La Heredera
Fuente: Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, Buenos Aires, EUDEBA, 1974.

Consecuencia del asesinato frustrado contra Rosas fue la actitud decidida que asumieron los notables de Buenos Aires, lanzándose a prohijar una idea que era, mutatis mutandi, la misma que acariciaron y trabajaron casi todos los hombres de la revolución de 1810. Pasado el primer momento de estupor que produjo el asesinato frustrado por medio de la máquina infernal, varios hombres espectables, como eran el señor José María Roxas y Patrón, el doctor don Felipe Arana, don Bernabé de Escalada, don Miguel de Riglos, don Juan Norberto Dolz y don Felipe de Ezcurra, antiguos congresales, ministros y cabildantes; don Juan Nepomuceno Terrero y don Nicolás Anchorena, familiarizados con las cosas públicas y que habían llegado a ser elegidos para desempeñar la gobernación de Buenos Aires; los generales Soler, Mansilla y Vidal, del ejército de los Andes y auxiliar del Perú; el doctor Eduardo Lahite, don Simón Pereyra y don Baldomero García, miembros conspicuos de la administración, se reunieron a invitación del primero para deliberar acerca de lo que debía hacer el partido federal en presencia de la amenaza continua contra la vida de Rosas y para el caso que éste sucumbiese a las tramas de sus enemigos los unitarios.

El señor Roxas tomó la palabra y después de fundar la necesidad de arribar a un resultado que pusiese a los federales al abrigo de peligros que podían conjurarse, y respecto de lo cual estaban contestes todos los presentes, por otra parte, abordó la cuestión franca y resueltamente. “El general Rosas -dijo en tono tan sinceramente convencido como el de Belgrano cuando proponía la monarquía incaica en las sesiones secretas del congreso de Tucumán- es la columna de la federación. Si él cae en el estado de guerra y de odios en que se halla el país, quedarán en pie en ésta y en otras provincias varias influencias relativas, pero ninguna tendría el poder suficiente, no ya para asegurar el régimen federal que sostenemos y que libramos al tiempo y a los acontecimientos, pero ni siquiera para luchar con las dificultades que surgirían inmediatamente de las divisiones y de los celos que explotarían nuestros enemigos para propiciarse un triunfo fácil. El dilema para nosotros es este: o bien nos fijamos en la persona a la cual rodearemos en el caso en que haya que sustituir al general Rosas, y le pedimos a éste anticipadamente la recomiende a la consideración de los principales federales de las demás provincias, y hacemos nosotros otro tanto para que el designado cuente sobre una base esencialmente nacional, sin lo cual sería todo efímero y peligroso; o bien nos resolvemos, una vez producida la catástrofe que no podemos evitar, a caer bajo el dogal de nuestros enemigos, después de vagar errantes en un dédalo de ambiciones y de desgracias.

”Ninguno de nosotros puede ni debe vacilar, con tanto menos motivos cuanto que la experiencia de una parte y el sentimiento de las altas conveniencias, de la otra, nos están indicando la persona alrededor de la cual se agruparían todos los federales de la República: la señorita Manuela de Rosas.”

Todos los presentes adhirieron a las conclusiones del señor Roxas después de un ligero cambio de ideas, como que a ninguno le sorprendió el medio propuesto para conjurar la crisis gubernativa que se temía. Ellos mismos y la Legislatura y las autoridades y el pueblo habían venido estableciendo por una serie de precedentes motivos el hecho singular y culminante de que Manuela de Rosas podía ejercitar legítimamente la representación de su padre, así en los actos particulares como en los actos oficiales; y el no menos notable de que se la debía incluir inmediatamente después de Rosas en la escala de las distinciones u honores de que fuere objeto este último, y de que tales precedentes no rezaban con don Juan Ortiz de Rosas -el primogénito del general don Juan Manuel-, el cual se ocupaba en sus estancias.

Ello había llegado a ser una costumbre, tanto más aceptada cuanto que eran unánimes las simpatías que inspiraba Manuela de Rosas, así por sus amables prendas como por sus cualidades poco comunes para tratar a las gentes y desempeñarse satisfactoriamente en cualesquiera situaciones que su padre librase a su prudencia y a su habilidad. Y ella era tal vez la única persona que estaba al cabo de las fuerzas, de las inspiraciones y de los rumbos que encaminaban ese gobierno en medio de las aclamaciones entusiastas de una opinión robusta, y entre las reacciones tremendas de una minoría decidida a batallar contra é1 hasta vencer o morir. Así, los comandantes en jefe de los ejércitos federales al darle cuenta a Rosas de sus triunfos, jamás olvidaban felicitar por ello a Manuela de Rosas. Otro tanto hacían los altos funcionarios con motivo de las festividades nacionales. Ya he mencionado los honores que la discernió la Legislatura. Entre el cúmulo de notas oficiales que le fueron dirigidas a Rosas de todos los puntos de la República con motivo de la máquina infernal, no hay una en la que no se felicite a Manuela de Rosas. Y cuando con el mismo motivo se hizo moción en la Legislatura para que los representantes pasasen en corporación y sobre tablas a saludar a Rosas, y algún diputado dijo que a esa hora el gobernador estaba atareado, el diputado Garrigós pronunció estas significativas palabras que hizo suyas la Legislatura sancionando esta moción: “El que las excesivas atenciones de S. E. hacia los negocios públicos no le permitan recibir a los señores representantes, no es un obstáculo, porque allí se halla su digna hija, que puede ser el órgano por donde se transmitan a su respetable padre los sentimientos de la honorable sala. . . Así ha sucedido ya, y no hace mucho tiempo que fue la sala en cuerpo, y acercándose a la benemérita y esclarecida argentina doña Manuela de Rosas, expuso por medio del señor presidente sus sentimientos”.

Aceptadas, pues, las proposiciones del señor Roxas, quedó resuelto que éste daría a Rosas cuenta por escrito del motivo y fin de la reunión; y que al día siguiente pasarían todos a manifestarle sus proyectos y sus sentimientos. Rosas los esperó a la hora indicada. El señor Roxas reiteró en términos elocuentes los votos contenidos en su carta, agregando que éstos eran los del partido federal que rodeaba y rodearía hasta el último momento al jefe de la nación. Rosas agradeció con efusión el celo de sus amigos, bien que manifestándoles que ese celo les hacía ver más graves de lo que serían las consecuencias de su muerte; como quiera que todas las provincias estuviesen representadas por federales de nota, y que en la de Buenos Aires hubiese hombres como el señor Roxas y otros, capaces de proseguir la organización del país bajo el régimen de la federación. Y como el doctor Roxas insistiese, Rosas se limitó a pronunciar estas palabras, que no les permitía a sus amigos adelantar un paso en el terreno en que se habían colocado: “como ustedes lo dicen, es cierto que la niña está impuesta de los asuntos de la administración y de la marcha que ellos deben seguir, y han de seguir, pero es más cierto que lo que ustedes pretenden es nada menos que el gobierno hereditario en nuestro país, el cual ya ha aventado tres o cuatro monarquías porque eran hereditarias”.
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