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Piratas en Buenos Aires

Fuente: Levene, Ricardo, Historia de la nación argentina: Colonización y organización de Hispano América. Adelantados y gobernadores del Río de la Plata, Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1939.

Los piratas no llegaron a Buenos Aires durante el tiempo en que vivió la primitiva ciudad fundada por don Pedro de Mendoza. Ignoraban su existencia y luego no tenían el poder y la audacia que alcanzaron más tarde. En 1578 Francisco Drake estuvo en el Río de la Plata unos pocos días, de paso hacia la bahía de San Julián y el estrecho de Magallanes, en su viaje alrededor del mundo. La entrada de los ingleses a la Mar del Sud por el estrecho de Magallanes preocupó grande a la Audiencia de Charcas, la cual se dirigió muy alarmada al rey de España, el 31 de enero de 1581, para hacerle saber que las prédicas de los luteranos en las costas de Chile y del Perú podían crear en los indios ideas de «libertad» y rebelión.

El rey de España comprendió claramente el peligro que significaba para la paz del Nuevo Mundo un paso abierto entre los dos mares del Sud y del Norte, y organizó una armada de veintidós navíos que puso a las órdenes de Diego Flores Valdés a fin de que se dirigiese al estrecho de Magallanes y levantase fuertes, en ambas orillas, capaces de impedir el paso de cualquier navío enemigo.

La armada de Flores Valdés comenzó a ser perseguida por la desgracia aun antes de su partida, y las naves y los hombres fueron disminuyendo. Sin embargo, pudo hacerse a la vela y llegó al Brasil en compañía de la armada de don Alonso de Sotomayor, nombrado gobernador de Chile, que se dirigía a hacerse cargo de su puesto por la vía del estrecho de Magallanes. En Río de Janeiro, Flores Valdés se encontró con una fragatilla en la cual venían embarcados veintidós frailes franciscanos con el custodio del Río de la Plata, fray Juan de Rivadeneira, y unos pocos tripulantes. El P. Rivadeneira había partido de España el 22 de mayo de 1582 en un navío de Alonso de Vera, sobrino de Juan de Torres de Vera. Diez leguas antes de llegar al puerto del Espíritu Santo la nave de Alonso de Vera había encallado y el P. Rivadeneira había tenido que comprar una fragatilla para poder seguir el viaje al Río de la Plata con parte de sus frailes v otras personas.

Las naves de Flores Valdés y don Alonso de Sotomayor llegaban a dieciséis; pero en Río de Janeiro, Flores Valdés vióse obligado a abandonar la nave Santa María, que amenazaba deshacerse, y unos días más tarde, en medio de un temporal, perdió otra nave.

El 5 de diciembre de 1582 Flores Valdés acordó con don Alonso de Sotomayor, Pedro Sarmiento de Gamboa, el almirante, los oficiales reales, capitanes y pilotos, detenerse en el Río de la Plata, pues se hallaban cada vez en peores condiciones para ir a poblar en el estrecho de Magallanes y llegar a Chile siguiendo esa ruta.

El viernes, 14 de diciembre, las naves de Flores Valdés toparon con la fragatilla del P. Rivadeneira el cual le contó que después de haberse separado en Río de Janeiro, al salir una mañana de la isla de Santa Catalina, lo había perseguido un patache lleno de ingleses que lo habían hecho prisionero.

La nave inglesa de donde había partido el patache pertenecía a Eduardo Fenton, corsario que se había lanzado a recorrer mares, desde Inglaterra, en mayo de 1582 con otras dos naves que lo esperaban en el puerto de don Rodrigo. Los ingleses habían llegado a la isla de Santa Catalina el 19 de diciembre como si hubiesen ido a esperar expresamente a los pobres frailes.

Los pintorescos episodios que le ocurrieron al P. Rivadeneira en la nave de Eduardo Fenton no son para ser relatados en estas páginas de síntesis. Diremos únicamente que el 7 de diciembre el P. Rivadeneira fue invitado a almorzar con Eduardo Fenton y que ambos abundaron en recíprocas cortesías.

