Ricardo López Jordán, que se alzaron en defensa de los intereses del interior, o los levantamientos de Bartolomé Mitre y de Carlos Tejedor, que lo hicieron en defensa de los intereses porteños. ´

Las luchas por la hegemonía se extendieron también al campo protocolar y ceremonial, como cuenta Daniel Balmaceda en su libro Historias inesperadas de la historia argentina, que recoge dos anécdotas que tuvieron como protagonistas a Domingo Faustino Sarmiento, entonces presidente de la nación, y a Emilio Castro, gobernador de la provincia de Buenos Aires, quienes pelearon por el primer lugar en un acto al que asistían en sus carrozas. En otra ocasión, se disputaron la mejor ubicación para saludar a las tropas que volvían de participar en la guerra del Paraguay. Este último episodio impulsó la construcción de un balcón en la casa de gobierno, que hasta entonces no contaba con uno.

También compartimos aquí otro texto de Balmaceda sobre la primera vez que un presidente habló desde ese mismo balcón que Sarmiento hizo construir. Le tocó al tucumano Nicolás Avellaneda dirigirse a una multitud de unas 30.000 personas durante el levantamiento de Carlos Tejedor, gobernador de la provincia de Buenos Aires, quien se alzaría en armas tras perder en elecciones presidenciales. Aquel 10 de mayo de 1880 Avellaneda dijo: “La paz es para muchos un deber oficioso del patriotismo, pero para mí es un supremo deber”.

Balmaceda recoge en este libro anécdotas que sorprenden a veces por mostrar el costado humano de personajes de bronce, como la anécdota de Carlos Pellegrini atendiendo a medianoche a un periodista en camisón, otras por curiosas, épicas, sorprendentes o insólitas. Todas iluminan nuestro pasado agregando volumen y colores a nuestra historia.

Fuente: Fragmento del libro Historias inesperadas de la historia argentina, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2016, págs. 45-47, 84-89.

Historia de balcones I
A partir del sábado 7 de marzo de 1835 y por 6.177 días (hasta el martes 3 de febrero de 1852), Juan Manuel de Rosas fue gobernador de la provincia de Buenos Aires. Además, se encargó de las Relaciones Exteriores de todas las provincias que integraban la Confederación Argentina. Por lo tanto, en él confluían los dos gobiernos, el provincial y el nacional.

Al caer Rosas y sancionarse la Constitución en 1853, la unidad se había perdido y el país ya estaba partido en dos: Buenos Aires por un lado y la República Argentina (las trece provincias restantes) por el otro. Así sería hasta 1862, el año en que Buenos Aires se integró al resto. Este quiebre era apenas el comienzo de las discordias, porque pronto brotaron los conflictos de jurisdicción: el presidente administraba los destinos de toda la Nación desde una provincia que tenía un gobernador con poder supremo sobre su territorio. En ese escenario, el primer mandatario del país pasaba a ser un huésped del gobernador bonaerense.

El primer presidente que vivió esa situación fue Bartolomé Mitre, pero no fue traumática por el hecho de que antes de asumir la presidencia era gobernador de Buenos Aires y su lugar lo ocupó el presidente provisional del Senado. En cambio, en el transcurso del mandato de Sarmiento hubo cruces con el gobernador bonaerense Emilio Castro (…). Uno de los conflictos tuvo lugar en medio de un acto al que tanto Sarmiento como el gobernador Castro concurrieron con sus respectivos carruajes y los dos ordenaban a sus cocheros pasarse para tomar la delantera. Cada uno consideraba que el protocolo le daba prioridad. Y así fue cómo un simple acto se convirtió en una carrera de carrozas.

Otro de los enfrentamientos se dio el 2 de enero de 1870, con motivo del desfile de las tropas que habían combatido en la Guerra del Paraguay. Durante los últimos días de diciembre de 1869 se habían organizado los detalles de la bienvenida. Los veteranos desembarcados se formarían en el largo muelle de Viamonte y la Alameda (es decir, Alem). Iban a desfilar por Alem hacia la Plaza de Mayo; luego, pasando por la puerta de la catedral, por Rivadavia hasta Maipú, y por esta rumbo a Retiro, a los cuarteles que los albergarían.

Para Sarmiento era una complicación porque la Casa Rosada no tenía balcón y él necesitaba estar en un lugar en el cual sobresaliera para que se le rindieran honores. En cambio, el edificio del gobierno bonaerense, que se hallaba junto al Cabildo en el espacio que ahora ocupa la Avenida de Mayo, tenía una ubicación privilegiada. El gobernador Castro invitó a Sarmiento a presenciar el desfile desde los balcones del municipio. El sanjuanino respondió que era un acto nacional, que él mismo debía presidirlo y no podía ser huésped de nadie. Incluso le pidió al gobernador que le cediera el edificio a la Nación para que Sarmiento invitara a quien quisiera. El gobierno provincial se excusó alegando que ya había cursado las participaciones a los vecinos ilustres.

