Pueyrredón sobre yugo colonial

Juan Martín de Pueyrredón fue uno de los hombres clave del período revolucionario. Masón y liberal, ilustrado y unitario, nació en 1777, hijo de un adinerado vasco francés y de una austera irlandesa. Como tantos otros patriotas del período, estudió en el Colegio San Carlos, antes de seguir su destino por Europa, Cádiz y París, estudiando el arte y la filosofía de la ilustración.

En 1802 volvió a Buenos Aires, donde asumió los negocios familiares y se transformó en un próspero comerciante.  Contrajo su primer y frustrado matrimonio con una prima que, al poco tiempo de casados, fue tomada por loca y, posteriormente, falleció.

Por entonces, Pueyrredón participó como prácticamente toda Buenos Aires de la defensa frente a las invasiones inglesas, tomando hacia el final la titularidad del regimiento de húsares y siendo enviado con posterioridad a España para informar sobre la derrota inglesa. Fue entonces cuando observó la decadencia de la monarquía española y le sobrevino la idea de que un cambio radical era inevitable.

Hacia 1810, Pueyrredón participó de los acontecimientos de Mayo, siendo pronto encargado de la gobernación de la gran Córdoba y, tras el avance del ejército patriota hacia el Alto Perú, de la intendencia de Charcas (hoy Sucre). En 1812, cuando se entretejían las mayores intrigas en torno a la conducción del proceso revolucionario, Pueyrredón dejó el mando del Ejército del Norte a cargo de Manuel Belgrano y viajó a Buenos Aires para reemplazar a Juan José Paso en el Triunvirato. Pero duró poco esta etapa, siendo disuelto el Triunvirato y él detenido.

Sin embargo, al poco tiempo había retomado la actividad en las provincias del Cuyo y, ya en 1816, el Congreso de Tucumán lo designó Director Supremo de las Provincias Unidas, con el apoyo de Martín Miguel de Güemes y José de San Martín.

Desde aquel cargo, que conservó durante tres años, apoyó la campaña a Chile de San Martín, aunque le aconsejó “pordiosear cuando no hay otro remedio”, pero también combatió al proyecto artiguista y otros líderes federales. Entre 1816 y 1819, su carácter aristocratizante, unitario y porteño se fue acentuando lentamente.

Con posterioridad a su rol como Director Supremo, en la década de 1820, atenuó su participación política, dedicándose a la vida familiar, a su segunda esposa -una joven de 14 años, con la que se casó en 1815, cuando ya se acercaba a los 40- y a su hijo Prilidiano. Juan Martín de Pueyrredón, tío de José Hernández, el autor del Martín Fierro, vivió su vejez en Montevideo, primero, y en París, después.

Tras su regreso a Buenos Aires, falleció en marzo de 1850, a los 72 años de edad. Para recordar la fecha de su nacimiento, traemos fragmentos de sus memorias al momento de renunciar al Directorio, en agosto de 1819, donde hace alusión al a la desgraciada situación de esta región en tiempos de colonia y al espíritu independentista que fue ganando terreno en los primeros años del siglo XIX.

Fuente: “Memoria del general Pueyrredón después de haberse retirado del mando supremo de las Provincias Unidas de Sud América”, fechada el 9 de agosto de 1819, en Hialmar Edmundo Gammalsson, Juan Martín de Pueyrredón, Buenos Aires, Editorial y librería Goncourt, 1968, págs. 337-340.

Hubo tiempos, que creerá fabulosos la posteridad, en que no eran dueñas de sí mismas estas provincias. Aquellos a quienes pertenecimos nos enviaban de la otra parte del mundo magistrados y leyes. El mérito carecía de recompensa; de ejemplos, la probidad, los genios, de esperanzas. Confiados a un vasto desierto, vivíamos en entredicho con todas las naciones. Se calumniaba a la naturaleza de habernos formado indolentes para privarnos de los medios que nos sustrajesen de la disipación y de la miseria. Nuestras costumbres, nuestros honores, nuestros gozos eran de una perpetua infancia. Todo venía aforado de España, lo que se había de vestir y lo que se había de pensar. Entre tantos ultrajes habría sido el colmo de la crueldad no dejarnos nuestra estupidez.

Apenas rayó en nosotros la aurora de las luces, percibimos la ignominia de nuestro estado. La vergüenza de haber sucumbido a un puñado de guerreros (mil quinientos ingleses se apoderaron de Buenos Aires en 1806 al mando del general Beresford) despertó en nuestros pechos el presentimiento de nuestro valor. Lo empleamos con suceso en dos jornadas (la reconquista de esta capital en agosto de 1806 y la repulsa del ejército inglés en julio de 1807 hecha por solo el vecindario armado) y se apoderó de nosotros el asombro al advertir que la Corte de Madrid estaba menos reconocida a nuestra lealtad que celosa de nuestros bríos. Esta negra ingratitud debió ser el término de nuestra paciencia. Quedó reducida la metrópoli a un ángulo de la Península, conservando intacto entre los restos de su antiguo esplendor el hábito de despreciarnos; y mil bravos de esta capital llevaron casi instantáneamente la libertad a los confines del virreinato”.

Juan Martín de Pueyrredón

Fuente: www.elhistoriador.com.ar