Juan Cruz Varela y la libertad de imprenta

De Juan Cruz Varela se ha dicho que ha sido el “más valiente, más esforzado y siempre el más convencido” defensor de Rivadavia. Tanto que se ha escrito: “Rivadavia es el alma y Varela el brazo”. Juan Cruz Varela, hermano del unitario Florencio, nació el 23 de noviembre de 1794. Egresado en Córdoba, con el título de doctor en teología, de joven fue un entusiasta poeta que escribió poemas clásicos y eróticos. 

Llegado a Buenos Aires en pleno proceso revolucionario, se involucró en las luchas políticas de entonces, acercándose a las ideas representadas por Bernardino Rivadavia. Fue electo diputado al Congreso Constituyente que sesionó desde finales de 1824, siendo nombrado secretario del mismo hasta su disolución, en 1826, cuando se sancionó la Constitución. Pero más que ejercer como político de cepa, Varela hizo sus aportes desde el periodismo, fundando el periódico El Centinela, El Mensajero Argentino y El Tiempo, entre otros. Desde allí, puso su pluma y talento al servicio de Rivadavia, quien fuera ministro del gobierno bonaerense de Martín Rodríguez primero y luego primer presidente de las Provincias Unidas, participando Varela de todos los debates, entre otros, el que lo puso a favor de la reforma eclesiástica.

Entre tanto, continuaba con su vocación poética, volcándose tanto hacia la sátira como hacia la lírica. Convertido en un poeta de gran reconocimiento, no evitó, sin embargo, el destino de todos los rivadavianos frente el ascenso de Juan Manuel de Rosas al poder: el exilio. Primero desde Montevideo, luego desde Brasil, combatió al gobierno rosista. Con 44 años, falleció en la capital de la Banda Oriental, el 24 de enero de 1839.

En esta ocasión, recordamos su nacimiento, con las palabras que escribiera en El Patriota, desde Montevideo, preocupado entonces por la defensa y glorificación de la prensa libre.

Fuente: Juan María Gutiérrez, Juan Cruz Varela. Su vida, sus obras, su época, Buenos Aires, Casa Vaccaro, 1918, págs. 255-257.

"El inestimable derecho de publicar las propias ideas y de generalizarlas por medio de la prensa es uno de aquellos de que con más frecuencia se abusa y cuyos abusos, cuando son repetidos, exponen a grandes riesgos la tranquilidad de los pueblos, disuelven los vínculos que ligan a los hombres entre sí y acaban por hacer que se estremezcan todos los cimientos en que estriba el orden social. La libertad de prensa, según nuestras ideas, abraza una extensión casi ilimitada; pero al cabo hemos de tropezar con sus límites, por muy lejos que estén colocados, y una vez que los encontremos, será un crimen trascendental traspasarlos.

“Todo hombre tiene el derecho indisputable de publicar sus ideas; pero este derecho, como todos los otros, no puede ponerse en ejercicio, sino con sujeción a las leyes que reglan el uso que debe hacerse de él. Estas, en nuestro concepto, no son ni pueden ser otras que las leyes comunes; y desde que establezcamos esta proposición no podrá tachársenos de poco liberales en nuestro modo de pensar sobre la materia. Tal vez parecerá extraño que, al mismo tiempo que nos proponemos levantar el grito contra los abusos de la libertad de escribir, sostengamos que esta misma libertad es el más seguro medio de contenerlos y extirparlos; y que toda ley dictada con este exclusivo objeto, es esencialmente defectuosa. En efecto: cuando la constitución de un país cualquiera ha reconocido y consagrado este derecho del que solamente la arbitrariedad y el absolutismo han podido despojar a los hombres, no puede restringirse su ejercicio con otro freno que con el de las leyes comunes. Ellas, en todas partes, castigan la calumnia, la difamación, las ofensas al honor personal y al decoro público; todo aquello, en fin, que causa perjucio o daño a la sociedad o al individuo. En consecuencia, el escritor que de cualquier modo de éstos, ha ofendido al uno a la otra, debe sufrir las penas ya establecidas para esta clase de delitos."

Juan Cruz Varela

Fuente: www.elhistoriador.com.ar