Cómo nació la chispa de la guerrilla argentina


Por: Carlos Manuel Acuña, La Nación.

En 1959, con el nombre de Uturuncos, surgió el primer grupo en Tucumán.
El acontecimiento más importante en la historia de la Argentina moderna fue la guerra revolucionaria que la incluyó -involuntaria y trágicamente- en el apogeo de la Guerra Fría que caracterizó al mundo bipolar nacido en el final de la Segunda Guerra Mundial.
Las guerrillas, identificadas y dependientes del proyecto comunista que resultaría derrotado, formaron parte de un proceso desplegado en gran parte de los países latinoamericanos, pero definido por idénticos parámetros: una lucha armada continental organizada después del triunfo de la revolución cubana, alcanzado en enero de 1959 con el inexplicable beneplácito del Departamento de Estado norteamericano. En ese territorio calificado de periférico se enfrentaban las dos grandes potencias, en tanto China no se mantenía ajena con su propia versión del marxismo, más activo y más intransigente.
El proceso subversivo en los distintos países fue similar, las consignas idénticas, iguales los argumentos políticos, y las contradicciones simultáneas o posteriores fueron las mismas. Hasta las excepciones cronológicas que existieron -México, Perú, Colombia- resultaron absorbidas por el terrible proceso que incluyó el componente indígena explotado en aquellos lugares donde era importante.
Entre nosotros también existió con la mítica teoría expansiva del Frente Revolucionario Indoamericano Popular (FRIP), que fue la primera, y rápidamente agotada, organización que fundaron en 1961 los hermanastros de Mario Roberto Santucho, al que cedieron la jefatura. La ideología común a todos los escenarios careció de fisuras significativas, sólo tuvo matices y adecuaciones a los países y ámbitos geográficos donde se desató la lucha armada, concepto este último que nutrió a una doctrina que afirmaba que esa lucha era imprescindible y excluyente para conquistar el poder.

Las guerrillas argentinas

Este principio jamás fue abandonado. Incluso se aplicó en Chile cuando, con elecciones legítimas, el marxista Salvador Allende llegó a la presidencia de la república. Entonces, el poderoso y oficialista Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) aceleró con violencia el proceso de socialización de la Unidad Popular y apuró el fracaso de la “experiencia” desarrollada en el país trasandino.
Con relación al papel cumplido por los partidos comunistas, el caso argentino no difirió de lo ocurrido en otras latitudes: las dirigencias partidarias tradicionales se opusieron formalmente a las guerrillas pues estimaban premonitoriamente que serían derrotadas, inaugurándose un proceso que demoraría en exceso la victoria mundial del comunismo.
En los hechos, esas dirigencias cumplieron con los deseos de la URSS de no inmiscuirse abiertamente en la guerra revolucionaria para no comprometerla y mantener su capacidad diplomática y comercial, pues los soviéticos eran crónicos compradores de cereales y alimentos a causa, entre otros motivos, de su sistema colectivista.
Para suplir la falta de un orgánico respaldo político, en la mayoría de los partidos comunistas del continente surgieron disidencias, movimientos separados y nuevas organizaciones de superficie o subterráneas destinadas a canalizar las vocaciones subversivas de los más entusiastas. De paso, se aseguraba dentro de lo posible la vigencia de la pureza ideológica y una estructura de conexiones que sería útil en un futuro todavía impredecible.
Entre nosotros, la primera guerrilla apareció a mediados de 1959 con el nombre de Uturuncos. Consistió en un conglomerado heterogéneo de jóvenes que se decían justicialistas y que bregaban por el retorno al país del ex presidente Juan Domingo Perón, a la sazón exilado luego de su derrocamiento en 1955.
En la banda había de todo y su jefe, Enrique Manuel Mena, cayó finalmente preso. Recluido en una cárcel de Tucumán, provincia donde el grupo produjo durante algunos meses asaltos y otras depredaciones menores, en los finales de 1960, fugó a Cuba para adoctrinarse y recibir una mejor instrucción en terrorismo, pero en 1970 se supo que murió de cáncer en nuestro país, adonde había regresado secretamente para sumarse a los planes subversivos.
Esta primera operación guerrillera fue pergeñada desde Cuba por el ex diputado nacional justicialista John William Cooke para pulsar las calculadas reacciones posibles y favorables que se esperaban en distintos ámbitos.
El impacto político con el que especulaban los Uturuncos se derrumbó cuando en plena acción los órganos oficiales del Partido Justicialista condenaron severamente el intento guerrillero. Unicamente se implementó una drástica represión policial que detuvo a casi todos los integrantes de la banda.
Pero la definición del PJ contraria a la actividad guerrillera no sería suficiente para desalentar a Cooke, cuya compañera era la influyente y dinámica dirigente comunista Alicia Eguren. Con pleno respaldo cubano, el Gordo Cooke era consciente de la importancia que ofrecía la amplia base popular del justicialismo -vedado en esos años para actuar políticamente-, si se lograba conquistarla mediante una modificación de su doctrina visceralmente anticomunista. Todo el esfuerzo que desplegó hasta su temprana muerte, en 1968, apuntó hacia ese objetivo revolucionario, compartido también por jóvenes intelectualizados, preferentemente universitarios y pertenecientes a los segmentos medios y medios altos de la sociedad.
Cooke operó desde La Habana con amigos como Ricardo Obregón Cano -luego gobernador de Córdoba en 1973, cuando Héctor J. Cámpora triunfó en las elecciones presidenciales de ese año-, y a su inspiración se debieron las tempranas organizaciones Resistencia Peronista y Peronismo Revolucionario. Agruparon a sinceros militantes peronistas, pero básicamente fueron verdaderos anticipos del proceso de penetración ideológica denominado “entrismo”, que consistió -y consiste- en la conquista de organismos, grupos y personas para modificar desde adentro su esquema de ideas e invertirlo progresivamente.
Esto mismo sucedió con las llamadas Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) que, pese a su origen abiertamente anticomunista y específicamente contrario a la revolución cubana, comenzaron lentamente a variar de posición a comienzos de los años sesenta. Nacidas para afirmar la doctrina justicialista -incluso mediante violentos encontronazos en manifestaciones callejeras y en los medios estudiantiles- durante esos años de impedimentos políticos para el peronismo, ingresaron paulatinamente en el delito común para recaudar fondos con miras a un futuro contestatario todavía indefinido y lejano. Una vez que lo hicieron, se mostraron los primeros efectos del entrismo.
En consecuencia, las FAP actuaron como un verdadero puente ideológico y por su organización absolutamente descentralizada se convirtieron en inasibles y hasta se rodearon de un cierto misterio al carecer de jefes visibles e identificables, pero crecieron y con el tiempo aportaron recursos a las bandas que comenzaron a formarse en los finales de la década. Desgastadas y divididas, iniciados los años setenta dieron paso a las nuevas guerrillas como los Montoneros, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), los Descamisados o las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), que representaron una escalada operativa e ideológica -ya definitivamente marxista- que con otros grupos como el Partido Comunista Revolucionario o las corrientes estrictamente trotskistas como La Verdad y sus derivaciones ofrecían variables para el reclutamiento y la base para crear nuevas estructuras si las primeras se agotaban.
Hubo bandas para todos los gustos; las mencionadas argumentaban tácticamente una mayor o menor identificación con el justicialismo, aunque sin poder explicar razonablemente el violento enfrentamiento que mantenían con aquellos que eran la columna vertebral del Movimiento Justicialista: los sectores obreros, que jaqueados con muertos y heridos y por organizaciones minoritarias que respondían a la ultraizquierda combatiente -como la llamada CGT de los Argentinos, que dirigía Raimundo Ongaro- resistían masivamente al marxismo.
A su vez, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), cuyo jefe máximo, Santucho -el preferido por Fidel Castro- tenía contactos con determinados sectores del radicalismo, criticaba abiertamente a Perón y a su movimiento y ofrecía un menú ideológico que mezclaba el trotskismo con el marxismo.