Sin embargo, la buena amistad no impidió que Fenton le requisara al P. Rivadeneira todos los objetos que le parecieron convenientes, desde tres campanas, sierras y hachas, ollas y barriles de conservas, hasta hermosas plantas y una <gala parida con sus hijos. En cambio tuvo la generosidad de permitir a los frailes que a los dos días de dejarlos en aquel lugar siguiesen su camino rumbo al Río de la Plata. Los franciscanos cumplieron exactamente este compromiso y los corsarios se fueron hacia el norte con los dos prácticos que llevaban los frailes: un Juan Pérez y un Juan Pinto. Este último llegó a Inglaterra y de allí pudo pasar a España donde escribió sus aventuras.
Flores Valdés escuchó con atención el relato del P. Rivadeneira y se encaminó con él al puerto de Santa Catalina; pero dos horas antes del amanecer, la nao Santa Marta capitaneada por Gonzalo Méndez, encalló y se hundió. Este naufragio ocurrió el 16 de diciembre y dos días después, ya en el puerto de Santa Catalina, la nao San Nicolás se echó al través y se perdió. Debemos advertir que la nao San Nicolás y la abandonada en Río de Janeiro formaban parte de la armada de don Alonso de Sotomayor la cual quedó reducida a sólo tres naves.

El lunes 7 de enero de 1583, todas las naves salieron nuevamente del puerto de Santa Catalina; pero una de ellas se hundió a pesar de los esfuerzos que el factor Andrés de Eguino, residente en esa localidad, hizo para salvarla.

Flores Valdés, cada día con menos entusiasmos para dirigirse al estrecho de Magallanes. Dejó encomendadas a Andrés de Eguino tres de sus naves: la San Juan Bautista, la Concepción y la Santa María de Begoña, muy maltratadas por los temporales,'con la orden de que si no volvía en el mes de mayo se fuese con ellas a España.

Don Alfonso de Sotomayor resolvió detenerse en Buenos Aires para llegar a Chile por tierra en vez de hacer el viaje cruzando el estrecho de Magallanes.

Pasarnos por alto otros detalles de estos sucesos, como el naufragio de la fragatilla del P. Rivadeneira, en que los frailes perdieron hasta los breviarios, y pasamos a referir, por separado, el encuentro que Andrés de Eguino tuvo con Eduardo Fenton y las peripecias de Flores Valdés, don Alonso de Sotomayor y Pedro Sarmiento de Gamboa.

Andrés de Eguino salió del puerto de Santa Catalina el viernes 18 de enero de 1583 Y el 24 del mismo mes llegó a Santos. Aquí se hallaban dos de las naves de Fenton, pues la tercera, mandada por Juan Drake, sobrino del célebre Francisco, se había hundido en el Río de la Plata, al pretender los ingleses llegar hasta Buenos Aires. Las dos naves de Fenton y las tres de Flores Valdés mandadas por Andrés de Eguino se trabaron en pelea y estuvieron cañoneándose hasta el domingo <después de vísperas>. Los ingleses hundieron la Santa María de Begoña pero los españoles salvaron a su gente y mataron una gran cantidad de enemigos.

Después de estos hechos el gobernador de San Vicente, Jerónimo Leiton, y los oficiales reales trataron de que Andrés de Eguino, por medio del ingeniero italiano Juan Bautista Antoneli, edificara un fuerte para defenderse de otros probables ataques de corsarios; mas por falta de dinero la fortaleza nunca pudo levantarse.

Cuando Flores Valdés y don Alonso de Sotomayor llegaron con el P. Riva­dencia al Río de la Plata advirtieron que la galeaza hacía fondo, por lo cual Flores Valdés huyó hacia el norte con cinco naves. A la mañana siguiente don Alonso de Sotomayor salió en persecución de Flores Valdés y logró alcanzarlo aquella misma tarde. Una vez juntas las naves resolvieron llegar a Buenos Aires. La nao Trinidad navegó casi deshecha y la Corzase hundió del todo. Esta arribada tuvo efecto a fines de enero de 1583.
Don Alonso de Sotomayor se fue a Chile por tierra, en compañía de Juan de Garay, al cual mataron los indios en las proximidades del fuerte Caboto mientras guiaba parte de sus hombres en las orillas del Paraná.
El P. Rivadeneira pasó a su convento de Tucumán y escribió la historia de sus andanzas.

