Vicente Fidel López sobre la reconquista de Colonia

La fundación de la Colonia del Sacramento, en 1680, como proyecto del estado portugués largamente estudiado y madurado, constituyó el desdoblamiento de los esfuerzos que, a nivel oficial, emprendieron los luso-brasileños, desde la tercera década del siglo XVII, para efectivizar su presencia en la cuenca del Plata y proseguir el avance sobre el resto de la región. Por entonces, el destino hispánico de la Ciudad de Buenos Aires y otros territorios del litoral e interior no eran de ninguna manera una certeza. Una considerable fracción de la población de Buenos Aires tenía indisimulables simpatías hacia Portugal. Eran tiempos en que el Tratado de Tordesillas poco podía hacer para contener las necesidades de expansión de las monarquías europeas y sus ambiciones comerciales. Portugal recurrió a todos los medios para asentarse en las orillas del Río de la Plata. Varias idas y vueltas, desde fines del siglo XVII hasta pasado medio siglo XVIII, llevaron a Colonia de manos portuguesas a españolas y viceversa. Uno de estos momentos sucedió en 1762, cuando el gobernador de Buenos Aires, Pedro de Cevallos avanzó impetuosamente hacia el otro lado del Río de la Plata. A pesar de que un año más tarde debió devolver el territorio a Portugal, fue el preludio de la definitiva expulsión de los portugueses que tuvo lugar quince años más tarde. Uno de los grandes historiadores argentinos del siglo XIX, Vicente Fidel López, recuerda aquellos sucesos.

Fuente: Vicente Fidel López, Historia de la República Argentina, Buenos Aires, La Facultad, 1911, Tomo I, pág. 344.

Y en efecto, apenas tuvo noticia oficial de lo que ocurría en Europa, se puso en marcha sobre la Colonia del Sacramento, estableció el sitio y abrió la brecha para asaltarla. Considerándose perdidos, los portugueses capitularon y entregaron la plaza á los españoles el 3 de noviembre de 1762. De no haber obrado Cevallos con tanta presteza y resolución, se hubiera visto en la imposibilidad de rendir la plaza. Una escuadra combinada de once buques y tropas de desembarco, al mando del comodoro M. de Mac-Denara, marino de alto crédito entonces, se presentó en el Río amenazando diversos puntos de la costa. Pero, la pérdida de la Colonia era para ellos una fatalidad que hacía fallar por su base el plan que traían, y resolvieron recuperarla por la fuerza. Amedrentado el comandante Sarria, jefe de los buques españoles que defendían el puerto, abandonó á Cevallos de una manera vergonzosa, y dejó reducida la defensa á las tropas de tierra. El ataque se emprendió y se sostuvo de una y otra parte con un fuego vivísimo y pertinaz. De repente una bala roja dirigida desde tierra penetró en el navío del comodoro inglés, que montaba 64 cañones con 500 hombres de tripulación, y voló á la vista de todos. Mac-Denara cayó vivo al agua, pero resistió á entregarse, y como no pudo nadar hasta otro de sus buques, prefirió la muerte á la derrota.  Después de este contraste y de las pérdidas sufridas, la escuadra combinada tuvo que desistir de su empresa, dejando en manos del vencedor muchos trofeos, despojos, y un considerable número de prisioneros, que, unidos á los de la Colonia fueron internados á la provincia de Cuyo (Mendoza), donde, según se dice, introdujeron el cultivo de la viña. Sarria, entre tanto, contando cobardemente con un desastre seguro, había barrenado y echado á pique la fragata Victoria que mandaba y se había refugiado en la ensenada, donde no creyéndose seguro todavía se fortificó en tierra sin que nadie lo amenazase. Allí pasó por la vergüenza de que le alcanzase la noticia del esclarecido triunfo de Cevallos, mientras él alcanzaba la infamia de que se repitiese su nombre, desde ahora más de un siglo, como baldón de cobardes. Este triunfo no era lo bastante para Cevallos; guerrero de alma y de corazón inspirado, trató de sacar a campaña su ejército, y de proseguir sus victorias. Dejó bien defendida la plaza, y se puso en marcha sobre Río Grande para acabar, de una vez por todas, con este semillero de rencillas y de perturbaciones que los establecimientos portugueses mantenían vivo siempre en el Río de la Plata. Rindió el fuerte de Santa Teresa; destruyó los demás establecimientos que el enemigo había levantado en el río Chuy; tomó el fortín y presidio de San Miguel, y el 2 de abril uno de sus tenientes se apoderó de San Pedro de Río Grande. 

Vicente Fidel López

Fuente: www.elhistoriador.com.ar