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Rivadavia y la primera renuncia de un presidente

Bernardino Rivadavia fue el primer presidente del territorio independizado del Río de la Plata. Su actividad en el gobierno patrio comenzó pronto, aunque había merecido en las divisiones internas el mote de “españolista”. Luego de cumplir variadas misiones para los gobiernos patriotas, se convirtió en el hombre fuerte del país cuando asumió como primer ministro del gobierno bonaerense de Martín Rodríguez en 1820. Allí y durante los años de la constituyente de 1824, tejió para conseguir un anhelado deseo.

El 8 de febrero de 1826 asumió la jefatura del Estado en su intento de unificación nacional y no tardó en tomar importantes decisiones, todas en línea de las reformas iniciadas en la provincia bonaerense a comienzos de la década, que siguieron el lema de “paz, organización y progreso”.

Si en aquellos primeros años se destacó la reforma eclesiástica, la expansión de fronteras y la ley de enfiteusis, que intentó promover la colonización, también lo hizo el usurario contrato de deuda pública con la banca británica Baring. Ya como presidente, profundizó el modelo proyectado años antes y encendió la mecha de la discordia al capitalizar la ciudad de Buenos Aires, arrebatando las rentas del puerto a la clase dominante de la provincia bonaerense, los Terrero, los Rosas y los Anchorena.

La guerra con el Imperio de Brasil, comenzada a fines de 1825, fue el peor trasfondo que podía exigir esta “feliz experiencia”. En pelea con varios dirigentes provinciales, la misión enviada por Rivadavia a firmar la tregua con el Brasil tuvo resultados calamitosos. La paz buscaba hacerse a como diera lugar y las condiciones aceptadas fueron rechazadas con vehemencia en las provincias. Rivadavia reprobó el convenio celebrado y el 27 de junio de 1827 presentó su renuncia. Una tregua entre unitarios y federales se dio durante el interinato de Vicente López. Poco duraría y la disolución final de la presidencia marcaría el comienzo de nuevas guerras civiles.

Lo recordamos con las palabras que dirigiera a la Legislatura al dimitir a su cargo de presidente de las Provincias Unidas, que él mismo había inaugurado tiempo antes.

Fuente: Carlos Correa Luna, Historia de la sociedad de beneficencia. Obra escrita por encargo de la sociedad en celebración de su primer centenario, tomo I, 1823-1852, Buenos Aires, 1923, pág. 209-210.

Cuando fui llamado a la primera Magistratura de la República por el voto libre de sus representantes, me resigné desde luego a un sacrificio que a la verdad no podía menos que ser muy costoso al que conocía demasiado los obstáculos que, en momentos tan difíciles, quitaban al mando toda ilusión y obligaban a huir de la dirección de los negocios. Entré con decisión en la nueva carrera que me marcó el voto público, y si no me ha sido dado superar las dificultades inmensas que se me han presentado a cada paso, me acompaña al menos la satisfacción de que he procurado llenar mi deber con dignidad; que cercado sin cesar de obstáculos y de contradicciones de todo género, he dado a la patria días de gloria que sabrá recordar con orgullo, y que he sostenido sobre todo hasta el último punto, la honra y dignidad de la Nación. Mi celo, Señores, por consagrarme sin reserva, a su servicio, es hoy el mismo que en los momentos en que fui encargado de presidirla. Pero, por desgracia, dificultades de nuevo orden, que no fue dado prever, han venido a convencerme de que mis servicios no pueden en lo sucesivo serle de utilidad alguna; cualquier sacrificio de mi parte sería hoy sin fruto. En este convencimiento, yo debo, Señores, resignar el mando, como lo hago desde luego, devolviéndolo al Cuerpo Nacional, de quien tuve la honra de recibirlo. Sensible es no poder satisfacer al mundo los motivos irresistibles que justifican esta decidida resolución, pero me tranquiliza la seguridad de que ellos son bien conocidos de la Representación Nacional. Quizás hoy no se hará justicia a la nobleza y sinceridad de mis sentimientos, mas yo cuento con que al menos me la hará algún día la posteridad, me la hará la historia. Al bajar del elevado puesto en que me colocó el sufragio de los Señores Representantes, yo debo tributarles mi más profundo reconocimiento, no tanto por la alta confianza con que tuvieron a bien honrarme, cuanto por le constante y patriótico celo, con que han querido sostener mis débiles esfuerzos, para conservar hasta hoy ileso el honor y la gloria de nuestra República. Después de esto, yo me atrevo a recomendarles la brevedad en el nombramiento de la persona a quien debo entregar una autoridad que no puede continuar por más tiempo depositada en mis manos. Así lo exige imperiosamente el estado de nuestros negocios, y este será para mí un nuevo motivo de gratitud a los dichos Representantes, a quienes tengo el honor de ofrecer los sentimientos de mi más alta consideración y respeto. Bernardino Rivadavia.”

Bernardino Rivadavia

Fuente: www.elhistoriador.com.ar
 

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