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¿Qué hacer en el Buenos Aires de 1810?
 

"En las calles de Buenos Aires no se ven, en las horas de la siesta más que médicos y perros". Así describía a la Gran Aldea un viajero francés. Y es que el pasatiempo preferido de los porteños era dormir la siesta. Tampoco había mucho que hacer. Las actividades principales eran la ganadería y el comercio, que se manejaban con poca mano de obra y una visita cada tanto a los lugares de producción y servicio. Ir de shopping llevaba muy poco tiempo. Bastaba atravesar la Plaza de la Victoria y recorrer la Recova donde estaban los puestos de los "bandoleros", como se llamaba entonces a los merceros frente a una doble fila de negocios de ropa y novedades.

Esto daba cierto margen para la vida nocturna que tenía en las tertulias su expresión más elegante. Las casas de las familias más "acomodadas" recibían a viajeros, vecinos y amigos para divertirse y hacer negocios. Las tertulias se prolongaban hasta después de la medianoche entre empanadas, recitales de poesía y música, comentarios políticos y de moda. Una de las más famosas era la que ofrecían frecuentemente los O´Gorman. A Don Tomás O'Gorman y a su esposa Anita Perichon les encantaba recibir a lo más granado de la sociedad, entre ellos al Virrey Cisneros. Un asiduo concurrente a las tertulias, el inglés John Parish Robertson se asombraba de la buena conversación de las porteñas y de la precocidad de las niñas que a los siete años ya bailaban el minué a la perfección. Las tertulias eran además la ocasión indicada, y casi la única, para que las adolescentes encontraran novio.

Una vez a la semana "la parte más sana del vecindario", como definía el cabildo a sus miembros, es decir los propietarios porteños, concurría al teatro para asistir a paquetas veladas de opera y a disfrutar de las obras de teatro de Lvardén. Desde que la inaugurara el Virrey Vértiz en 1783, la Casa de Comedias, conocida como el Teatro de la Ranchería, se transformó en el centro de la actividad lírica y teatral de Buenos Aires hasta su incendio en 1792. En 1810 pudo reabrirse el Coliseo Provisional de Comedias dando un nuevo impulso a arte dramático.

Convocaban por igual a ricos y pobres las corridas de toros. En 1791 el virrey Arredondo inauguró la pequeña plaza de toros de Monserrat (ubicada en la actual manzana de 9 de julio y Belgrano) con una capacidad para unas dos mil personas. Pero fue quedando chica, así que fue demolida y se construyó una nueva plaza para 10.000 personas en el Retiro en la que alguna vez supo torear don Juan Lavalle.

En su breve paso por Buenos Aires los ingleses habían impuesto el Cricket, un juego muy parecido a la "chueca" deporte preferido de los pampas que se asombraban al ver como los huincas lo practicaban.

El pato, las riñas de gallo, las cinchadas y las carreras de caballo eran las diversiones de los suburbios orilleros a las que de tanto en tanto concurrían los habitantes del centro. Allí podían escucharse los "cielitos", que eran verdaderos alegatos cantados sobre la situación política y social de la época.

La ruleta y los juegos de azar tenían su sede en la casa de Martín Echarte una especie de casino colonial donde también se jugaba al ajedrez y por supuesto se hablaba de política.

Los cafés eran los ámbitos naturales de discusión política y la sede de las distintas facciones que discutían acaloradamente en mayo de 1810. Los más famosos eran el Café de Marco, el de la Victoria, el de los Cartalanes y el de Martín. Todos tenían mesas de billar y amplios patios.

A la hora de comer afuera no había mucha variedad. Se podía tomar algo en la Confitería Francesa, pero La fonda de Los Tres Reyes era el único restaurante de Buenos Aires. Su única competencia era la casa de Monsieur Ramón, un auténtico Chef francés que preparaba comidas para llevar a domicilio. Muchas señoras mandaban a sus esclavos a aprender a cocinar con Monsieur Ramón.

Con la revolución irán cambiando las costumbres y se producirá una lenta pero firme deshispanización que se verá reflejada en las costumbres, la forma de hablar y la vestimenta. Las mujeres mantendrán la mantilla, el peinetón y el abanico pero irán cada vez más a la francesa. Los hombres, en cambio se visten a la inglesa galera y todo.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar