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Año 5 · Número 9 · Enero de 2016, ISSN 1851-5851 - Una publicación de www.elhistoriador.com.ar, dirigida por Felipe Pigna
El Historiador
Índice
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Los duelos
En una época bastante lejana se mataba o se moría por “el honor”. Así se describía la ofensa recibida a veces al buen nombre y muchas otras al orgullo de “caballeros” que decidían batirse a duelo...
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El verano en Mar del Plata en 1907
Compartimos aquí un artículo publicado en la Revista Caras y Caretas en marzo de 1907 que recoge los usos y costumbres de la visita veraniega a Mar del Plata...
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Las formas de los libros, por Alberto Manguel
Llegaron las vacaciones y la elección de los libros para los viajes y los ratos de ocio es parte del ritual del recreo estival. Pero no siempre...
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Memorias por correspondencia (fragmento), por Emma Reyes
En 1969 la artista colombiana Emma Reyes escribió la primera de las 23 cartas que envió a su amigo Germán Arciniegas. Estos relatos...
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Manual del perfecto saludador
Compartimos aquí un simpático artículo publicado en la revista Caras y Caretas a principios del siglo XX, que en clave de humor, se mofaba de los manuales y tratados de...
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La Gaceta Estival

Durante mi infancia el turismo era algo muy ocasional, anual digamos, entre los chicos de allá por los sesenta. Así como la Coca Cola era un bien escaso reservado a los cumpleaños y el vino con soda suplía cotidianamente muy bien a la bebida de fórmula secreta, los pibes sabíamos que la playa o las sierras quedaban a varios meses de ahorro de nuestros viejos. Pero cuando la ocasión llegaba todo era una fiesta y arrancaba una semana antes de la partida.

En mi casa, mis tres hermanas y yo nos repartíamos las tareas que iban de conseguir quién riegue las plantas y le dé de comer al perro, a preparar la ropa, seleccionar los libros que nos íbamos a llevar, en mi caso los de la colección Robin Hood, y los juegos de mesa como El Estanciero, El Mago Chan, El Cerebro Mágico, un par de mazos de cartas y dos pelotas, una para la playa y otra para el futbol, donde se pudiera.

El viaje era largo, no había cinturones de seguridad y el aire acondicionado era un lujo inexistente. Se conversaba, pasatiempo hoy casi en extinción, y a la hora más o menos, los chicos sabíamos que había que darle alguna ocupación a nuestro embole y mientras esperábamos los sándwiches y la gaseosa que se había contagiado del sabor metálico del termo, aparecían los juegos verbales como ni sí, ni no, ni blanco, ni negro, adivinar los colores de los coches que venían de frente, el veo, veo y otras yerbas, mientras la radio colaboraba con algunos temas que todos conocíamos y entonábamos limitados a la paciencia de mi padre, el gran conductor.

El parador quedaba a unas cuantas horas, pero cuando llegábamos, nadie nos podía sacar de encima la sensación de Oasis. Nos esperaba una Cindor o un Vascolet con un suculento salame y queso. Los grandes “estiraban las piernas” y se lavaban la cara, los chicos disputábamos las hamacas y nos intercambiábamos los destinos, deseando con esa fuerza casi religiosa de la infancia que la chica de trenzas también fuera para Punta Mogotes, cosa que nunca sucedía.

Cumplidos los rituales, seguía la travesía y el viaje, que ya era más corto se volvía increíblemente largo, los postes y carteles parecían pasar más lentos. Llegábamos finalmente a la noche, cansados, como ajenos pero alentados por el cercano sonido del mar y la prometedora cena en alguno de los boliches del puerto que certificaba que estábamos en la ciudad en la que se podía ser feliz.

Estos son mis recuerdos de infancia. En esta gaceta recreativa y estival quise también compartir, como una suerte de viaje en el tiempo, un artículo que evoca las vacaciones en la lejana de Mar del Plata de principios del siglo XX.

Además, junto a Alberto Manguel, nos trasladaremos hasta el cuarto milenio antes de Cristo para recorrer uno de los temas que desarrolla en su libro Una historia de la lectura. Conoceremos así las diversas formas, tamaños y aspectos de distintos soportes de lectura en diversos momentos y lugares del mundo: desde las primitivas tablillas de arcilla mesopotámica hasta los libros de papel como los conocemos actualmente.

Por último, compartimos un artículo sobre la costumbre de batirse a duelos; también, una carta que le envió la artista colombiana Emma Reyes al historiador Germán Arciniegas, relatando sus recuerdos de infancia y nos trasladaremos una vez más a principios del siglo XX con un simpático artículo publicado en la revista Caras y Caretas que en clave de humor se mofaba de los tratados de urbanidad con un delicioso Manual del perfecto saludador, que procura explicar “gráfica-geométrica-literaria y rápidamente los seis saludos principales del globo”.

