Palermo según Sarmiento

Fuente: Domingo Faustino Sarmiento, Campaña en el Ejercito Grande, Buenos Aires, Rueda, 1956.

En Buenos Aires preguntaban las gentes: “¿Ha visto usted Palermo? ¿Qué le ha parecido Palermo?” Palermo es un gran monumento de nuestra barbarie y de la tiranía del tirano, tirano consigo mismo, tirano con la naturaleza, tirano con sus semejantes. ¡Y ojalá que el tirano hubiera sido el hijo de una sociedad culta como Luis XIV, habría realizado grandes cosas! Rosas realizó cosas pequeñas, derrochando tiempo, energía, trabajo y rentas, en adquirir las nociones más sencillas de la vida, de que carecía.

Palermo está situado en la vega del río; a tres cuadras de la casa, al norte, son ciénagos los terrenos, ciénagos eran los cimientos del edificio. Propúsose corregir el defecto del suelo terraplenándolo, e invirtió un millón y doscientas mil carretadas de tierra. Plantó árboles; pero entonces, dando en el agua las raíces, a medida que alcanzaban a la tierra cenagosa que no había hecho más que ocultar, los árboles se morían y se replantaron en diez años cien mil naranjos para tener mil o poco más vivos. Entonces emprendía cavar pozos profundos de cuatro varas para cambiar la tierra en torno de cada árbol, y quedaron sepultados ahí millares de pesos. Derrotado en esta tentativa, zanjeó el terreno construyendo de muchas cuadras de largo, canales de cal y canto para colectar las aguas estagnantes, y el terreno tomó los aires de una fortaleza foseada en todas direcciones. Sólo medraban sauces llorones, e hizo alamedas del árbol consagrado a los cementerios. Quiso cubrir de cascajo fino las avenidas y gustáronle las muestras de conchilla que le trajeron del río. La presión de los carros molió la conchilla, y sus moléculas, como todos saben, son de cal viva, de manera que inventó polvo de cal para cubrir los vestidos, el pelo y la barba de los que visitaban a Palermo, y una lluvia diaria de cal sobre los naranjos a tanta costa conser vados, por lo que fue necesario tener mil quinientos hombres limpiando diariamente, una a una, las hojas de cada árbol. He aquí el resultado de ignorar el gaucho estúpido las leyes del nivel de las aguas y la composición química de la conchilla. La barranca del terreno alto está a pocas cuadras. Un edificio colocado allí habría dominado el río, y tenido a sus pies la vega, de manera que los sauzales no embarazasen la vista. Lo más es que los mosquitos aguijoneaban a toda hora aquel presuntuoso sapo, habitante de pantanos, para castigarlo de su terquedad.

La casa es del mismo género. Cuando se habla de la habitación del soberbio representante de la independencia americana, del jefe del Estado durante veinte años, se supone que algo de monumental o de confortable ha debido crearse para su morada. En punto de arquitectura el aprendiz omnipotente era aun más negado que en jardinería y ornamentación.

La casa de Palermo tiene sobre la azotea muchas columnitas, simulando chimeneas. En lugar de tener exposición al frente por medio de un prado inglés con sotillos de árboles, está entre dos callejuelas, como la esquina del pulpero de Buenos Aires; la cocina, que es un ramadón, está a la parte de la entrada principal, para que las reminiscencias de la estancia estuviesen más frescas. No sabiendo qué hacerse, sobre habitaciones estrechas, en torno de un patio añadió en las esquinas unos galpones de obra como el edificio, hechos sobre arcos que reposan en columnas sin base, ni friso, si no es aquel bigotito de ladrillo salido que ponen los albañiles en los arcos de los zaguanes. Así, pues, toda la novedad, toda la ciencia política de Rosas estaba en Palermo visible en muchas chimeneítas ficticias, muchos arquitos, muchos naranjitos, muchos sauces llorones.

Omito los detalles de la vida que tal habitación imponía. Manuelita no tenía una pieza donde durmiese una criada cerca de ella: los escribientes y los médicos pasaban los días y las noches sentados en aquellos zaguanes o galpones, y la desnudez de las murallas, la falta de colgaduras, cuadros, jarrones, bronces y cosa que lo valga, acusaban a cada hora la rusticidad de aquel huésped, por cuyas manos han pasado, suyo, ajeno o del Estado, cien millones de pesos en veinte años. Cuando Rosas haya llegado a Inglaterra y visto a cada arrendador de campaña, farmer, rodeado de jardines y bosquecillos, habitando cottages elegantes amueblados con lujo, aseo y confort, sentirá toda la vergüenza de no haberle dado para más su caletre que para construir Palermo. ¡Oh! ¡Cómo va a sufrir Rosas en Europa de sentirse tan bruto y tan orgulloso!

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Fuente: www.elhistoriador.com.ar