El 1o de enero de 1870, una numerosa cuadrilla construyó un estrado de madera junto a la Recova (que cortaba a la actual Plaza en dos). Ese sería el palco oficial. Las tropas llegaron por la noche. Se resolvió que aguardaran en los barcos hasta el amanecer. Al día siguiente, pocos minutos antes de que se iniciara el apoteótico desfile —Buenos Aires era celeste y blanca, nunca se habían visto tantas banderas argentinas adornando la ciudad—, Sarmiento ordenó un cambio de ruta. Las tropas, entonces, ingresaban a la Plaza de la Victoria y no bien cruzaban el arco principal de la Recova, viraban hacia la derecha, abandonaban la Plaza y tomaban por Reconquista hacia Retiro. Esto hizo que el balcón del gobernador Castro, plagado de invitados, quedara fuera del recorrido. Tuvieron que contentarse con ver a los veteranos a cien metros de distancia.

Para evitar complicaciones en el futuro, Sarmiento mandó construir un balcón en la Casa Rosada.

Historia de balcones II
El problema de jurisdicción que se planteó entre Sarmiento y Emilio Castro fue apenas el preludio. Porque la tirantez entre un presidente y un gobernador bonaerense recién llegaría a su punto máximo con Nicolás Avellaneda y Carlos Tejedor. Estalló cuando Julio Argentino Roca, de enorme popularidad entre los padres y abuelos de nuestros abuelos por haber llevado adelante la Conquista del Desierto, obtuvo la mayoría de los electores para las presidenciales, derrotando a Tejedor (…). Roca —aliado del oficialismo— ganó en doce provincias y Tejedor, sólo en dos (Buenos Aires y Corrientes). Pero bajo ningún punto de vista podía hablarse de comicios transparentes. ¿Qué hizo el gobernador bonaerense, entonces? Empleó la misma fórmula de todos: indignarse por el fraude y salir a recuperar por la fuerza lo perdido en las urnas.

En mayo de 1880 los acontecimientos parecían presagiar un nuevo enfrentamiento civil. El domingo 9 se pactó una cumbre entre Roca (que se hallaba en Rosario) y Tejedor (estaba en Buenos Aires). Se reunirían al día siguiente a bordo de la cañonera Pilcomayo en el puerto de Tigre con el fin de encontrar una solución que destrabara el conflicto. Por otra parte, varias organizaciones sociales —decenas que incluían desde la Bolsa de Comercio y la Sociedad Rural Argentina, hasta la Sociedad de Sastres, el Club Español y las logias masónicas— resolvieron llevar adelante, el mismo día 10 de la cumbre, una manifestación en la Plaza de Mayo. Lo llamaron el Mitin por la Paz. La palabra mitin era muy común en aquel tiempo. Es una adaptación de la inglesa meeting (encuentro).

Figuras de peso —Mitre, Sarmiento y Alberdi, entre otros— fueron invitadas a participar. En la noche previa, Tejedor mantuvo reuniones en la Casa de Gobierno de la Provincia (situada en la Manzana de las Luces). Avellaneda hizo lo mismo en la Casa Rosada. Roca, ya en el Paraná a bordo de la cañonera, se entrevistó con políticos que transportó la histórica lancha El Talita. Casi nadie dormía. Es que había mucho en juego. El peligro era inmi­nente: el país estaba a punto de dar marcha atrás y volver a los tiempos de Pavón y Cepeda, de la Guerra Civil, de las constantes acefalías.

El 10 de mayo, el día D, hubo actividad desde temprano. Un enjambre de periodistas se dirigió al Tigre. Allí, a las 9:15 se inauguró a las apuradas la oficina del telégrafo. Nada más sensato en momentos en que, copiando palabras de un columnista de aquella jornada, “los destinos de la República Argentina oscilan entre la paz y la guerra”. Imaginemos por un momento que dos referentes políticos actuales se reunieran para debatir el destino del país en un pueblo aislado en el cual los teléfonos celulares no tienen señal y tampoco hay Internet. La instalación abrupta de la oficina de telégrafo en Tigre les solucionó el problema a los periodistas.

El enviado del diario La Nación inició el historial de envíos con el siguiente cable: “Tiene lugar en este momento la inauguración de la Oficina de Telégrafo del Estado, desde la cual quizás dentro de breves momentos se pueda transmitir a todas partes la grata y trascendental noticia de hallarse asegurada la paz de la República”. El despacho fue exhibido en la vitrina del diario, en la calle Florida, donde se agolpaban personas deseosas de conocer los acontecimientos con la mayor inmediatez posible.

Tejedor arribó a la estación de Tigre a las 10:40. A las 14:30 ingresaba al delta la cañonera que llevaba a Roca. En ese mismo horario, partía de la sede de la Bolsa de Comercio el Mitin por la Paz. Una multitud marchó acompañando a los representantes de las sociedades civiles. La comisión ingresó a la Casa Rosada para reunirse con el presidente Avellaneda. Treinta mil personas quedaron expectantes en la plaza.

