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Invasiones Inglesas

El 27 de junio de 1806 los ingleses, bajo las órdenes del general Guillermo Carr Beresford, que habían desembarcado en las playas de Quilmes poco antes, marcharon sobre la ciudad de Buenos Aires y tomaron la plaza casi sin encontrar resistencia, ya que el virrey Rafael de Sobremonte había huido hacia Córdoba. Reproducimos a continuación un fragmento del libro Páginas argentinas ilustradas, donde José Manuel Eizaguirre relata el desembarco de los ingleses y la reconquista de Buenos Aires, a cargo de Santiago Liniers.

Fuente: Eizaguirre, José Manuel, Páginas argentinas ilustradas, Casa Editorial Maucci Hermano, 1907.

Gobernaba el virreinato el Señor Sobremonte, funcionario apegado al formalismo de las altas posiciones administrativas y sin las virtudes esenciales de un patriota. Con esas cualidades, no era garantía para la colonia ni para los pueblos del virreinato, en tiempos en que España sufría el desorden interior y los ultrajes del absolutismo napoleónico, y cuando en los pueblos americanos empezaba a sentirse el movimiento de una idea emancipadora.

Dueña Inglaterra de los mares, por sus escuadras victoriosas en Trafalgar, creyó propicia la hora no sólo para vengar las subordinaciones de Carlos IV a Napoleón, enemigo declarado de la Gran Bretaña, sino también los estímulos directos que la corona española había desarrollado en la emancipación de las colonias inglesas en la América del Norte. La hora era, en realidad, propicia.

En el año 1805, una escuadra inglesa navegó en los mares de nuestro continente y siguió viaje hacia el Cabo de Buena Esperanza, en donde conquistó las colonias holandesas. El virrey Sobremonte tuvo noticia de que esas fuerzas tentarían también la conquista del Río de la Plata; pero cuando conoció las operaciones que hacía en el Sur de África, descuidó ponerse en condiciones de defensa. Fue para él una amarga sorpresa, cuando en los días de junio de 1806, vio en el estuario una escuadra de doce buques ingleses, que no venía a saludar la insignia del vanidoso virrey.

Colocado en el duro y difícil trance, probó que su carácter no estaba a la altura de la situación. Llegó a creer que los invasores no realizarían sus propósitos con las escasas fuerzas que traían, y descuidó aun entonces, armar y disciplinar a los vecinos. Limitóse a organizar algunas partidas para que vigilaran las costas durante las noches. Desde el 17 de junio, día en que fueron vistos los buques ingleses en el estuario, hasta el 27 del mismo mes, en que desembarcaron en las playas de Quilmes y marcharon sobre la ciudad, el virrey dio órdenes y contraórdenes, se movió de un lado para otro lado, paseó las calles con grandes comitivas de ayudantes, y cuando distribuyó armas y municiones, lo hizo en una forma inconveniente y ridícula. Pedro Cerviño, en su diario, da los siguientes datos acerca de esa distribución, hecha el día 25 de junio: “A las dos de la tarde –dice- tocaba de nuevo la generala, y dada la señal de alarma corrieron todos con precipitación al cuartel; allí recibieron de mano del sargento distinguido que hacía de Brigada don Antonio del Nero, una espada, una pistola, una canana y porta-espada, entregándosele suelta una piedra y cuatro cartuchos. Inmediatamente, y sin darles lugar a la colocación del armamento expresado, los hicieron salir a tomar sus caballos en la calle, en donde el ayudante de plaza, don José Gregorio Belgrano, sin permitirles la menor demora, los hizo partir con la mayor precipitación, llevando por esta razón todo el armamento en las manos, hasta el punte de Gálvez, en donde hallaron al capitán general con algún tren volante y varios edecanes, que los hizo hacer alto. Con ese motivo procedieron los soldados a acomodar su armamento, del que ya habían perdido alguna parte de los cartuchos y piedras, faltando en todas las llaves, la zapata para colocar aquellas.”1

Dos esclavos que venían a entrar en la ciudad después de haber presenciado en la playa de Quilmes el desembarco de los ingleses, fueron llevados de una guardia a otra guardia, hasta la presencia del virrey. Después llegaron otros informantes con noticias abultadas e inexactas. Sólo aquellos dos negros, esclavos en la chacra de don Juan Antonio Santa Coloma, vieron bien y narraron sin fantasía. Según la expresión de un privado del virrey “no era cosa de broma”, y fue en virtud de esos datos que se resolvió avanzar con las fuerzas hacia el camino que traían los ingleses. Realizado este propósito y ya frente al enemigo, se revisaron las armas que consistían en “espada y pistola: de éstas, las más estaban sin piedra por el desorden y precipitación con que se les hizo su entrega, y las demás, o todas las que carecían de ese efecto, tenían el que las balas de los cuatro cartuchos por individuo, no venían, de modo alguno, al cañón de la pistola”.

