btnEste documento pertenece al período: República liberal (1880-1916)
 
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Sarmiento según Pellegrini: el más ardiente apóstol de la educación popular
Sarmiento según Pellegrini: el más ardiente  apóstol de la educación popular

Domingo Faustino Sarmiento nació el 15 de febrero de 1811, en la ciudad de San Juan de la Frontera. Tendero, subteniente del batallón de infantería provincial, docente en el exilio, capataz de mina y, por supuesto, lector prolífico: así fueron sus primeros veinte años de vida. Sus siguientes veinticinco años, estuvieron marcados por el exilio y los viajes: Santiago de Chile y Montevideo, fueron sus principales destinos, pero ciudades de Europa, África y Estados Unidos, también constituyeron parte de su extenso itinerario. La labor periodística y su intensa actividad en el campo de la educación, fueron sus principales ocupaciones.

A mediados de la década de 1850, puso fin su a su vida de exiliado e intensificó su participación en la vida institucional argentina. Su segundo viaje a Estados Unidos en 1865, confirmó su interés en la modernización capitalista del país y su rechazo a los movimientos montoneros de las provincias, considerados signos del “atraso” nacional. Todo ello se plasmó durante su período al frente de la presidencia del país, entre 1868 y 1874. Sarmiento pensaba que el gran problema de la Argentina era el atraso que él sintetizaba con la frase "civilización y barbarie". Como muchos pensadores de su época, entendía que la civilización se identificaba con la ciudad, con lo europeo, o sea lo que para ellos era el progreso. La barbarie, por el contrario, era el campo, lo rural, el atraso, el indio y el gaucho. Este dilema, según él, sólo podía resolverse con el triunfo de la "civilización" sobre la "barbarie". Decía: "Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes por quienes sentimos sin poderlo remediar, una invencible repugnancia". En una carta le aconsejaba a Mitre: "no trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes".

Si bien considerado el “padre de la educación” en el país, Sarmiento significó mucho más que ello. Durante su presidencia, abogó por la modernización del Ejército, incluida la formación de cuadros, mediante la fundación del Colegio Militar y la reorganización de la Escuela Naval. Consciente del problema que significaba la inmensa extensión del país, se desarrollaron durante su gestión la infraestructura ferroviaria (pasó de 573 a 1331 kilómetros de vía), la red telegráfica (que llegó a casi 5000 kilómetros) y numerosos puentes y caminos, modernización de la cual se sirvió al momento de aplacar las sublevaciones en las provincias, especialmente la liderada por el entrerriano López Jordán en los primeros años de la década de 1870. El tranvía, los puertos, el correo y la banca (incluido el Banco Nacional), también fueron parte de la herencia sarmientina que enorgullecía al apóstol laico de la educación.

En los catorce años siguientes, hasta su muerte, en Asunción de Paraguay, el 11 de septiembre de 1888, se dedicó a la función pública, principalmente en el ámbito educativo, y a la pasión literaria. El traslado de sus restos hacia Buenos Aires, ha sido descripto como una continuada manifestación popular.

En oportunidad de la fecha de su fallecimiento, más precisamente de la semana en que sus restos llegaron a Buenos Aires y fueron enterrados, lo recordamos con las palabras apologéticas pronunciadas durante la inhumación de sus restos el 21 de septiembre de 1888, por el entonces vicepresidente de la nación, Carlos Pellegrini.

Fuente: Sarmiento. Febrero 15 de 1811 - Septiembre 11 de 1888, Discursos, Buenos Aires, 1889, págs. 8-12.

Tras el último y supremo combate, Sarmiento entrega su mortal vestidura a la tierra, como el soldado antiguo se despojaba, después de ruda lucha, de su trabajada armadura y de su vieja y buena espada, al caer vencido por fuerzas superiores.

Quédale su gloria; ante ella se inclinan todos, y en los campos adversos están silenciosas las tiendas y enlutadas las banderas, mientras el tambor bate el fúnebre compas.

Todos lo hemos visto, todos lo hemos conocido; era la cumbre más elevada de nuestras eminencias americanas; el Sol coronaba de luz su sien soberbia y había en sus entrañas agitaciones de volcán.

