Charles Darwin y la crítica a su trabajo


Cuando en noviembre de 1859, Charles Darwin publicó El origen de las especies, no creyó que fuera el estudio más sistemático o acabado que pudiera hacer en materia de naturalismo. En verdad, esperaba tomarse bastante más tiempo para estudiar un mayor volumen de información. Pero una carta recibida por un colega y amigo más joven que él en 1858 lo decidió a adelantar sus planes.

Alfred R. Wallace le había enviado un artículo donde se esbozaba de forma bastante completa la teoría de las especies en la que Darwin había estado trabajado tanto tiempo. De inmediato, el naturalista, que ya por entonces tenía 43 años, publicó un artículo en una revista científica inglesa junto con el enviado por Wallace, quien, lejos de enojarse con la actitud de su colega, saludó la iniciativa y años más tarde fue quien habló de “darwinismo”. Es que en definitiva, había sido Darwin quien había dado comienzo a la sistematización de las ideas evolucionistas. Desde ya que no habían comenzado con él. Su abuelo incluso, un excéntrico y brillante médico, ya había asegurado que todo individuo se desarrollaba a partir de un “filamento” contenido en el semen masculino. También había tomado ideas del reverendo Henslow o del más conocido geógrafo berlinés Alexander Von Humboldt.

Nacido en 1809 en un pequeño pueblo inglés, luego de estudiar en Edimburgo y en Cambridge, Darwin se embarcó a los 22 años en un viaje hacia América del Sur, organizado por el gobierno británico con fines comerciales y cartográficos. A las órdenes del capitán Fitzroy, Darwin conoció desde Bahía, Buenos Aires y Tierra del Fuego, hasta Valparaíso, los Andes y las islas Galápagos. Este remoto itinerario le sirvió para adquirir renombre y publicar más adelante el Viaje de un naturalista alrededor del mundo.

Bastante tiempo debió pasar para que sistematizara la teoría de la evolución, que ratificaba la existencia de especies afines en distintas partes del mundo, describía las particulares adaptaciones que realizaban a su medio y explicaba las formas en que competían por la supervivencia. El mismo día en que publicó El Origen de las especies, los 1250 ejemplares de la primera edición fueron agotados en el acto. La obra impulsaba un replanteo completo del espacio mental humano y consagraba un cambio radical al dar un orden riguroso en el análisis de los fenómenos orgánicos. La categoría de la evolución, lamentablemente luego trasplantada al ámbito social, base de locuras xenófobas, se imponía al pensamiento moderno con una crítica implacable a las creencias cristianas. Darwin moriría el 19 de abril de 1882.

Fuente: Charles Darwin, Autobiografía, Madrid, Editorial Alianza Cien, 1993, págs.  73-74.

“Cada vez que he descubierto que me había equivocado o que mi trabajo había sido imperfecto, y cuando he sido desdeñosamente criticado e incluso he sido sobrevalorado hasta tal punto que me sintiera mortificado, mi mayor consuelo ha sido decirme a mí mismo cientos de veces que “he trabajado tanto como podía y lo mejor posible, y que nadie puede hacer más que esto”. Recuerdo cuando, estando en la Bahía del Buen Suceso, en la Tierra del Fuego, pensé (y creo que escribí a casa en este sentido) que no podría dar a mi vida mejor utilidad que la de añadir algo a la ciencia natural. Esto lo he hecho lo mejor que he podido, y los críticos dirán lo que quieran, pero nunca destruirán esta convicción.

Charles Darwin

Fuente: www.elhistoriador.com.ar