Y en efecto, apenas tuvo noticia oficial de lo que ocurría en Europa, se puso en marcha sobre la Colonia del Sacramento, estableció el sitio y abrió la brecha para asaltarla. Considerándose perdidos, los portugueses capitularon y entregaron la plaza á los españoles el 3 de noviembre de 1762. De no haber obrado Cevallos con tanta presteza y resolución, se hubiera visto en la imposibilidad de rendir la plaza. Una escuadra combinada de once buques y tropas de desembarco, al mando del comodoro M. de Mac-Denara, marino de alto crédito entonces, se presentó en el Río amenazando diversos puntos de la costa. Pero, la pérdida de la Colonia era para ellos una fatalidad que hacía fallar por su base el plan que traían, y resolvieron recuperarla por la fuerza. Amedrentado el comandante Sarria, jefe de los buques españoles que defendían el puerto, abandonó á Cevallos de una manera vergonzosa, y dejó reducida la defensa á las tropas de tierra. El ataque se emprendió y se sostuvo de una y otra parte con un fuego vivísimo y pertinaz. De repente una bala roja dirigida desde tierra penetró en el navío del comodoro inglés, que montaba 64 cañones con 500 hombres de tripulación, y voló á la vista de todos. Mac-Denara cayó vivo al agua, pero resistió á entregarse, y como no pudo nadar hasta otro de sus buques, prefirió la muerte á la derrota. Después de este contraste y de las pérdidas sufridas, la escuadra combinada tuvo que desistir de su empresa, dejando en manos del vencedor muchos trofeos, despojos, y un considerable número de prisioneros, que, unidos á los de la Colonia fueron internados á la provincia de Cuyo (Mendoza), donde, según se dice, introdujeron el cultivo de la viña. Sarria, entre tanto, contando cobardemente con un desastre seguro, había barrenado y echado á pique la fragata Victoria que mandaba y se había refugiado en la ensenada, donde no creyéndose seguro todavía se fortificó en tierra sin que nadie lo amenazase. Allí pasó por la vergüenza de que le alcanzase la noticia del esclarecido triunfo de Cevallos, mientras él alcanzaba la infamia de que se repitiese su nombre, desde ahora más de un siglo, como baldón de cobardes. Este triunfo no era lo bastante para Cevallos; guerrero de alma y de corazón inspirado, trató de sacar a campaña su ejército, y de proseguir sus victorias. Dejó bien defendida la plaza, y se puso en marcha sobre Río Grande para acabar, de una vez por todas, con este semillero de rencillas y de perturbaciones que los establecimientos portugueses mantenían vivo siempre en el Río de la Plata. Rindió el fuerte de Santa Teresa; destruyó los demás establecimientos que el enemigo había levantado en el río Chuy; tomó el fortín y presidio de San Miguel, y el 2 de abril uno de sus tenientes se apoderó de San Pedro de Río Grande. |