Testamentos y herederos

Fuente: Antonio Dellepiane, En sentimiento de paternidad en Rosas, Bs. As., Claridad, 1955.

Nada más sencillo para Rosas que la institución de herederos, se pensará. Bastábale reeditar aquí, lo dicho anteriormente con relación a los bienes, y escribir: «ningún heredero tengo, sino lo que está públicamente en Londres y en Buenos Aires a la vista de todos.- En distintos términos, pero con igual énfasis, lo expresó así más tarde en el codicilo de 1873: «declaro que jamás he tenido ni reconocido, más hijos, en persona alguna, que los de Encarnación, mi esposa, y míos: Juan y Manuelita.» Pero en el afío 1862 su situación con respecto a la ex concubina Eugenia Castro, y a los siete hijos habidos en ella y dejados en Buenos Aires no estaba suficientemente despejada como para correr el albur de una manifestación tan jactanciosa. Estos modestos y molestos parientes dirigían a su padre y hermanos expatriados solicitudes premiosas de ayuda; y sus insistentes reclamos eran entretenidos, ya que no satisfechos, con vagas promesas de protección o con algún regalito insignificante. -Mi querida Eugenia: uno de esos tres pañuelos es para Vos, otro para el soldadito y el otro para Canora (dos de las hijas naturales). No te mando algo bueno porque sigo pobre. Bendice a Vds. tu afmo. Patrón, Rosas.- Cuando las quejas o solicitudes se hacían más exigentes eran contestadas con excusas fundadas en la falta absoluta de recursos o con imaginarios reproches de ingratitud arrojados al rostro de los importunos postulantes. -Southampton, junio 5 de 1855. Mi querida Eugenia: No es por falta de los mejores deseos que he retardado hasta hoy la contestación a tus muy apreciables datadas a 4 de diciembre de 1852, marzo 13 del 53, mayo 7 del 54 y febrero 15 del presente.

«Si hay en la vida algunos deberes sociales que, cuando más se retardan en su cumplimiento es cuando más verdaderamente se anhelan, hay también circunstancias en que algunos hombres son obligados, por su situación, a demorar el recibo a unas personas cuando por virtud de su vida retirada tiene que hacer lo mismo con otras.

«Me mandado a Don Juan Nepomuceno Terrero el testimonio, por el que se encontrará en la escribanía de su referencia la disposición de don Juan Gregorio Castro, dejándote, y a Vicente, por sus herederos, y facultándome para testar. Es todo lo que tengo, con lo que hay bastante, para que no te quiten la casa ni los terrenos.

«No puedo, en mis circunstancias, hacer más en tu favor, pues que, lo muy poco que tengo, sólo me alcanza para vivir muy pocos años, en una moderada decencia...

«Si cuando quise traerte conmigo, según te lo propuse, con tanto interés, en dos muy expresivas tiernas cartas, hubieras venido, no habrías sido desgraciada.

-Así, cuando hoy lo sois, debes culpar solamente a tu maldita ingratitud. Si, como debo esperarlo de la justicia del gobierno, me son devueltos mis bienes, entonces podría disponer tu venida, con tus hijos, y la de Juanita Sosa, si no se ha casado, ni piensa en eso... »

Al cargo de ingrata con que denostaba a Eugenia, quien con razón suficiente, se había negado a partir, sin sus hijos, a Southampton para recomenzar allí su vida, de criada, enfermera, barbero, catador de alimentos y lo demás, del Restaurador, añade éste todavía una reprimenda, por retención de su montura preferida, que le reclama en términos perentorios: «Nada me has dicho, hasta hoy, de mi apero, con todo lo que le corresponde, que sacasteis de mi casa, poco después del 3 de febrero de 1852. Ese apero, me hace en ésta, mucha falta. Entrégalo al señor Don Juan N. Terrero, para que me lo mande. El recado y la cincha que me ha remitido, y que tanto agradezco, no son aparentes, porque el recado es muy corto y me lastima. El mío referido y que vos tienes, es una cuarta más largo que los comunes, de una cabezada a la otra. Es ése un recado muy bueno, difícil de encontrarse, ni de que se haga otro igual... Te bendigo, como a tus queridos hijos. Bendigo también, a Antuca, y te deseo todo bien, como tu afectísimo, Paisano, Juan Manuel de Rosas..

Decidido como ya estaba el ex Dictador, al formular su testamento, a no reconocer a sus vástagos naturales y a negar la existencia de sus antiguas y fecundas relaciones de tálamo con Eugenia, vése forzado a salvar situación tan embarazoso apelando a vaguedades y ocultaciones de la verdad que, si acreditan su habilidad trapacero, no abonan sus sentimientos humanitarios y cristianos. Puesto en la incómoda disyuntiva, empieza por eludir una institución explícita de heredercis, por otra parte innecesaria, con relación a Juan y Manuela, que lo eran forzosos. Y si los menciona como hijos suyos lo efectúa no con el propósito de declararlos sus sucesores, sino con el de establecer su situación personal, como administrador de los bienes que le correspondieron por herencia materna. Con análogo fin de rendición de cuentas, incluye, en este mismo capítulo, a sus pupilos Eugenia y Vicente Castro, hijos, ambos, del coronel Juan Gregorio Castro, antiguo protegido suyo y ex tasador de la valiosa estancia del Rey, comprada al Estado por la sociedad Rosas y Terrero.

Consta esta parte del testamento de siete cláusulas. la primera consagrada a Juan, las dos que siguen a Manuela y las cuatro últimas a Eugenia y Vicente Castro. Al primogénito, pero no por ello el preferido, y antes bien podía decirse el preterido, lo menciona, no con el fin de declarado heredero, sino con el de ajustarle cuentas y echarle en cara su conducta. En esta cláusula, ampliada por la sexta del codicilo, hace constar que entregó a su hijo, como perteneciente a su hijuela maternal. 1) las estancias «Encarnación» y «San Nicolás., con veinte leguas cuadradas de tierra y 5.800 cabezas de ganado vacuno, de año arriba; 2) la estancia en el Azul, que vendió Juan a don Pedro Rosas y Belgrano, con caballos, yeguas, útiles, etcétera... ; 3) un terreno en la ciudad de Buenos Aires, de más de Cien cuadras cuadradas, situado al norte del Riachuelo y al sud de la Convalescencia; 4) 50.000 $ para comprar la estancia en La Matanza; y 5) 15,000 $ cuando estuvo en el campamento de santos Lugares. Del texto, nada explícito acerca de las sumas de dinero entregadas a Juan, no se saca en limpio si lo fueron como parte de su herencia materna o a título de anticipo a cuenta de su porción hereditaria paterna. A ese fin parecen tender, en cambio, las declaraciones siguientes- «la casa que ocupó algunos años, desde su casamiento, era mía, habiéndole recibido amueblada, y también durante los años que la ocupó gratis, comió en mi casa con su esposa en la mesa de mi familia.» A lo que añade aún: «la contribución por sus estancias «Encarnación» y «,San Nicolás» la pagué yo por los años 1839 y 1840.»

Nunca mereció este hijo el aprecio y consideración de su padre. Pudo sentarse diariamente a su mesa durante muchos años, aún después de contraer matrimonio, pero sin participar, como Manuela, en la vida pública de su genitor. Se había casado joven, como él, y esa alianza íntima, con persona extraña a la familia, dio por resultado alejarlo en absoluto de las actividades políticas del Dictador. Mal podía ser depositario de sus terribles secretos quien, a la fuerza, se hallaba en la necesidad de compartirlos con un tercero así fuera su propia prima y esposa. Manuela, célibe por sumisión, si no por vocación, era caso distinto. Ella podía ser y fue durante muchos años el confidente seguro y el agente íntimo del Dictador. Juan no tuvo la fortuna de complacer a su padre ni siquiera en calidad de simple particular, como hombre de trabajo, como hacendado laborioso. De las relaciones que ambos mantuvieron, se infiere que el Dictador, vistos el despego y falta de ambición del hijo por la política, intentó abrirle camino como estanciero, estrellándose hasta en esto, contra la apatía de carácter y el desgano de Juan por toda actividad que no se pareciera a la de lucir, al lado de su hermana Manuela, su figura de apuesto jinete en las cabalgatas espectaculares, realizadas durante la dictadura, para recibir o despedir, oficial y pomposamente, a los caudillos menores llegados a Buenos Aires con el objeto de recibir órdenes directas del mayor. Y por tal causa, colocado su padre en la alternativa de manifestar los bienes que le entregó, aprovecha la ocasión para recordarle lo que, dentro de sus principios, importaba una conducta reprensible. Así lo deja transparentar en estas frases que tienen todo el aire de una reconvención: «Posteriormente, sabiendo yo que Juan estaba próximo a vender esas veinte leguas cuadradas, se las compré, y pagué a mi dicho hijo Juan, en cuatrocientos mil pesos, esas mismas referidas veinte leguas de tierra cuadradas, correspondientes a las estancias «Encarnación» y «San Nicolás. Y los ganados con sus poblaciones, los compré al señor Don Simón Pereyra, a quien los había ya vendido dicho Juan.-

La estrecha vinculación de Rosas con Manuela, que existió siempre y que, forzosamente, hubo de mantenerse, y aumentar, en el destierro, empieza manifestándose en la cláusula 10), por la cual la declara dueña de todas las alhajas que le había comprado y regalado con anterioridad. Esa relación íntima se hace sobre todo patente en la 11), donde Rosas trata de establecer su posición como administrador de los bienes correspondientes a Manuela por su hijuela materna, a cuyo efecto describe las cinco casas que la formaron, y son: 1) la que fue de don Diego Aguero (sic); 2) la que fue de don Carlos Santa María; 3) la comprada a doña Rafaela de Arce; 4) la que fue del canónigo Segurola, y 5) la adquirida a nombre de Manuela, se presume que con dinero de la misma, a don Fco. del Sar. Algunos de estos edificios eran linderos con el de Rosas, comprado por éste a su madre y hermanos políticos (Moreno entre Perú y Bolívar). Aprovechando esta contigüidad, buscada, seguramente, por Rosas, éste quitó a los de Manuelita parte de su terreno para el ensanche del suyo, por lo cual se ve precisado a declarar qué partes tomó a los de su hija y cuáles otras incorporó definitivamente al propio, en virtud de un arreglo de cuentas, entre ambos, verificado en fecha y circunstancias que no especifica.

La redacción confusa de esta cláusula -y al par defectuosa-, «en el que lo están» por «el en que están-, sugiere una serie de dudas inaclarables. Rosas escribe: «He entregado a mi dicha hija las escrituras de las cinco casas siguientes, que le pertenecen por herencia materna.- Todo esto es impreciso; no dice cuándo fueron entregadas las escrituras, ni, lo que importa más, cuándo se extendieron para deslindar la hijuela de Manuelita. ¿Efectuó, en realidad, el juicio sucesorio de su esposa fallecida, que no aparece mencionado por él en parte alguna? De lo que afirma se deduce, antes bien, que no sólo no lo llevó a cabo ni entregó a su hija las casas que le pertenecían sino que las modificó, según las conveniencias personales y de la familia, comunicándolas entre sí y confundiéndolas, en parte, con la suya. Tal estado de cosas favorecía admirablemente sus planes maquiavélicos de mantener a Manuela siempre sujeta a su destino, de tenerla bajo su dependencia, hasta en lo económico. Algo semejante quiso también realizar con Juan, pero, como vimos, éste se le independizó, en parte, vendiendo los campos que el Dictador le hizo adquirir y al principio hasta administrar, para evitarle esa fatiga. La confusión en que Rosas mantuvo las propiedades de su hija con las propias, explica la confiscación conjunta, de unas y otras a la caída del Restaurador. Como se ve, muchos actos de éste, que suelen cargarse en la cuenta de sus rarezas o manías, resultan simples modalidades suyas, fácilmente explicables dentro de su carácter, de los fines egoístas que perseguía y de los medios, arteros y mañosos, empleados para alcanzarlos.