Esta circunstancia, que probaba la absoluta nulidad de los jefes militares y del virrey, no amilanó a la gente dispuesta a la lucha, y antes “no hizo más que estimularla a pedir que se les permitiese la entrada, proponiéndose la derrota enemiga, con sólo la atropellada de los caballos.

El inspector Arce, que mandaba aquella malaventurada división de soldados bisoños y desarmados, se concretó a presenciar la marcha de los invasores, colocado en medio de un cuadro formado por los Blandengues y las milicias “de modo que estaba cubierto por dos filas de hombres así por vanguardia, como por retaguardia, sin el menor recelo de ser herido, pues aunque estaba a caballo, éste era un petizo semiburro”.2

Como resolvió salir de esa equívoca inacción, fue para ordenar algunas operaciones descabelladas que no llevaron perjuicio alguno a las filas invasoras. Un momento después hizo tocar retirada, y ésta se convirtió en una desordenada fuga. A la distancia se logró reunir a la mayor parte de los dispersos, y entonces el inspector Arce increpó a soldados y oficiales, declarándoles que lo “habían dejado solo”, y subiendo el tono de su voz, como si contestara a reproches de su conciencia, exclamó: “¡Si alguien cree que ordené la retirada por cobardía, desafío al más valiente para que salga en el acto a batirse de hombre a hombre conmigo!”

Mientras estas escenas ridículas se desarrollaban en el campo de los defensores, los soldados ingleses seguían tranquilamente su marcha sobre la capital, donde el Virrey ponía en orden sus cosas particulares, para huir hacia Córdoba.

El día 27 de junio, convencido de la ineficiencia de todas sus contradanzas, cuando los invasores pasaban el Riachuelo y entraban en la ciudad, con el pie en el estribo, Sobremonte le mandó todavía una notificación al comandante de la plaza: “Si tiene tropa y armamento, defienda la ciudad; si no tiene, entréguela”.

Y así entraron las tropas inglesas en una ciudad a la que habían abandonado sus autoridades, sin dar a los vecinos más noticia del gravísimo hecho, que los tres cañonazos de alarma disparados en la fortaleza.

El ejército invasor, bajo las órdenes del mayor general William Carr Beresford, formaba un total de mil seiscientos cuarenta y una plaza, diez y seis caballos y ocho cañones de diversos calibres.3

Todas esas fuerzas vinieron en doce buques: navíos Diadem, Reasonable, Diomede; fragatas Narcisus, Leda; bergantín Encounder; transportes Walker, Triton, Methanto, Ocean, Wellington y Justinia.

Las fuerzas mencionadas pasaron al Riachuelo el día 27, sin haber encontrado en su camino de avance, ningún obstáculo, y en la tarde del mismo día entraron en la ciudad en desfile por columnas. Llegaron a la fortaleza y tomaron posesión de ella.

“Fugado el virrey, rendidos los jefes y soldados, resignadas las autoridades, inerme y al parecer conforme la población, pudo el conquistador creer en la realidad de su conquista. Al día siguiente de estar instalado Beresford en la fortaleza, comenzaron a acudir las corporaciones, haciendo cabeza el obispo y su clero; se juramentaron oficiales y empleados, prestaron pleito homenaje y ofrecieron su valioso concurso “moral” los prelados y priores de convento. Pronto volvieron a abastecerse los corrales y mercados, a abrirse las tiendas y pulperías, como que, por circular en manos inglesas, no perdían los pesos y doblones su conocida efigie española. Si no hubo función de comedias en todo julio, lidiáronse toros en el Retiro, jefes oficiales ‘colorados’, formaban relaciones en sus respectivas esferas. Las mismas familias en cuyas casas se hospedaban los oficiales, trataban a éstos con afabilidad… Decididamente, aquello andaba a maravilla y la contagiosa ilusión del comodoro, se trasmitió al general. Como Sancho en la ínsula Barataria, comenzó Beresford a creer en su gobernación, y prodigó las órdenes, decretos y reglamentos, a nombre del soberano británico. Así pasaron algunas semanas sin que los incautos vencedores se dieran cuenta exacta de la situación. Habiendo asaltado la casa y con facilidad suma desalojado a sus dueños, los intrusos se instalaron en ella y armaron francachela, sin sospechar que los propietarios estuvieran juntando a los vecinos y preparándose para volver.”4

