La ingratitud de los Anchorena
Fuente: Luis Franco, Rosas entre anécdotas, Buenos Aires, Editorial Claridad, 1946.

La cláusula 24 del testamento de Rosas tiene por objeto fundamentar y liquidar una acción, privada o judicial contra las sucesiones de don Juan José y don Nicolás Anchorena, cuyas estancias pobló y regenteó Rosas durante más de 12 años, desde 1818 hasta 1830. El administrador estima su sueldo, nunca percibido, en 200 $ fuertes mensuales, lo que, por 12 años, importa 28.800 $ fuertes y, con el interés, esta vez simple, del 6 % anual, asciende en 23 años a 68.544 $. Al monto de los sueldos incobrados, deben sumarse 10.000 $ de gastos invertidos «en conducciones de ganados y en comisiones y empresas patrióticas» por cuenta de los Srs. Anchorena, quienes resultan, así, deudores suyos, por la suma total de 78.544 $ fuertes.

Funda Rosas este crédito por medio de una exposición en la que hace revelaciones del más alto interés histórico, sobre todo si se las completa con la extensa carta confidencial que dirigió a su hijo político, Don Máximo Terrero, un año después de redactado el testamento, y con motivo de habérselo consultado, a lo menos en parte, dando así lugar a que su yerno le formulara observaciones acerca de la cláusula 2 (designación de Albacea) y 24, (cobro del crédito contra los Anchorena). Las objeciones de Terrero, caballero culto y sensato, bondadoso y recto, provocaron la importante carta íntima referida.

En el testamento declara Rosas:

a) que, mientras sirvió a los Anchorena, no pudo arreglar su cuenta con dichos señores, «por delicadeza» y por sus «ocupaciones públicas»;

b) que cuando ocupó el gobierno subsistió, con mayor razón, esa imposibilidad;

e) que después del 3 de febrero de 1852, no hizo el reclamo porque «sus cartas podían causarles algún mal»;

d) que, a su muerte, su albacea deberá entablar ese reclamo. Ampliando los puntos a) y b), asegura Rosas en su carta que sus administrados varias veces quisieron entregarle la cantidad en que estimara sus servicios, pero que él nada quiso recibirles, manifestándoles el desinterés con que los servía. A renglón seguido, se contradice al explicar que debido a sus muchas ocupaciones públicas y de común acuerdo entre ambas partes, dejaban ese arreglo de cuentas para más adelante.

A fin de disipar una duda de Terrero respecto a la onerosidad o gratuidad de los servicios prestados, agrega, que no recuerda haber dicho y ofrecido nada más que lo que ahora afirma. Si ha dicho u ofrecido algo más, resultará de las cartas y cuentas pasadas por él a sus mandantes, que, espera, se le harán conocer, para rectificarse, si hubiese lugar.

Con este motivo, considerase obligado a puntualizar los favores y privilegios de toda clase que les concedió desde el poder. En esta página de historia argentina, verdaderamente estupenda por sus confesiones, se recapitulan las relaciones político-mercantiles que ligaban a «ambas partes», como las llama Rosas.

«De lo que ninguna duda tengo es, de que jamás recibía, ni un solo real, por mis servicios, o a cuenta de ellos. Tampoco me hicieron jamás, ni yo recibí de ellos, regalo alguno. Sus favores consistían en facilitar a Rosas y Terrero, al uno, o al uno y medio, las sumas que necesitaban, sin más firma que la de tu Padre, por la Comp. Pero yo sigo firme en la idea que, acaso el Sr. Don Nicolás, no nos habría acordado tanta confianza después de muerto el Sr. Juan José. Estoy bien, y muy seguro, que si éste hubiera vivido en 1852, el precio de mis servicios me habría sido entregado en Londres, sin demora. El sabía que no era solamente el precio de esos mis servicios, como encargado de sus Estancias, lo que me debían. Entré y seguí por ellos, y por servirlos, en la vida pública. Durante ella los serví con notoria preferencia, en todo cuanto me pidieron, y en todo cuanto me necesitaron. Esas tierras que tienen, en tan gran escala, por mí se hicieron de ellas, comprándolas a precios muy moderados. Hoy valen muchos millones, las que entonces compraron por unos pocos miles. Podría agregar mucha más si el asunto no me fuera tan desagradable, y el tiempo tan corto.»

Contestando otra objeción del esposo de Manuela sobre el dudoso derecho a reclamar intereses, escribe:

«Los intereses. Mas, ¿qué razones pudieran oponerse justas? Pesa infinitamente.

«-En mi contra. Nada.

«-En mi favor:

«1) Que por ellos, entré, y seguí en la vida pública.

«2) Que, durante mi administración, y bajo la sombra de ella y de mi protección, aumentaron su fortuna inmensamente.

«3) Que no pocas veces combatí, por seguir sus consejos, y por salvar y asegurar sus haciendas, librándolos por los riesgos, por los indios, por la anarquía, y por las demandas de reses, caballos, por la ocupación de sus peones en los servicios de los ejércitos, ya como soldados, ya como conductores de reses, cuidado de invernadas y de cualquiera otros servicios del Estado. Distinción y privilegio que era en esos tiempos de muchísimo valor para ellos, en sus estancias y en todos sus negocios, en el campo y en la ciudad, porque daba a conocer la estimación sin par y los respetos que yo les dedicaba, sin acordarlos a otras personas, por más servicios que verdaderamente tuvieran.

«4) Que no pocas cosas, en tierras, ganados, y otras que por muy baratas pude haber comprado para la sociedad, o para mí, pasé a ellos, siempre generosamente, de preferencia.

«5) Que si es verdad, no me entregaron el dinero, fue porque, no quise, o no pude entonces recibirlo, ellos lo han girado, los muchos años de mi tiempo, en el destierro, en el descuento de letras, al uno y medio y al uno, y que así el seis que me pagaran, les dejaría, cuando menos, otro 6 de ganancia. ¿A cuánto subiría ésta, capitalizando cada seis meses, o cada año, el interés? Sí, y esa consideración sube en valor cuando se agrega que el señor Don Nicolás, habiéndose pasado a mis enemigos, después de mi caída el 2 de febrero del 52, seguía así aumentando su dinero».

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Fuente: www.elhistoriador.com.ar