Pedro Sarmiento de Gamboa terminó por llegar al estrecho de Magallanes y fundar los fuertes de Nombre Jesús y Real Felipe. En torno a ellos los españoles formaron dos bellos poblados que llenaron de admiración al corsario Tomás Candish cuando los visitó en 1587: de admiración por su aspecto encantador, y de horror por la muerte que encontró en ellos. Sus habitantes habían muerto casi todos de hambre y de peste, se hallaban tirados en las puertas' de sus casas y en medio de las calles. Unos pocos sobrevivientes se habían ido por la costa, como locos, en busca de una salvación imposible que fue pronto su tumba. Un marinero llamado Tomé Hernández acompañó a Candish y huyó luego de su nave en las costas de Chile. Por él la historia pudo saber las tragedias increíbles que ocurrieron en las ciudades fundadas por Pedro Sarmiento de Gamboa con el fin de impedir a los corsarios y piratas ingleses que pasasen-desde el océano Atlántico al océano Pacífico.

Sarmiento de Gamboa, que había dejado momentáneamente sus ciudades para ir a España en busca de refuerzos y alimentos, cayó en manos de otros corsarios, fue llevado a Inglaterra, no pudo volver nunca más al estrecho de Magallanes e hizo de su vida una extraña novela de aventuras.

En cuanto al sobrino de Francisco Drake, llamado Juan, quedó perdido en el Río de la Plata. Los dieciséis hombres que tripulaban el Francis, así como el maestre Richard Farewether y el propio Juan Drake se salvaron en la costa uruguaya donde pronto cayeron en poder de los indios charrúas. Al cabo de trece meses de cautiverio Juan Drake, el maestre Richard y otro inglés, Juan Daclós huyeron en una canoa en dirección a Buenos Aires. Tras de grandes peligros llegaron a esta ciudad en marzo de 1584, Como es de suponer, las autoridades españolas los tomaron presos y a los pocos días los remitieron a Santa Fe, donde Juan Drake declaró ante escribano la historia de sus aventuras en compañía de su tío Francisco, el 24 de marzo. Los pormenores de la vuelta al mundo que a él le había tocado realizar siguiendo al gran Francis Drake tienen un muy grande interés para el estudio de la biografía de este personaje y ya los hemos consignado en una de nuestras publicaciones.

Al cabo de un tiempo los tres ingleses continuaron viaje a la Asunción donde el teniente general Juan de Torres Naverrete los mantuvo presos sin que nadie pudiese hablar con ellos. Desde Asunción pasaron a Lima, reclamados por el tribunal de la inquisición. En el Perú, Juan Drake pasó unos años recluido en un convento y luego tuvo otras aventuras, numerosas y curiosas.

Todos los hechos que hemos referido sembraron una gran alarma en la colonia. El gobernador de Tucumán, don Hernando de Lerma, transmitió las nuevas a la Audiencia de Lima y ésta las despachó inmediatamente al virrey de Nueva España, al presidente de la Audiencia de Guatemala, al de la Audiencia de Panamá y al gobernador de Nicaragua. También llegaron a España y el Consejo de Indias consideró la posibilidad de oponerse a los ataques de los corsarios y piratas; pero los buenos proyectos de los españoles no pasaban de tales y los puertos de América debían preocuparse por sí solos de defenderse contra los ataques enemigos.

Es lo que ocurrió en Buenos Aires. La llegada de Juan Drake hizo comprender a los vecinos que sin un fuerte que defendiese la población todos ellos corrían muy gran peligro. El 12 de octubre de 1585, el tesorero Hernando de Montalvo escribió al rey pidiéndole que hiciese levantar un fuerte de piedra, ladrillo y cal, capaz de resistir la artillería, porque las tapias de tierra sólo eran para los indios; pero el fuerte no fue realidad hasta que llegó a Buenos Aires el gobernador Hernando de Zárate.
Entretanto, el obispo de Tucumán, fray Francisco de Vitoria -que sólo tenía el defecto de ser un activo comerciante- despachó desde Buenos Aires, el 20 de octubre de 1585, una fragata con unas trece personas que llevaban más de ciento veinte mil ducados del obispo y otros dineros de particulares destinados para adquirir mercaderías. Sin embargo, el viaje se hacía con la excusa de traer algunos jesuitas que se hallaban en la ciudad de Bahía.

Los comisionados del obispo dejaron la fragata en San Vicente y compraron un navío nuevo con el cual siguieron a Bahía. En esta población embarcaron el P. Leonardo de Armiño y otros seis jesuitas. Las compras fueron tan convenientes y abundantes que los emisarios del obispo tuvieron que hacer otro navío de cuarenta toneladas. El regreso al Río de la Plata fue un viaje triunfal, pues en cada puerto del Brasil en que tocaban recibían numerosos agasajos y obsequios. En esta forma, cargados de dinero y de ricas mercaderías, llegaron al Río de la Plata; pero quiso la mala suerte que el 20 de enero de 1586 toparan con tres navíos ingleses que inmediatamente los apresaron adueñándose de lo que llevaban. A fin de que los españoles y los jesuitas no pudiesen avisar enseguida a las autoridades de Buenos Aires, los ingleses se fueron con los dos navíos, camino del estrecho de Magallanes, hasta los 43' de latitud sud, donde los dejaron en libertad, después de haber profanado los objetos sagrados, con «sólo un poco de lastre y una poca de harina y cinco pipas de agua para ciento veinte personas».
Los náufragos llegaron casi desnudos a Buenos Aires, llorando sus desgracias.

El gobernador del Tucumán, don Juan Ramírez de Velazco, hizo saber la mala nueva al virrey del Perú y al mismo rey de España. El obispo fray Francisco de Vitoria también dio cuenta al virrey del robo que los ingleses habían hecho en sus dos naves. La audiencia de Charcas no dejó de enterarse de estos sucesos y el gobernador de Buenos Aires, Rodrigo Ortiz de Zárate, confesó que si los ingleses hubiesen caído sobre la ciudad él no disponía, para hacerles frente, más que de cuarenta hombres mal armados; pero de mucho “ánimo y voluntad”. Esta alarma sirvió para que las autoridades del Brasil convinieran con las españolas en avisarse mutuamente cualquier noticia que tuviesen de corsarios Apenas apareciese un navío enemigo en el Brasil la noticia seria transmitida lo más pronto posible a Buenos Aires. El gobernador de esta ciudad la haría llegar a Córdoba y a Tucumán y desde aquí pasaría a la Audiencia de Charcas, al virrey del Perú y a los puertos de Chile. De este modo cuando los corsarios llegasen a las costas del pacífico sus pobladores ya estarían avisados y en condiciones de retener los barcos y combatir a los corsarios.

La libertad de comercio
En esta ciudad, el temor a los piratas era la obsesión más grande. También en España si se hablaba de Buenos Aires era sólo para recordar el peligro en que se hallaba de caer en manos de los corsarios. El gobernador don Diego Valdez y de la Banda hacía saber que el fuerte fundado por don Hernando de Zárate estaba reducido a un corsario de tapias en el cual se hallaban hundidas algunas piezas de artillería. El 12 de diciembre de 1601 el rey de España hizo hacer un estudio por el relator Antonio Fernández de Castro de todos los memoriales en que se solicitaba alguna ayuda para poner a la ciudad de Buenos Aires en condiciones de resistir los ataques enemigos. En estos memoriales se pedía refuerzos de hombres, de caballos, de municiones y de armas; pero la ayuda mayor, aquella sin la cual todo terminaría por resultar inútil y venía a ser la única y verdadera defensa contra los piratas y corsario, era la libertad de comercio. Con libertad de comercio Buenos Aires se engrandecería, a ella acudirían comerciantes y compradores, sus vecinos tendrían interés en reforzar el fuerte y llenarse de armas para defender sus caudales, el puerto estaría poblado de barcos que impondrían temor a los corsarios y Buenos Aires se convertiría pronto en la ciudad más importante de las Indias. En cuanto al temor de que el comercio libre de Buenos Aires perjudicase al del Perú y al de México resultaba infundado, pues las grandes distancias y otras razones impedían que desde nuestro puerto se compitiese con aquellas regiones tan alejadas.
Hernandarias y la fortificación de Buenos Aires
No obstante estos buenos razonamientos, el comercio libre fue negado a Buenos Aires y Hernandarias tuvo que reparar el fuerte lo mejor que pudo. Lo reedificó completamente, construyó en él habitaciones particulares para vivir con su familia y lo dotó de un espléndido mirador desde el cual se divisaba una hermosa vista sobre el río. Hernando de Vargas, enemigo personal de Hernandarias, criticó acerbamente estas modificaciones del fuerte y, sobre todo, la costumbre, que luego heredarían los demás gobernadores, de vivir en el fuerte.