Militares cubanos

Pese a las diferencias, las organizaciones revolucionarias sólo competían entre sí por mostrarse con mayor capacidad de violencia. En los hechos actuaron aliadas y a veces expresamente coordinadas con el mismo fin de tomar el poder por la fuerza.
Mucho antes de que estas bandas irrumpieran en el escenario, en Orán, Salta, surgió a comienzos de 1963 el llamado Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) al mando del periodista argentino Jorge Masseti -íntimo de Ernesto Guevara- y la conducción militar del capitán cubano Hermes Peña Torres, que formaba parte de la guardia personal del Che. La operación fue organizada por Abelardo Colomé Ibarra, que con los años alcanzaría la jerarquía de general del ejército de Cuba y se desempeñaría como ministro del Interior de Fidel Castro. Con la misma eficiencia que aplicó para lanzarlos a Masseti y Peña Torres sobre territorio argentino, en la misma oportunidad y con una anticipación que demostraba cómo se preparaban los planes subversivos, creó -incluyendo los famosos embutes- buena parte de la logística destinada al posterior desembarco de Guevara en la selva del sur boliviano, rumbo a su último fracaso, abandonado por Castro, el Partido Comunista de Bolivia y su amigo, el agente francés Régis Debray.
Comparado con los Uturuncos, el EGP fue algo más que un tanteo pues su misión consistía en crear un foco rural preparatorio de la posterior llegada de Guevara. Debía expandirse y respaldar la formación de campamentos revolucionarios, como los descubiertos en Córdoba y otros lugares estratégicos, pero después de casi un año de enfrentamientos con la Gendarmería Nacional no logró crecer, fracasó la esperada afluencia masiva de jóvenes guerrilleros y, tras producir muertos y heridos, quedó liquidado a comienzos de 1964, con la mayoría de sus integrantes prisioneros.
Desde sus inicios, el EGP estuvo infiltrado por falsos guerrilleros que eran agentes de Inteligencia de la Policía Federal Argentina y también por otro, realmente misterioso, que se llamaba Ciro Bustos. Este era un pintor mendocino que no sólo no fue hallado, sino que años más tarde reapareció en Bolivia durante la aventura de Guevara, al que significativamente también abandonó junto con Debray, que se “evaporó” poco después de su captura. El gobierno radical del presidente Arturo Illia denunció lo que ocurría y el canciller de ese entonces, Miguel Angel Zavala Ortiz, informó al Congreso de la Nación de los planes cubanos y la presencia en Cuba de centenares de jóvenes argentinos que viajaron secretamente para recibir instrucción militar y afianzar su ideología.

Francia y el tercermundismo

La presencia de Francia en este complejo proceso fue una constante y se registró no solamente por la presencia de los discutidos curas obreros que recalaron en el Obispado de Avellaneda y que pertenecían al Partido Comunista Francés, o por la estada y gestiones de Debray aquí, en Bolivia y otros países latinoamericanos.
En el otro extremo, visitaron la Argentina, alertaron y formularon recomendaciones militares franceses que vinieron a Buenos Aires, donde volcaron sus experiencias contra las guerrillas de Indochina y las del Frente de Liberación Nacional (FLN) que enfrentaron en Argelia. También fue un ex militar francés el que con el grado de capitán traicionó a su ejército, trabajó para el mencionado FLN y se ordenó sacerdote católico para difundir las ideas marxistas, convirtiéndose en una avanzada de lo que posteriormente, en 1964, sería el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Se trataba de Gilberto Rufenach, que una vez descubierto se fugó en 1960 para instalarse en nuestro país en la porteña parroquia de Todos los Santos y Animas, en el barrio de Villa Crespo, donde causó ingentes problemas y trabajó intensamente con células importantes del Partido Comunista Argentino.

Por Carlos Manuel Acuña
Especial para La Nación
El autor es periodista profesional desde 1960. Recientemente publicó el libro Por amor al odio: el drama de la subversión en la Argentina, de Ediciones del Pórtico.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar