“Los hijos de Buenos Aires ya querían se realizase la separación del mando de Cisneros, y se reasumiese por los americanos. Se hicieron varias reuniones, se hablaba con calor de estos proyectos y se quería atropellar por todo. Yo siempre fui opositor a estas ideas. Toda mi resolución o dictamen era decirles: “Paisanos y señores, aun no es tiempo”, y cuando los veía más enardecidos en persuadirme, volvía a contestarles: “No es tiempo, dejen ustedes que las brevas maduren y entonces las comeremos”. Algunos, demasiado exaltados, llegaron a desconfiar de mí, creyendo era partidario de Cisneros. Creció este rumor entre los demás, mas yo no variaba de opinión.
A la verdad, ¿quién era en aquel tiempo el que no juzgase que Napoleón triunfaría y realizaría sus planes con la España? Esto era lo que yo esperaba muy en breve, la oportunidad o tiempo que creía conveniente para dar el grito de libertad en estas partes. Ésta es la breva que decía era útil esperar que madurase.
Yo me hallaba en ese día en el pueblo de San Isidro: Don Juan José Viamonte me escribió diciendo era preciso regresase a la ciudad sin demora porque había novedades. Así lo ejecuté. Cuando me presenté en su casa, encontré en ella una porción de oficiales y otros paisanos, cuyo saludo fue preguntándome: “¿Aún dirá usted que no es tiempo?”. Les contesté: “Si ustedes no me imponen de alguna nueva ocurrencia, que yo ignore, no podré satisfacer a la pregunta”. Entonces me pusieron en las manos la proclama de aquel día. Luego que la leí, les dije: “Señores, ahora digo que no solo es tiempo, sino que no se debe perder una sola hora”. |