¡Les deseo a todos muy felices vacaciones y muy buen comienzo de año!

 

Felipe Pigna
 
 
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Los duelos

Autor: Felipe Pigna

En una época bastante lejana se mataba o se moría por “el honor”. Así se describía la ofensa recibida a veces al buen nombre y muchas otras al orgullo de “caballeros” que decidían batirse a duelo. La costumbre fue introducida en la península ibérica por los cartagineses, reprobada por los romanos, regulada por Alfonso X en sus Siete Partidas, limitándolas a los “fijosdalgos” para evitar la pérdida de siervos; y finalmente prohibida por los reyes católicos en 1480. Pero la práctica subsistió y se trasladó América.

Uno de los primeros que se recuerdan, que tuvo como protagonista a un compatriota, el coronel José Moldes, se produjo en Madrid, mientras el futuro guerrero de la Independencia participaba de un banquete y se sintió molesto por el brindis de un enviado de Napoleón que gritó a los cuatro vientos que el Emperador podía someter a España y todas sus colonias cuando quisiera. Moldes le contestó que la cosa no sería tan fácil en Buenos Aires, ya que los ingleses lo habían intentado dos veces sin éxito en 1806 y 1807. El francés se ofendió y de allí pasaron al duelo en el que murió el francés.

Belgrano había expresado su desacuerdo con San Martín por permitir que sus oficiales se batieran por honor, pero estuvo a punto de enfrentarse en duelo durante su estadía en Londres en misión diplomática cuando se enteró de los abultados gastos perpetrados por el Conde de Cabarrús como “gastos de representación” para obtener el acuerdo del Infante Francisco de Paula como príncipe del Río de la Plata. Cabarrús no hizo nada más que dilapidar dinero con el sospechoso aval de Sarratea. Belgrano desistió del duelo porque podía arrojar una mala imagen sobre las colonias rebeldes.

La Logia Lautaro reguló los duelos para evitar que se perdieran vidas valiosas para la causa, como el duelo entre Soler y O’Higgins, que fue desaprobado para preservar a dos hombres clave para los planes independentistas. En la literatura gauchesca el duelo aparece frecuentemente, siendo uno de los más célebres pasajes el duelo a cuchillo entre Martín Fierro y el moreno.

En el último cuarto del siglo XIX comenzó a ponerse “de moda” el duelo en Palermo que se convirtió en una especie de “campo del honor”. La mayoría de los duelos se pactaban a sable aunque también se practican a pistola, en ambos casos a la “primera sangre”.

Uno de los duelos más recordados por sus connotaciones políticas se produjo en 1894. El interventor de la Provincia de Buenos Aires, Lucio V. López, hijo del célebre historiador Vicente Fidel López y nieto del autor del himno, Vicente López y Planes, descubrió que un alto jefe militar, el coronel Sarmiento, pretendió cancelar una deuda por la compra de unos campos en Chacabuco simulando un pago fraudulentamente. El interventor López le inició una acción legal y el coronel Sarmiento se defendió en cartas a los grandes diarios de la época y en discursos públicos calumniando a su acusador.

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El verano en Mar del Plata en 1907

Compartimos aquí un artículo publicado en la Revista Caras y Caretas en marzo de 1907 que recoge los usos y costumbres de la visita veraniega a Mar del Plata, entre los que se destacaban los baños en el mar, los paseos por la rambla, los banquetes y bailes nocturnos, y la práctica de deportes.

Todas las tardes afluye gran concurrencia de bañistas a las playas marplatenses. Allí no solo encuentran saludable deleite las personas mayores sino también los niños. El baño lleno de sales y lleno de oxígeno, es para todos un placer general. Al aire libre, bajo el hermoso sol, las horas transcurren en dulce placidez. El chapuzón está en auge y no goza de menos popularidad  en el mundo infantil que entre la juventud y las personas  serias. El que más el que menos, resuelve la espuma, retoza en el agua y refresca la piel, deleitándose en tan higiénicos y agradables ejercicios.

Los grandes arenales, acariciados por las salutíferas aguas del océano, atraen una enorme cantidad de entusiastas bañistas.

La playa de los pescadores que es también uno de los puntos más pintorescos de Mar del Plata, congrega de mañana y de tarde numerosas y distinguidas familias.

Con la frescura de las bellas mañanas y las salobres brisas que soplan por las tardes, la pintoresca rambla marplatense, se convierte en un obligado punto de reunión para la sociabilidad porteña. Las más distinguidas damas, los niños más gentiles, y los personajes más conspicuos de lo político, de la banca y del alto comercio, se reúnen allí para gozar de dos gratos placeres: la charla amena, que tonifica el ánimo, y el oxígeno puro; que vigoriza los pulmones.

Fuente: Revista Caras y caretas, Nº 439, 2 de marzo de 1907, págs. 58-60.

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Las formas de los libros, por Alberto Manguel
(Fragmento de Una historia de la lectura)

Llegaron las vacaciones y la elección de los libros para los viajes y los ratos de ocio es parte del ritual del recreo estival. Pero no siempre fue así. Tanto el natural goce anual de las vacaciones como el democratizado acceso a la lectura son conquistas relativamente recientes.

El libro Una historia de la lectura, de Alberto Manguel, viaja hacia el pasado de la palabra escrita, hasta el cuarto milenio a.C. para centrarse en el papel del lector a lo largo de la historia, desde San Ambrosio hasta Borges, pasando por Virgilio, Dickens, Diderot, Colette y otros. El autor enfatiza así el poder de la lectura, que permite “acceder a los archivos de la memoria humana y rescatar del pasado la voz de nuestra experiencia”.

En el capítulo que a continuación reproducimos conoceremos las diversas formas, tamaños y aspectos de distintos soportes de lectura en diversos momentos y lugares del mundo: desde las primitivas tablillas de arcilla mesopotámica hasta los libros de papel como los conocemos en la actualidad, pasando por el código legal asirio, inscripto en un monolito de 6,20 metros cuadrados, los rollos de pergamino (hechos con piel de animal) o papiro (hecho de tallos secados y cortados de una planta parecida al junco), y los códices también de pergamino, vitela o papiro.

Fuente: Alberto Manguel, Una historia de la lectura, Buenos Aires, Editorial Siglo XXI, págs. 139-161.

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Memorias por correspondencia (fragmento), por Emma Reyes

En 1969 la artista colombiana Emma Reyes escribió la primera de las 23 cartas que envió a su amigo Germán Arciniegas. Estos relatos impactaron profundamente en el historiador y diplomático colombiano, porque revelaban una faceta desconocida de la artista y por el modo despojado de su prosa.

Las cartas enviadas irían develando a lo largo de casi tres décadas los recuerdos de una infancia sórdida y desoladora, desde que quedó a los cinco años junto a su hermana Helena en manos de la Sra. María, una mujer fría y cruel que las golpeaba, a cuyo cuidado padecieron todo tipo de privaciones y tormentos, hasta cuando salió del convento donde las hermanas permanecieron aisladas del mundo durante quince años tras ser abandonadas por María y de donde Emma salió sin saber ni leer ni escribir.

La carta que a continuación reproducimos es un viaje en a un convento colombiano de la década de 1920, pero también un homenaje al esfuerzo, perseverancia y dedicación, que hicieron de una mujer cuyo destino parecía estar signado por la tragedia una pintora reconocida.

 

Fuente: Emma Reyes, Memoria por correspondencia, Buenos Aires, Editorial Edhasa, 2015, págs. 87-92.

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Manual del perfecto saludador

Compartimos aquí un simpático artículo publicado en la revista Caras y Caretas a principios del siglo XX, que en clave de humor, se mofaba de los manuales y tratados de urbanidad. Así, ofrecía a la consideración más distinguida y alta un manual del perfecto saludador.

Si lo considerase prudente, escribiría un “Tratado completo de urbanidad al alcance de todas las inteligencias, con más de trescientas páginas de texto, un apéndice final, el retrato del autor y catorce láminas en colores”, pero me parece que todo tratado de urbanidad es completamente inútil, fuera de que su lectura haría ruborizar a muchas personas y a otras más. En cambio un “manual del perfecto saludador” es tan útil que me admiro sobremanera de que haya pensado en escribirlo: por lo cual lo recomiendo a la consideración más distinguida y alta de todos ustedes. En él se explican gráfico-geométrico-literario rápidamente los seis saludos principales del globo y basta consultarles con detención en el momento de saludar, para que el saludo caiga como una grandísima pedrada en el ojo del boticario.

Pero –para hacer uso de una expresión digna de un manual- entremos en la materia.

La circunferencia, según la mayoría de las opiniones, tiene 360°, 180° por detrás y 180° por delante. Los grados de la parte posterior son bajo cero. Los de la parte anterior son grados positivos hasta la saciedad.

Ahora bien, el saludo humano, como el calor y el frío, y como la jerarquía masónica, pero principalmente como el calor y el frío se mide por grados. Cuanto más importante es la persona a quien se saluda, más grados se le dedican y si es preciso se hiciera a los 180° que es el límite máximo.

El saludo de 180° debe reservarse para el presidente de la República, aunque sea interino, pues entonces también son interinos los 180°.

A los patrones y a las personas que vienen a pagar cuentas se los saluda con 135°, lo mismo de día que de noche, para que se hagan cargo de que se les tiene respeto.

 

Fuente: Revista Caras y Caretas, N° 439, 2 de marzo de 1907, pág. 62.

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