Las 4 cláusulas siguientes están consagradas al legado a Eugenia Castro y a rendir cuentas de la administración de sus bienes y los de su hermano. Resulta, según ellas, que al morir el padre de ambos, les deja, por toda herencia, una casa, pequeña y ruinosa, situada en el barrio sur de Buenos Aires, de la iglesia de la Concepción para el campo. Nombrado Rosas por el padre de los menores su tutor, hace reparar el edificio y ensancha su terreno, anexándole uno contiguo, comprado con su propio peculio, para obsequiarlo a Eugenia. A fin de librar a ésta del condominio, adquiere más tarde la parte de Vicente, con dinero de la misma Eugenia (que sin embargo nada tenía). No precisa la época en que realizó esos arreglos; pero, la lectura del testamento produce la impresión de que el juicio sucesorio de Castro jamás se verificó. Por tal motivo, antes de expatriarse, vióse el tutor obligado a rendir cuentas a sus pupilos y lo hizo, según afirma el 8 de febrero de 1852, día anterior al de su partida, dejando en manos de su apoderado, don Juan Nepumoceno Terrero, las escrituras de la casa y terrenos de los Castro, y depositando en poder del mismo, 41.970 $ con 5 1/2 reales, pertenecientes a Eugenia, y 20.985 $ con 20 1/2 reales (o sea la mitad) a su hermano. Ambas cantidades, escribe, les corresponden «por herencia y réditos, mientras yo la manejé.-> ¿De dónde provenía ese dinero? Es de suponer que de alquileres devengados por la casita, único bien hereditario de los Castro. De la turbia y reticente exposición parece asimismo deducirse que la parte de Eugenia resultó doble de la de Vicente por las dádivas del tutor a su pupila y manceba. Lo que no se comprende en manera alguna es cómo pudo verse forzado, antes de su partida, a esa rendición de cuentas y entrega de dinero, si el juicio sucesorio del coronel Castro había sido finiquitado en forma y tiempo oportunos, según pretende darlo a entender el incurioso tutor. Cabe aquí hacer notar que hasta en achaque de humanas flaquezas, el caudillo-estadista de San José reveló una grandeza de alma y notoria superioridad sobre el caudillo a secas de San Benito de Palermo: él inspira o acepta una ley del Congreso para acordar los beneficios de la legitimación por rescripto, a todos sus descendientes ilegítimos; el segundo los abandona a su suerte, en el primer cambio de fortuna, y los desconoce después, dejando que se extingan en el aprobio y la miseria. Y todavía ocurre observar que este gobernante de una moralidad tan deficiente, este jefe de familia que cobija a la vez en su hogar a su hija legítima y a su manceba, era el mismo hombre que, en su infatuación y soberbia infinitas, usurpando las facultades de los jueces y suprimiendo las leyes procesales, única segura garantía de la propiedad, la honra y la vida humanas, con un simple «fusílese», puesto al pie de un parte de cualquiera de sus esbirros policiales, mataba, hasta en el seno materno, para castigar en el no nacido, el extravío pasional de una niña de 20 años inducida a lo que era una falta, pero no un crimen, por quien tenía el sagrado deber de defenderla contra sí misma y sobre todo contra él mismo.

Antonio Dellepiane

Fuente: www.elhistoriador.com.ar