Estas críticas las hizo Vargas en una carta del 21 de junio de 1604; pero Hernandarias no se dio por enterado de ellas y el 27 de junio de 1605 nombró alcalde de la fortaleza a don Sancho de Nebrija y Solís, capitán y sargento mayor. También dio comienzo a la construcción de un fortezuelo o torreón en la entrada del Riachuelo, que era el puerto de Buenos Aires. Esta idea de construir una defensa en la boca del Riachuelo ya la había expuesto el gobernador don Diego Rodríguez Valdez y de la Banda en una carta del 20 de mayo de 1599; pero no se llevó a cabo hasta que Hernandarias la inició poco antes del 5 de mayo de 1607.

Desde esta fecha Buenos Aires contó con su clásico fuerte desesperación que como un castigo heredaban todos los gobernadores y con un reducto en la boca del Riachuelo: defensas bien intencionadas, pero casi inútiles en la práctica, que ni siquiera tuvieron oportunidad de infundir un poco de temor a los piratas. Si éstos no desembarcaron nunca en la ciudad, su alejamiento no se debe a eso, fortezuelos, sino a la terrible defensa de los bancos de arena submarinos que hacían imposible la entrada del puerto a los navíos que no conocían los canales subfluviales. Prueba de ello la tenemos en el hecho de que la sola vez que unos corsarios dispusieron de un práctico que no ignoraba esos canales avanzaron en el puerto, hasta el fondeadero llamado el Pozo, y huyeron llevándose un navío que allí estaba anclado.

Los corsarios en el puerto de Buenos Aires
Este acontecimiento tuvo efecto el domingo 18 de marzo de 1607. A las doce de la noche Buenos Aires fue despertado por los gritos de unos marineros que habían llegado nadando desde un navío y aseguraban haber sido asaltados por corsarios ingleses y franceses. La ciudad se puso en armas; pero los corsarios no aparecieron. A la mañana siguiente Hernandarias levantó una información de testigos y por ella se supo que unos trece o catorce franceses, ingleses y holandesa habían llegado ocultamente hasta una carabela anclada en el puerto, la habían saqueado y habían huido enseguida con otro navío más pequeño que se hallaba allí cerca. El robo no podía ser más audaz y a los pocos días Hernandarias reunió a las autoridades de la ciudad para pedirles su parecer acerca del mejor modo de defender la ciudad. Las opiniones fueron muchas, mas lo que se llevó a la práctica no pasó de simples proyectos. En general las personas consultadas estuvieron de acuerdo en expresar que era necesario pedir al rey un mayor número de soldados de guarnición en el fuerte, más caballos, armas y municiones. Hablaron de rondas y de vigías, de navíos que custodiasen las costas y de nuevos terraplenes; pero lo que se consideró absolutamente indispensable fue un permiso amplio para comerciar con España, con el Brasil y con África. Los mercaderes traerían armas y provisiones en abundancia, importarían esclavos que trabajarían en el fuerte y ayudarían a defender la ciudad, llenarían el puerto de naves y la población progresaría con rapidez. Las prohibiciones que pesaban sobre Buenos Aires hacían que los vecinos se fuesen a buscar la vida en otras ciudades. En cambio, permitiendo que se estableciesen labradores y comerciantes y los vecinos pudiesen exportar sus frutos, la ciudad no se despoblaría, se haría cada vez más fuerte y los corsarios tendrían menos probabilidades de poder adueñarse de ella con gran perjuicio para toda esta parte de América.