El dinero que tomaron los invasores, formaba un total de 1.438.514 pesos. Del dinero entregado a Popham, que mandaba la escuadra inglesa, fue posible recuperar después 130.000.

La sorpresa de las primeras horas cambióse más tarde por indignación. El numeroso vecindario de Buenos Aires se dio cuenta de que el miedo vergonzoso del Virrey lo había arrojado bajo la dominación de un poder extraño.

“Buenos Aires era conquista inglesa: y lo era por el abandono que de su derecho y su honor hicieron los agentes de la corona castellana. En ese día caducó la soberanía de los reyes. El pueblo no podía esperar la reivindicación de su nombre y la emancipación de su persona, sino de su propia energía y su naciente conciencia nacional. Días futuros reservaban un alto galardón a su ánimo viril…”5

Santiago Liniers, por inspiración propia, y ayudado después por los principales vecinos, tomó a su cargo la obra de la reconquista. En la tarea, secretamente cumplida en cuanto abarcaba los preparativos en la misma ciudad conquistada, tomaron participación algunos miembros del Cabildo, los comerciantes y los vecinos.

En esos precisos instantes se formó la conciencia popular. Desaparecido el poder de los virreyes, gobernadores, capitanes, etc., del régimen monárquico, cada individuo al buscar unión con su vecino para desalojar al invasor, ponía en juego su voluntad, inspirándola en un ideal. La victoria en esas condiciones tenía necesariamente que revelar una gran trascendencia política, como la reveló en nuestra historia.

Sobre el “amor a los monarcas” –frases de declamaciones inconscientes- había un orgullo de raza, herido por el invasor, y además estos dos sentimientos, el primero, a pesar de todo, más fuerte que el segundo: el sentimiento católico de la religión tradicional en el virreinato, y el amor al suelo en que se había nacido o se tenía el hogar y la familia.

Acerca de ese sentimiento religioso, hay abundantes informaciones en las crónicas de la época, y una constancia muy interesante en el acta de la cofradía del Rosario en el convento de Santo Domingo, acta labrada el 25 de agosto de 1806, es decir, trece días después de la Reconquista.

Esa acta dice así: “Con motivo de haber sido rendida esta plaza el día veintisiete de junio de mil ochocientos seis, a las armas de su majestad británica, del mando del general Mr. William Carr Beresford, se experimentó decadencia y cierta frialdad en el culto, por la prohibición de que se expusiese el Santísimo Sacramento en las funciones de la cofradía, que tuvo a bien mandar el ilustrísimo señor obispo de esta diócesis. El domingo primero de julio no hubo más que una misa cantada, sin manifiesto y, habiendo concurrido a ella el capitán de navío de la real armada y caballero del Hábito de San Juan, Señor Don Santiago Liniers y Bremont, que ha manifestado siempre su devoción al Santísimo Rosario, se acongojó al ver que la función de aquel día no se hiciera con la solemnidad que se acostumbraba. Entonces conmovido de su celo, pasó de la Iglesia a la celda prioral, y encontrándose en ella con el reverendo padre maestro y prior, fray Gregorio Torres y el mayordomo primero, les aseguró que había hecho voto solemne a nuestra señora del Rosario (ofreciéndola las banderas que tomase a los enemigos), de ir a Montevideo a tratar con el señor gobernador sobre reconquistar esa ciudad, firmemente persuadido de que lo lograría, bajo tan alta protección. Después de muchos trabajos llegó a Montevideo y allanando las dificultades con que se encontró, vino a la colonia del Sacramento, y de allí bajo un temporal, a la punta de San Fernando de Buena Vista, donde hizo su desembarco el día 4 de agosto; el 12 del mismo rindió a discreción a los enemigos, después de resistir el más furioso ataque; y reconocido a los favores que le dispensó María Santísima del Rosario en todas sus acciones y en cumplimiento de su promesa, el día veinticuatro de dicho mes de agosto, obló, con una solemnísima función –salva triple de artillería- concurso de la Real audiencia, cabildo secular e ilustrísimo obispo –las cuatro banderas, dos del regimiento número setenta y uno, y dos de marino que tomó a los ingleses, confesando deberse toda la felicidad de las armas de nuestro amado soberano al singular y visible patrocinio de Nuestra Señora del Rosario o de las Victorias. El reverendo padre maestro y prior pasó al Señor Liniers recibo de dichas cuatro banderas, y al momento nos la entregó para que, como mayordomos, las colocásemos: lo que se ha ejecutado en las cuatro ochavas de la media naranja sobre la cornisa de la Iglesia. Cuya noticia ponemos aquí para que conste. Buenos Aires, a veinticinco de agosto, de mil ochocientos seis. – (Firmado los Mayordomos) Francisco Antonio de Letamendi, Miguel de Escuti.”

Un actor y testigo de los acontecimientos de aquel año afirma que “los ingleses no eran conocidos en estos países, sino como enemigos mortales de la religión que se profesaba, una religión sin la cual nadie esperaba salvarse; todos hablaban del gobierno, de la nación, de las leyes y de las costumbres inglesas, como de unos seres llenos de perversidad y corrupción y de cuyo contacto era necesario huir como se huye del infierno…”.

Existía en Buenos Aires –agrega- como capital del virreinato, la vanguardia de Chile y el Perú, y el mayor contrapeso contra las aspiraciones de Portugal en América, una colección de jefes militares que concentraban el respeto y la veneración de estos pueblos; se contaba la hoja de servicios de cada uno; los unos se habían hallado en la guerra de Flandes, otro en la revolución francesa, otros en la de Portugal sobre las fronteras del Brasil:  todos habían estudiado en los primeros colegios militares de la península: descendían de familias de las cuales habían heredado los honores de esta carrera y habían pasado mucho años sin desenvainar la espada, sin dar una sola voz de mando, sin hojear un solo libro de la ciencia; gozaban por todos estos títulos en Buenos Aires, de la misma reputación que en Francia los grandes mariscales del Imperio; pero llegó la invasión de los ingleses y todo desapareció como el humo. En el concepto general, el que no fue acusado de traición en el día que ocuparon la ciudad los invasores, cargó con las notas del inepto o de cobarde; desde ese día el respeto se convirtió en odiosidad, y el temor en un coraje tribunicio.6

Liniers, contando ya con la voluntad decidida del vecindario, se trasladó a Montevideo, donde Ruiz Huidobro había empezado a preparar fuerzas para la defensa de aquella ciudad y para la reconquista de Buenos Aires. El patriota Pueyrredón lo acompañaba. En los primeros días de agosto con una fuerza regular pasaron a la Colonia, y después, trasportados en algunos pequeños buques, desembarcaron en San Fernando.

El día 10 de agosto, la expedición libertadora estableció su campamento en los mataderos de Miserere (actualmente plaza  11 de septiembre). Liniers había logrado llegar a la ciudad sin librar ninguna batalla, y los ingleses que pudieron tentarla con probabilidad de victoria por la disciplina de sus soldados veteranos, imprudentemente se encerraron en la ciudad, donde corrían el mayor peligro.

El señor Liniers intimó rendición al general inglés, en una pieza, concebida así: “Excmo. Señor: La suerte de las armas es variable; hace poco más de un mes que V.E. entró en esta capital, arrojándose con un cortísimo número de tropas a atacar una inmensa población, a quien, seguramente, faltó más la dirección que el valor para oponerse a su intento pero en el día, penetrado del más alto entusiasmo por sacudir una dominación que le es odiosa, se halla pronta a demostrarle que el valor que han mostrado los habitantes del Ferrol, de Canarias y de Puerto Rico, no es extraño a los de Buenos Aires. Vengo a la cabeza de tropas regladas muy superiores a las del mando de V.E., y que no le ceden en generosidad y disciplina. Mis fuerzas de mar van a dominar las balizas, y no le dejarán recursos para emprender una retirada. La justa estimación debida al valor de V.E., la generosidad de la nación española, y el horror que inspira a la humanidad la destrucción de hombres, meros instrumentos de los que con justicia o sin ella emprenden la guerra, me estimulan a dirigir a V.E. este aviso, para que, impuesto del peligro sin recurso en que se encuentra, me exprese en el preciso término de quince minutos si se halla dispuesto al partido desesperado de librar sus tropas a una total destrucción, o al de entregarse a un enemigo poderoso.

”Nuestro Señor guarde a V.E. muchos años. Ejército español, en las inmediaciones de Buenos Aires, 1º de agosto de 1806. – Santiago Liniers.”

El general Beresford contestó la intimación en estos términos, de justa sobriedad: “He recibido su oficio y convengo en que la fortuna de las armas es variable. No tengo duda en que Ud. tiene la superioridad respecto del número, y que la comparación de la disciplina es inútil: tampoco he consentido jamás haber entrado en este pueblo sin oposición, pues para ejecutarlo me ha sido preciso batir al enemigo dos veces; y al mismo tiempo que he deseado siempre el buen nombre de mi patria, he tratado también de conservar la estimación y el buen concepto de las tropas que se hallan bajo mis órdenes. En esta inteligencia le digo que me defenderé hasta el caso que me indique la prudencia, para evitar las calamidades que puedan recaer sobre este pueblo, que nadie lo sentirá más que yo, de las cuales estarán bien libres si todos los habitantes proceden conforme a la buena fe.

”Besa la mano de Ud. –Guillermo Carr Beresford, mayor general inglés”.

Al día siguiente entraron en la ciudad las tropas de Liniers, y el 12 de agosto, día “con espesa neblina”, empezó la batalla en las calles. Los ingleses fueron desalojados del Retiro y de todos los puntos intermedios. Se defendían heroicamente; pero en lucha desigual, tenían como adversarios, a las tropas de Liniers y a todos los habitantes de Buenos Aires, sin distinción de edades y sexos. A la una del día, los ingleses se encerraron en la Fortaleza, y a las dos se rindieron. Habrían sido temeridad inútil y estéril, prolongar la resistencia.

En el primer parte que envió al príncipe de la Paz, generalísimo de los reales ejércitos de España, el jefe militar de la reconquista don Santiago Liniers, narra en estos términos el ataque: “…Considerando que si los enemigos se refugiaban en el Fuerte tendría que batirlos en brecha, había hecho desembarcar dos cañones de a 18, de la goleta Dolores, por ser barco de mucho calado que dificultosamente podría servir en Balizas en el caso de ataque de mar: estos me llegaron el día 11 en el campo del Retiro, y habiendo encontrado en el Parque ajustes del mismo calibre, aunque con los ejes cortados por los enemigos, traté de montarlos en ellos, reparando esa falta; esto lo tuve efectuado a las 12, en cuya hora, reparando que con uno de dichos cañones, podría batir las fuerzas que los enemigos tenían en Balizas, lo coloqué en sitio oportuno, y aunque los tiros, por la elevación de la barranca, no se podían aprovechar bien, logré el pegar un balazo a una lancha cañonera, quien con este motivo no pudo responder a nuestros fuegos, y habiéndolo dirigido sobre una fragata, le cortamos la pena de su mesana donde tremolaba la bandera británica, la que cayó al agua, feliz pronóstico del aje que debía recibir al día siguiente en la plaza de Buenos Aires. Efectivamente, el día 12, a las diez de la mañana, habiendo los Migueletes empeñado un fuerte tiroteo, temiendo que fuesen rechazados o cortados, adelanté el ataque que tenía determinado para las doce del día, dirigiéndome con toda mi artillería en dos columnas, por la calle de la Merced y por la de la Catedral; los cañones de 18, sin avantrenes, fueron llevados a brazo. Los enemigos, con 18 piezas de artillería, guardaban las entradas de la plaza, sus tropas guarnecían las azoteas de la recoba y de varias casas inmediatas a la plaza y los balcones del Cabildo: de todos estos puntos, después de cerca de dos horas del combate más vivo de ambas partes con igual tesón, valor y constancia, los enemigos desampararon la plaza, que ocuparon al momento nuestras tropas; y refugiados al Fuerte, izaron bandera blanca, pero la tuvieron larga bastante tiempo antes de contener el fuego nuestro, según estaban enardecidos mis soldados. Últimamente, habiendo visto entrar en el Fuerte a Don Hilarión de la Quintana, con un tambor, se arrojaron sobre el rastrillo y orilla del foso, viéndome obligado con todos mis oficiales a usar de amenaza para contenerlos y hacerles ver que aun no estaba rendido el Fuerte, que la bandera blanca podía ser para pedir una suspensión de armas, etc. Verdaderamente, si el general inglés hubiese sido de mala fe, pudo haberla arriado despachando al ayudante y hacernos un destrozo horroroso, bien que nunca suficiente para quitarnos la victoria, aunque mucho más ensangrentada; pero lejos de tomar tan desesperada determinación, se avino a izar la bandera española antes de haber tratado de más capitulaciones que la de oír las de mi ayudante, que sólo admitiría yo la de a discreción; al poco rato salió del Fuerte con mi dicho ayudante, y encontrándose conmigo, en pocas palabras le expresé que la justa estimación que me merecía su valor me estimulaba a concederle los honores de la guerra; y efectivamente, habiendo hecho formar mi tropa en ala, salieron los ingleses del Fuerte con sus armas, tocando marcha, y las depositaron a la cabeza de nuestro ejército en número de 1.200, habiendo perdido en la acción 412 hombres, y 5 oficiales entre muertos y heridos; y nuestros de la misma clase sólo 180, el alférez de navío don Joseph Miranda, herido en una mano y el alférez del ejercito del Imperio francés mi edecán D. Juan Bautista Fantin, una pierna rota.

”El Fuerte tenía 35 cañones montados y 4 morteros: los fusiles que nos han entregado son más de 1.600. Fue falso que hubiesen extraído las armas nuestras que habían hallado en la sala de armas, que allí existen: además les hemos tomado 26 cañones y cuatro obuses, las banderas del regimiento 71, las que tenía votadas a Nuestra Señora del Rosario.

”No sé si debo ponderar más la constancia heroica de los oficiales y soldados en los trabajos que las intemperies de la estación les han hecho sufrir sin más abrigo que el del cielo, no habiéndose verificado que nadie haya proferido la menor queja, ni dado la menor seña de incomodidad, que el valor sin segundo que mostraron en una de las acciones de más arresto, intrepidez y riesgo que se pueda emprender.

”Entre los hechos de patriotismo de esta ciudad, no se debe omitir el de Don Manuel Oretiz Basualdo, quien me remitió mil pesos fuertes para ser distribuidos por mí entre las viudas e hijos de los que han perecido en la expedición, y entre los que juzgue más dignos de premio por algunas acciones extraordinarias: entre éstas no debo omitir la de la mujer de un cabo de asamblea, llamada Manuela la Tucumanesa, quien combatió al lado de su marido y mató un soldado inglés del que me presentó el fusil; pero este acto de heroísmo pudo haber tenido principio en los ejemplos de primera excepción de mi señora Doña Josefa Morales, gobernadora de Montevideo, y Doña Francisca Huet, digna esposa del sargento mayor y comandante de la Colonia del Sacramento don Ramón del Pino, quienes con sus dádivas y exhortos han contribuido infinitamente al entusiasmo y exaltado denuedo con que nuestras tropas han ido a buscar y vencer al enemigo, despreciando fatigas, tempestades y balas…”

En tanto que estos hechos eran realizados por los vecinos y las tropas de Liniers, el virrey Sobremonte venía en marca con algunas milicias cordobesas. Era tarde para su honor. La conciencia del pueblo de Buenos Aires se había formado y templado en una gran lucha.

Referencias:
1 Diario de D. Pedro A. Cerviño, del ataque de los ingleses. Véase “La Bibliteca”, tomo III, pág. 313.
2 Id. ya citado.
3 Véase: Trofeos de la Reconquista de la ciudad de Buenos Aires, en el año 1806.
4 P. Groussac, La Biblioteca, Tomo III, pág. 424.
5 J. M. Estrada –Lecc. De Hist.
6 Noticias históricas, por Ignacio Núñez, págs. 25 y 27.

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Fuente: www.elhistoriador.com.ar