Rosas y Lavalle

Fuente: Josué Igarzabal, Reflejos del pasado, Círculo Militar, Buenos Aires, 1964.

Un día del mes de agosto de 1829 tuvo lugar una célebre entrevista entre los generales don Juan Manuel de Rosas y don Juan Lavalle.

La noche estaba oscura. El general Lavalle llamó a su ayudante, capitán Estrada, y le ordenó que eligiera dos soldados de su mayor confianza. Montaron a caballo los cuatro hombres y se dirigieron en dirección al campamento del general Rosas.

A las dos leguas el enemigo les dio el alto, y un grupo de soldados de Rosas los rodeó.

-Soy el general Lavalle. Digan ustedes al oficial que los manda que se aproxime sin temor, pues estoy solo.

El capitán Estrada y los dos soldados habían quedado atrás

-Ordene usted -dijo Lavalle al jefe de la fuerza enemiga- que un hombre vaya a avisarle a su jefe que aquí está el general Lavalle, y que necesita un baqueano que lo acompañe al campamento del general Rosas.

El oficial obedeció como si se tratara del propio Rosas.

Al rato apareció el jefe de la fuerza; echó pie a tierra y, con el sombrero en la mano, saludó al general Lavalle, quien también había desmontado.

Una hora y media después llegaban al campamento. En el silencio de la oscura noche de invierno, los gauchos de Rosas dormían tranquilamente.

Un oficial superior le salió al encuentro.

-Diga usted al general Rosas que el general Lavalle desea verlo al instante.

El oficial se conmovió de pies a cabeza, pero cuadrado y respetuoso pudo responder que el general no se encontraba en ese momento allí.

Lavalle pidió unos mates, y en silencio, sentado en un banquito bajo el alero de la casa, mientras era observado por los soldados de Rosas, los tomó. Al rato dijo al oficial que lo recibiera,

-Indíqueme usted el alojamiento del general.

Y al llegar a la pieza de Rosas, agregó:

-Bien, .puede usted retirarse; estoy bastante fatigado y tengo el sueño ligero.

Sin quitarse las espuelas ni las botas, se arrojó sobre el lecho, conciliando a poco un sueño profundo.

Cuando Rosas estuvo de regreso, el oficial de servicio en el vivac le dio cuenta que Lavalle estaba solo y durmiendo en su propio lecho, y aquél, a pesar de que sabía dominar sus impresiones, no pudo reprimir algo así como la tentativa de un sobresalto.

Rosas se dirigió lentamente a su alojamiento y al entrar ordenó que dos jefes de su mayor confianza quedasen encargados de que no hubiera ruido alguno mientras durmiese Lavalle, y de que cuando lo sintieran levantado le avisaran sin demora. Cuando recibió el mensaje, Rosas le envió un mate y el aviso de que iba a verle y a tener el gran placer de abrazarle.

Cuando los dos generales se encontraron se abrazaron enternecidos.
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