Al mes siguiente, los pobladores de Buenos Aires tuvieron otra sorpresa: la llegada de una balsa con unos cuantos portugueses y dieciocho negros que habían pertenecido a un navío que se dirigía al Brasil y había sido asaltado por los corsarios. Hernandarias tomó extensas declaraciones a los portugueses, los cuales contaron que habían pertenecido a un navío llamado San Andrés que con negros de Angola se dirigía a Río de Janeiro y a San Vicente. Al salir de este puerto habían sido capturados por una nave de corsarios que los había llevado al Río de la Plata para asaltar barcos españoles. Al cabo de unos días, cansados de esperar presas que no llegaban, los corsarios se habían ido a la isla de San Gabriel, donde se hundió la nave San Andrés, y luego a la isla del Maldonado. En este lugar, un escocés llamado David había pedido autorización al capitán de los corsarios para ir con una lancha a robar a algún navío anclado en el puerto de Buenos Aires. El tal David conocía los canales submarinos por haber entrado en Buenos Aires junto con los soldados españoles de una expedición que se dirigía a Chile. Por tanto, le fue fácil llegar al puerto, desvalijar un navío y llevarse Otro conforme hemos referido en páginas anteriores. Después de este éxito, los corsarios propusieron a los portugueses dejarlos con los negros en la isla de San Gabriel. El dueño del navío hundido San Andrés prefirió irse con los corsarios; pero unos pocos portugueses resolvieron quedarse con dieciocho negros. Una vez solos hicieron un bajel y a duras penas se fueron a Buenos Aires. Hernandarias, para cerciorarse de la verdad de estas declaraciones, envió al capitán Diego Felipe de Morales con un navío y veintiocho hombres a la isla de Maldonado, a ver si quedaban rastros de la permanencia de los corsarios. Morales halló los ranchos en que habían morado los negros y un letrero con el nombre del navío San Andrés.

Los últimos temores a los piratas
Los corsarios eran una amenaza constante para Buenos Aires. El extraño personaje llamado Bernardo Pecador escribió al rey, el 6 de junio de 1607, exponiéndole la necesidad que Buenos Aires tenía de otros cien hombres de armas y de que la gobernación del Río de la Plata y del Paraguay se dividiese en dos.

En los años siguientes sólo hubo rumores de que podrían llegar piratas y corsarios a Buenos Aires. Desde Córdoba se supo que en Chile había habido nuevas de corsarios, y en 1620 el gobernador don Diego de Góngora escribió al rey de España diciéndole que estaba preparado para recibir los ataques de los corsarios holandeses que andaban por las costas del Brasil. Al mismo tiempo le recordaba la escasez de armas y de hombres que sufría la ciudad y le pedía el envío de algunos refuerzos. El ataque tan temido no se produjo; pero en el año 1628 una nave holandesa anduvo sondeando el Río de la Plata y dejó en la costa próxima a la ciudad unos impresos llenos de herejías que enseguida fueron enviados a los inquisidores del Perú.

En 1629 el virrey del Perú anunció al gobernador del Río de la Plata; don Francisco de Céspedes, la próxima llegada de cuarenta navíos holandeses construidos a propósito para subir por los ríos. Céspedes pidió refuerzos a los gobernadores del Tucumán y del Paraguay, mandó a buscar pólvora y municiones a Pernambuco y adiestró a los negros en el manejo de los caballos; pero las naves holandesas nunca se hicieron ver. En 1631 se difundió la noticia que desde Francia habían salido once navíos para «infestar» los puertos americanos: noticia que no pasó de una simple fantasía. En cambio produjo una gran alarma la llegada, en 1658, de Monsieur Daniel, con tres navíos, que por fortuna, al igual que todos sus antecesores, no pudo hacer ningún daño a la ciudad.

Bibliografía
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Fuente: www.elhistoriador.com.ar
 

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