En el despacho presidencial, el doctor Guillermo Rawson tomó la palabra y se dirigió a Avellaneda. Le dijo que podía “asomarse a los balcones y ver a la multitud, que tiene en su seno palpitando de emoción, un voto único: la paz”. Manifestó que no sólo estaban ellos como representantes de las asociaciones del país, sino que también se recibían adhesiones de las provincias, “todos con la unánime aspiración”. “Pero además —señalaba Rawson ante la emoción de los presentes— hay aun otros peticionarios invisibles a nuestros ojos, pero cuya voz es tanto más autorizada, cuanto que viene de la inmortalidad”. ¡Epa! Rawson no se andaba con chiquitas. ¿A quiénes se refería? Lo explica en detalle. Por un lado, a Rivadavia, ya que en diez días se cumplía el centenario de su nacimiento. Por el otro, a San Martín, cuyos restos se encontraban cruzando el Atlántico rumbo a la Argentina. Dos seres que en vida se odiaron, eran convocados desde la posteridad. Rawson continuó: “Son dos memorias que surgen en nuestro espíritu, dos mártires, dos desterrados por la Guerra Civil. ¿Y qué vienen buscando? ¿Acaso los monumentos de arte que conmemoren sus nombres? ¿Acaso buscan estatuas y mausoleos? ¡No! Vienen buscando el himno del patriotismo entusiasta, armónico, que debe recibirlos. ¿Y qué encontrarán en vez de esto? ¡El ruido de las armas ensangrentadas en el corazón de los hermanos!”. Conmovedor.

Rawson le dijo a Avellaneda que era un presidente joven (don Nicolás tenía cuarenta y dos años) y que debía actuar de tal manera que en veinte años, al acabarse el siglo, pudiera evocar con grandeza, frente a sus nietos, aquel trascendental 10 de mayo. Es necesario aclarar que si en alguna oportunidad lo hizo, fue desde la inmortalidad —junto a San Martín y Rivadavia— ya que no alcanzó a celebrar el 1900. Avellaneda murió en 1885. Eso sí: sus nietos tuvieron un encuentro con un fantasma a comienzos de siglo, aunque eso es tema a tratar más adelante. Volvamos a la arenga rawsoniana. Para terminar, el político invitó al presidente a que se asomara al balcón y presenciara “el comentario vivo de nuestras palabras”. Fue entonces cuando ocurrió un hecho memorable: el presidente salió al balcón de la Casa Rosada y se dirigió al pueblo. Nunca, hasta ese momento, había ocurrido.

Las arengas y los discursos desde los balcones eran comunes. Cornelio Saavedra y el resto de la Junta habían salido a saludar desde el balcón del Cabildo el algo lluvioso 25 de mayo de 1810. Dieciocho años después, desde un balcón en San Telmo, Lavalle había instado a poner fin al gobierno de Dorrego. En 1865, Mitre había proclamado desde el balcón de su casa: “En tres días en los cuarteles. En tres semanas en el campo de batalla. En tres meses en Asunción”, a una multitud que lo ovacionaba. Aquélla fue la arenga con que Mitre lanzó el reclutamiento para la Guerra del Paraguay.

El propio Sarmiento había hablado al pueblo desde el balconcito de un estrado en la Plaza de Mayo, el 24 de septiembre de 1873, para inaugurar el monumento a Belgrano con la frase: “La bandera argentina, Dios sea loado, no ha sido atada jamás al carro triunfal de ningún vencedor de la Tierra”. Dirigirse al pueblo desde un balcón era común. Hacerlo desde el balcón de la Casa Rosada, eso sí que era novedoso. Tampoco habían existido muchas oportunidades de hacerlo porque el mismo se construyó durante el mandato de su predecesor Sarmiento, luego de que el sanjuanino advirtiera que no tenía en donde ubicarse para saludar a las tropas que habían participado en la Guerra del Paraguay.

Aquel 10 de mayo de 1880 Avellaneda gritó a los treinta mil convocados: “La paz es para muchos un deber oficioso del patriotismo, pero para mí es un supremo deber”. “No habrá jamás en mi conducta una agresión. No moveré ni un solo hombre ni un arma, sino con el corazón comprimido, en casos supremos, para no pactar con el desorden”.

El Mitin por la Paz en la Plaza de Mayo duró algo más de una hora, casi lo mismo que la reunión entre Roca y Tejedor. El gobernador bonaerense le propuso al conquistador del desierto que los dos renunciaran a la can­didatura presidencial. Roca respondió que de ninguna manera iba a defraudar a quienes lo habían votado. El encuentro terminó y sólo quedaba una salida. Las fuerzas de Avellaneda y Tejedor chocaron en Barracas y Parque de los Patricios.

Tejedor fue derrotado y renunció. Ese mismo año, la Ley de Federalización dio lugar a la creación de la Capital Federal. El 12 de octubre de 1880, mientras que muchos todavía lloraban a las víctimas del feroz enfrentamiento de junio, el tucumano Julio Argentino Roca (treinta y siete años, había nacido en el 43), recibía el bastón —o la posta— de manos del tucumano Nicolás Avellaneda (cuarenta y tres años, había nacido en el 37), el primer presidente que habló desde el balcón de la Casa de Gobierno.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar