“Muy pronto obtendremos la victoria en el país entero (...) Ya no se requiere mucho tiempo ni gran esfuerzo para conquistar esta victoria, pero sí para consolidarla. (...) Con la victoria, pueden surgir dentro del Partido ciertos estados de ánimo: la arrogancia, la presunción de ser hombre meritorio, la inercia y la falta de deseo de progresar, la afición a los placeres y la aversión a continuar una vida dura. Con la victoria, el pueblo nos estará agradecido y la burguesía se presentará a adularnos. Ya se ha probado que el enemigo no nos puede vencer por la fuerza de las armas. Sin embargo, la adulación de la burguesía puede vencer a los débiles de carácter que haya en nuestras filas. Puede que existan entre los comunistas algunos que el enemigo no ha podido vencer con fusiles y que ante él se han hecho merecedores del título de héroes, pero que, incapaces de resistir a los proyectiles almibarados, caerán derrotados bajo el fuego de estos proyectiles. Debemos estar prevenidos contra eso. Triunfar en todo el país es sólo el primer paso de una larga marcha de diez mil li [5.760 km, valor de dinastía Qin]. Este paso, aunque sea digno de nuestro orgullo, resulta relativamente minúsculo; lo que aún está por venir será mucho más digno de nuestro orgullo. La victoria de la revolución democrática popular de China, mirada retrospectivamente después de varios decenios, parecerá sólo el breve prólogo de un largo drama. Un drama comienza por el prólogo, pero el prólogo no es la culminación. La revolución china es grandiosa, pero después de la revolución, el camino será aún más largo y nuestra tarea, aún más grandiosa y más ardua. Es éste un punto que hay que dilucidar desde ya en el Partido, para que los camaradas sigan siendo modestos, prudentes y libres de arrogancia y de precipitación en su estilo de trabajo y para que perseveren en su estilo de vida sencilla y lucha dura.” |