El cruce de los Andes en aeroplano, por Carlos Francisco Borcosque


Fuente: Carlos Francisco Borcosque, “El cruce de los Andes. Hablando con el teniente Godoy” en Revista Caras y Caretas, N° 1058, 11 de enero de 1919.

Godoy, el teniente Godoy, es el “hombre del día”, o el “hombre de hoy”, como dijo ya un poeta  ramplón de esos que se acoplan a la cola de los héroes. Un grande hombrecito, pequeño de estatura, ha sido quien ha cumplido después de tantos años de ensayos, de fracasos, de esfuerzos y de sacrificios de argentinos y chilenos, la hazaña de cruzar la mole de los Andes a bordo de un avión, y por su parte más alta, conquistando un triunfo que marca, quizá, el paso más grande la aviación actual.

Con un entusiasmo delirante –delirante puede llamarse a una multitud que se lanzó íntegra a las calles, rompiendo cordones policiales– -pisoteándose, empujándose por ver al pequeño héroe, recibió Santiago al hombre que, como dijera Belisario Roldán, en un discurso, “lanzó la primera mirada que las cumbres vieron venir de más alto que ellas mismas”. Inútil hacer crónica de agasajos y congratulaciones. Hay premios, fiestas, medallas, ascensos y mil cosas más con que el ejército, el gobierno, las cámaras y el pueblo han manifestado su entusiasmo.

El teniente Godoy, como buen militar, ha sido reacio a todo reportaje y a toda ostentación. Nada o casi nada ha declarado –como nada dijera antes de su tentativa–  y, por lo tanto, tenía yo especial interés en enviar algo de lo que él dijera, para Buenos Aires, donde tanto piloto hay que ha soñado con triunfo semejante. Y logré, felizmente, entrevistarle.

“Allá tengo grandes amigos –me dijo– y no puedo negarme. Aunque –agregó– no ha habido en mi vuelo impresiones grandes ni violentas. Se me figura que he cumplido solo un raid, Santiago- Mendoza, y nada más.”

El Teniente Godoy abrigaba la idea –¿y qué piloto, chileno o argentino no la llevaba también dentro de sí!– de intentar algún día, cuando sus condiciones de aviador y una buena máquina se lo permitiesen, la travesía de la cordillera por su parte más alta. El pequeño “sapeur”, como se le llamaba en la escuela de aeronáutica, pasábase los días mirando las cumbres andinas, paseándose ante los hangares, las manos en la espalda y la cabeza inclinada. Rara vez dejaba de hacer una observación sobre esa posible travesía.

—¿Por  qué no ha de hacerse? –decía. Pero aunque dejaba entrever su idea fija de intentarla él, nunca se refería a ella como dándose aires de futuro héroe. Nunca. Pero todos sabían, sin embargo, que “sapeur” vivía con su imaginación puesta allá arriba, y que más de una noche, en sueños, había hecho ya quizá el raid del que más tarde sería el héroe.

Un Morane-Saulnier fue comprado por la escuela. Inmediatamente, el teniente Godoy solicitó permiso para hacer vuelos de altura. Desistió, sin embargo, en vista de que el aparato no respondía suficientemente: una vez más veía alejarse su proyecto. Pero hete aquí, que días después comienzan a llegar a la escuela los primeros aviones de caza Bristol, obsequiados a Chile por la Gran Bretaña. Godoy fue el primero en ir a verlos  retirar de sus cajones, un poco desilusionado al saber que eran aparatos excepcionalmente “militares”. Pero el técnico inglés que venía con ellos, el mayor Huston, dijo aquel día en rueda de amigos que los Bristol podían volar bien a 5.000 o 6.000 metros.

Nuestro héroe no necesitó más. Tomó, según cuentan, al mayor inglés de un brazo, le llevó a la pista, le mostró el macizo andino y le preguntó a boca de jarro:

–¡Cree usted que “eso” se puede cruzar?

Huston sonrió afirmativamente, encantado ante la vehemencia de aquel muchacho que soñaba con una gloria que quería para él y su patria. El permiso fue concedido y el mismo día de recepción de los aparatos, el teniente Gody volaba en un Bristol por primera vez. El motor le falló. Volvió a volar dos días después, alcanzando 3.000 metros, y nueva falla. Voló una tercera vez, pero más abajo, ante el Ministro de Guerra, y nervioso ya, por intentar la empresa, solicitó un día martes el permiso para partir. Rápidamente la autorización fue diligenciada en el Ministerio de Guerra y el miércoles por la tarde la firma estaba puesta. ¿Partiría? ¿cuándo?

Al día siguiente. Aquella noche el teniente Godoy estuvo hasta tarde con sus compañeros; arregló un pequeño mapa, revisó el avión, haciendo cargar sus estanques, corrigió su brújula y se durmió como de costumbre, sin hacer siquiera comentarios sobre su empresa del amanecer. Despertó temprano, y mientras la escuela toda se movía, más nerviosa que él, en un ir y  venir de oficiales, soldados y mecánicos, Godoy pedía una taza de café y un poco de leche con coñac. No había este último.

“Es lo mismo, –dijo Godoy– bromeando, al cantinero. Lo tomaré entonces en Mendoza… Si llego –agregó– creyendo aun que su frase podía envolver una pedantería…

Se fue a la pista. El Bristol estaba rodeado de los mecánicos, de su jefe y sus compañeros. Sonriendo, sin despedirse, subió al aparato, bien abrigado. Probó el motor un instante, y cuando ya iba a dar la señal de partir cortó la chipa para gritar:

—Voy a probar el motor, y sí va bien…

Y el Bristol partió como una flecha hacia las regiones desconocidas. Dio dos grandes círculos subiendo, y enfiló hacia el macizo cordillerano, con una seguridad que denotaba la mano tranquila y enérgica del bravo que lo piloteaba. Media hora después, los picos del Tupungato parecían tragarse el puntito negro que desaparecía junto a ellos.

“Emoción, ninguna —nos dijo Godoy con sencillez.— Puedo asegurarle, sí, que iba tranquilo, tanto como de costumbre, pues me había habituado a pensar que de mi misma calma pendía el éxito. Si alguna emoción llevaba era la de ver cumplido mi sueño dorado. Iba a ver, por fin, desde lo alto, las cumbres que tantas veces había mirado desde la pista de mi aeródromo… El Bristol trepaba materialmente en el espacio. Yo aún no había mirado hacia abajo. Iba pendiente de mi altímetro, de mi brújula, del trabajo normal de la bomba de aceite, y de las revoluciones de mi motor. Continuamente debía variar la carburación, consiguiendo siempre normalizar el “Le Rhone”. Y entonces, cuando mi altímetro había pasado los 15.000 pies, miré hacia abajo.”

“Estaba en un mundo desconocido. La cordillera veíase con una nitidez admirable: todo eran quebradas, valles enormes como bocas negras, faldas y laderas heladas. A la izquierda el Tupungato se alzaba junto a mí a mi altura, más alto quizá, como un rascacielos enorme, como una torre magnífica de blancura que emergiera de la tierra en busca del cielo… tenía en un costado una falda grande y lisa, casi horizontal, una palma de mano, alba y helada, hospitalaria, que incitaba a posarse sobre sobre ella. Pero todo aquello muy rápido. El Bristol me marcaba entre 180 y 190 kilómetros por hora, y por esto la decoración cambiaba demasiado rápidamente. Un momento después había pasado la frontera. Mi patria atrás: ante mí el país amigo, la tierra hermana y el triunfo, mi pequeño y mi querido triunfo…”

“En aquel momento el motor falló y se detuvo casi por completo: advertí la razón. La bomba automática no funcionaba y la bencina no llegaba al carburador. Trabajé un momento con la bomba de mano y el rotativo partió antes de que el aparato hubiese notado el cambio. Era necesario ya descender. Disminuí, pues, un poco el gas, y comencé a perder altura lentamente. La aguja, que había llegado a una máxima de 17.300 pies, bajaba suavemente. Y allí comenzó un baile infernal que duró, felizmente, tres o cuatro minutos. El avió parecía loco… Aquella mañana había habido un temporal de viento en el lado argentino. Eran quizás restos de ese ciclón. Luego, la calma nuevamente. Y allá, en el fondo, entre los últimos cerritos, humildes junto a las moles de un momento antes, Mendoza se perfilaba. Más allá la Pampa enorme, cubierta por  un velo espeso de nubes.”

“Diez minutos después estaba sobre la ciudad histórica. Los Tamarindos, el capo de aviación, no aparecía por ninguna parte. Lo busqué febrilmente hasta que desistí de hallarlo. Y como dos leguas más allá había un buen campo, me lancé a él con mala suerte. Rompí la hélice, y  el tren de aterrizaje. Y salté a tierra un poco enervado, las manos agarrotadas de frío, algo congestionado aún por el enrarecimiento de la altura, pues no llevé oxígeno. Salté a tierra y sentí una emoción grande y extraña al pensar en mi sueño cumplido… Había cruzado los Andes.”

Y al decir esto, con una modestia grande y sincera, solos como estábamos ambos en su pequeño cuarto de oficial de la escuela de aeronáutica, el teniente Godoy inclinaba la cabeza y cerraba los ojos en un gesto tranquilo de recordación, viviendo nuevamente los momentos inolvidables de ese triunfo magnífico.

“Aun quisiera que usted agregase algo —nos dice reaccionando.— Aunque he tratado de hacerlo, me parece que no he agradecido lo suficiente las atenciones que se me tributaron en tierra argentina. Al señor Mackern que fue el primero en llegar; a las autoridades, los oficiales que me acompañaron más tarde, al pueblo de Mendoza. Hay cosas que no se olvidan nunca.”

Vamos a despedirnos del bravo muchacho. Y al hacerlo nos pregunta con sencillo interés:

“¿No sabe nada de Zanni? Le aseguro que he pensado en él, y aunque parezca extraño, he sentido lo que él sentirá viendo como le fue ganado el primer puesto. Es humano que cada uno desee un triunfo para sí. Pero es preciso, es de justicia, que se rinda un homenaje a él, a todos los argentinos, a Newbery que fue alma de esta cordillera. Hicieron mucho: tienen en su haber esfuerzos y sacrificios sin límites y eso vale tanto como un triunfo…”

Santiago de Chile, diciembre de 1918.