Illia y el peligro totalitario

Presidente de los argentinos en tiempos difíciles, el radical del pueblo Arturo Umberto Illia ha sido más reconocido por la historia que por sus contemporáneos. Éstos lo han caracterizado como una tortuga, le han achacado aceptar la proscripción del peronismo y le han criticado cierta tozudez política que lo aisló en los momentos más duros. Aquella, en cambio  lo recuerda hoy por medidas audaces, como la anulación de los contratos petroleros de Frondizi, y por haber construido una isla democrática en un océano de golpes y dictaduras.

Nacido el 4 de agosto de 1900, en el pueblo bonaerense de Pergamino, hijo de migrantes lombardos, llegó a Buenos Aires con una docena de años, como pupilo del Colegio Pío IX. Años más tarde, comenzó sus estudios de medicina en la Universidad de Buenos Aires y luego realizó sus prácticas en un hospital de La Plata, hasta su graduación. Cuando quiso dar inicio a su profesión, el gobierno radical de Yrigoyen le ofreció ejercer como médico ferroviario. Illia decidió entonces radicarse en el pequeño pueblito cordobés de Cruz del Eje.

Despedido tras el golpe militar de 1930, comenzó una intensa pero sobria actividad política desde el mismo lugar. En 1931 fue electo presidente del Comité departamental. A partir de entonces, se convirtió en el principal vocero de la corriente sabattinista en todo el noroeste cordobés. Cinco años más tarde, cuando Amadeo Sabattini asumió la gobernación, fue elegido senador provincial y pocos años más tarde, en 1940, vicegobernador, secundando a Santiago del Castillo. Por entonces ya se había casado con Silvia Martorell, con quien tendría tres hijos.

Diputado nacional durante el gobierno peronista, Illia se convirtió rápidamente en un franco opositor y líder del radicalismo cordobés, aunque rechazó oportunamente a la Unión Democrática. Cuando fue derrocado Perón, en 1955, tenía 55 años y ya había transitado casi todos los principales cargos partidarios, ejecutivos y legislativos. Y cuando un sector del radicalismo optó por acercarse al peronismo, se opuso férreamente. Así, pronto formó parte del sector que formó la Unión Cívica Radical del Pueblo, contraria a los radicales intransigentes, encabezados por Arturo Frondizi.

Antes de ser consagrado candidato presidencial por la UCRP para las elecciones de julio de 1963, Illia había sufrido también duras derrotas electorales. Pero en la elección decisiva logró ser electo como gobernador cordobés y, aunque las Fuerzas Armadas derrocaron a Frondizi y anularon las elecciones, se perfiló como el candidato radical del pueblo.

En julio de 1963, con el peronismo proscripto, triunfó con apenas un 25% del electorado, y se convirtió en presidente de la República. Destacado por un escrupuloso respeto a las libertades públicas, cierto reformismo social y una vocación económica nacionalista, enfrentó numerosos problemas a poco de asumir: crisis económicas, plan de luchas sindicales, conspiraciones del establishement y amenazas militares. Pero  antes de cumplir los tres años de gobierno, contaba con escaso apoyo popular y político y sería derrocado.

Retirado de la vida política, luego reconocido por su honestidad y carácter incorruptible, Illia fallecería el 18 de enero de 1983, poco antes de que su histórico partido encabezara la recuperación de la vida democrática en el país. Lo recordamos en esta oportunidad con un fragmento de su discurso de asunción de la presidencia, el 12 de octubre de 1963, donde aludía al problema totalitario, advirtiendo sobre los males que acarreaba al país que las Fuerzas Armadas se comprometieran “en episodios reservados al poder civil”. Lamentablemente, el 28 de junio de 1966, sus temores se verían confirmados, cuando un nuevo golpe de Estado, esta vez encabezado por Juan Carlos Onganía, puso fin a su gobierno.

Fuente: Pedro Sánchez, La presidencia de Illia, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1983, págs. 8-10.

“Lo que nuestra democracia necesita es ser auténtica expresión de su verdadera esencia. Lo importante no es que el sentido social de la democracia esté en nuestras declaraciones políticas o estatutos partidarios, sino que los argentinos tengan la decisión y la valentía de llevarlo a la práctica. Sólo será justo nuestro orden social, cuando se logre que los recursos humanos y los materiales, unidos al avance técnico del país, permitan asegurar al hombre argentino la satisfacción de sus necesidades físicas y espirituales. Esta es la hora de la gran revolución democrática, la única que el pueblo quiere y espera. Todas las fuerzas políticas argentinas participan desde hoy, en mayor o menor medida, en el gobierno de la cosa pública. Este hecho de suyo significativo, compromete la responsabilidad del conjunto.”

“La democracia argentina necesita perfeccionamiento; pero que quede bien establecido que perfeccionamiento no es sustitución totalitaria. Así como entendemos que para salvaguardar el destino de nuestro régimen democrático republicano contra todas las desvirtuaciones de los grupos totalitarios es necesario prestigiar el Parlamento, afirmo que la libertad de juicio e imparcialidad de la justicia constituyen la última y fundamental garantía de nuestro orden institucional.”

“En los últimos años, el desencuentro argentino llevó (a las Fuerzas Armadas) a enfrentamientos dolorosos y a desenvolver una tarea que no era la propia y que, en nuestro ordenamiento institucional, no es la prevista para las fuerzas armadas. Pero ellas comprenden, al igual que los civiles, que es necesario volver a la normalidad, al área de la Constitución, porque hay demasiado por hacer en la Argentina, para que esta institución fundamental se comprometa en episodios que están reservados al poder civil.”

Arturo Illia

Fuente: www.elhistoriador.com.ar