Carlos Marx compara los imperios de Napoleón Bonaparte y Napoleón III

Durante siglos habían crecido en las ciudades de Europa las fuerzas de la burguesía, pero recién en los siglos XVII y XVIII chocaron contra las monarquías y aristocracias que se resistían a cederles un lugar en la dirección política de los países. Pero en 1789, Francia ingresaría a una nueva etapa histórica, cuando los sectores burgueses y populares convocaron a una Asamblea Constituyente, abolieron los derechos feudales y destruyeron el Antiguo Régimen.

Durante la Revolución Francesa, que clamó por la igualdad política de todos los hombres, las fuerzas revolucionarias se agruparon en diferentes sectores. En los primeros cuatro años, la pequeña burguesía y los sectores populares lograron dominar el rumbo de los acontecimientos, llevando la revolución más allá de lo que muchos pretendían. Más tarde, la revolución tomó un carácter más moderado, pero sin poder dar término al caos reinante.

Entonces, el general que había obtenido grandes victorias contra las potencias monárquicas europeas regresó del frente abierto en Egipto para imponer orden y seguridad. Era el 9 de noviembre de 1799 o, según el nuevo calendario revolucionario, el 18 de brumario del octavo año de la nueva era, cuando Napoleón Bonaparte se hizo presente en París. El pueblo francés había desterrado a la monarquía, pero pronto tendría un emperador. Los sectores radicales habían sido aniquilados. El régimen napoleónico se apoyaba en la alta burguesía y en los sectores de la vieja aristocracia. La época de Napoleón terminó en 1815, con el regreso de los reyes borbones. Quince años duró esta dinastía y dieciocho años más la que le sucedió con Luis Felipe de Orleans.

En 1848, se abrió la época de las revoluciones en toda Europa. En Francia, nuevamente, como había ocurrido medio siglo antes, las fuerzas populares –esta vez con gran protagonismo obrero- fueron masacradas y, a fin de año, la historia parecía repetirse. El sobrino de Napoleón Bonaparte, Carlos Luis, triunfó ampliamente en las elecciones de diciembre y tres años más tarde, en 1852, dio un autogolpe y proclamó el regreso del Imperio, nombrándose continuador de Napoleón I. Entonces, el pensador Carlos Marx escribió numerosos artículos periodísticos analizando la coyuntura francesa, que culminaron componiendo la obra 18 de Brumario. Marx recordó lo dicho por su inspirador, el filósofo alemán G.W.F. Hegel, pero agregó que la reedición del imperio francés era una parodia del primero. Con la célebre frase del autor de El Capital, recordamos el aniversario de la llegada de Napoleón al poder en Francia.

Fuente: Karl Marx, 18 de Brumario, Ediciones Agebe, 2003.

Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa. Caussidiére por Danton, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío. ¡Y la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del Dieciocho Brumario! Los hombres hacen su propia historia, pero no lo hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias en que se encuentran directamente, que existen y transmite el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.

Los franceses, mientras estaban en revolución, no pudieron sobreponerse al recuerdo napoleónico, como lo demostraron las elecciones del 10 de diciembre. Ante los peligros de la revolución se sintieron atraídos por el recuerdo de las ollas de Egipto, y la respuesta fue el dos de diciembre de 1851. No sólo obtuvieron la caricatura del viejo Napoleón, sino al propio viejo Napoleón en caricatura, tal como necesariamente tiene que aparecer a mediados del siglo XIX. La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido.”

Carlos Marx

Fuente: www.elhistoriador.com.ar