Viviendo en su contacto era difícil medir sus proporciones y recién al caer derruido por el tiempo podemos apreciarlas, al ver sus fragmentos cubrir medio siglo de nuestra historia, en la extensión de medio continente. Cada uno de ellos puede servir para elevar un monumento de faz diversa y materia variada. Hay allí desde el duro granito para levantar un baluarte, hasta el grano finísimo, rival del pentélico famoso, en que el artista puede cincelar su obra más delicada.

Sarmiento nada debe a su época, ni a su escena. Fue el cerebro más poderoso que haya producido la América, y en todo tiempo y en todo lugar hubiera tendido sus alas de cóndor y morado en las alturas.

Nacido hace un siglo, hubiera sido una de las primeras figuras de nuestra emancipación política, arriba de Moreno y al lado de Rivadavia.

Nacido en el primer año de la revolución, ha sida el que vio más lejos en el porvenir los destinos de nuestra patria y quien mejor comprendió los medios de alcanzarlos. Ha sido el faro más alto y más luminoso de los muchos que nos han guiado en la difícil senda.

Escritor, orador, legislador, ministro, presidente, su labor ha sido vasta y continua. Fue apóstol y fue soldado. Tocóle por patria, como a todos los de su época, inmensa heredad inculta, y aplicó todo el vigor de su alma a abrir en la espesa selva anchas vías a la civilización. Lo hemos visto sudoroso, apasionado, febril, empuñar el hacha del pioneer, abrirse paso al través del espeso matorral de la ignorancia, destrozando errores, preocupaciones, y al encontrarse en su camino con el árbol colosal de la tiranía que cubría a su patria con sombra letal, atacar su tronco, herirlo sin tregua ni reposo, hasta verlo caer con estrépito, abriendo en el bosque inmenso claro, que permitió a un pueblo contemplar el cielo luminoso y aspirar las puras brisas de un porvenir libre.

Su vida fue de acción y de lucha; tenía en su panoplia todas las armas; pero su inteligencia con músculos de atleta, prefería la maza hercúlea a cuyo golpe terrible saltaba en pedazos la más solida armadura.

En todo momento, ya ocupara la más alta magistratura de su país, en su banca de senador, manejando la pluma del polemista, en el seno de la intimidad, era siempre el mismo, espontaneo y genial, de pensamiento vastísimo y fecundo, con un soberbio desconocimiento de lo pequeño y del ridículo, inmaleable, con un poder de iniciativa no igualada y con una energía y tenacidad inagotables.

Le faltaban esas cualidades de seducción que obran sobre el sentimiento de las masas, que caracterizan a los conductores de hombres y engendran la popularidad. Todo su organismo estaba absorbido, dirigido, dominado por su cerebro, y podía en ciertos casos no inspirar cariño, pero imponía siempre admiración y respeto.

En el recinto del Congreso su banca era una cátedra, y cuando hacia oír su voz, todos inclinaban el oído atento, en la seguridad de nutrir su inteligencia con esa palabra que nunca fue pueril o vulgar. Si la pasión lo agitaba, su elocuencia era tormentosa; oscuridades imponentes, en cuyos senos se sentía agitarse las ideas, se agolpaban formando marco a claridades radiosas, y relámpagos iluminaban a intervalos el soberbio cuadro.

Todo lo que constituye nuestro progreso debe algo o mucho a Sarmiento. En su vida laboriosa ha trazado largo y profundo surco en nuestro virgen suelo argentino, derramando en él a manos llenas la semilla fecunda del bien. Si alguna se perdió entre espinas y pedregales o fue llevada por las aves del cielo, más feliz que el sembrado del evangelio, la mayor parte cayó sobre tierra fértil, brotó lozana y vigorosa y hoy se eleva como homenaje eterno a su memoria.

¿Cometió errores, injusticias? Tal vez; no lo recuerdo. El gran trágico inglés pone en labios de Antonio, ante el cadáver de Cesar, estas palabras desconsoladoras: “El bien que los hombres hacen en la tierra, queda muchas veces sepultado con sus huesos”. No. El error o el desvío de la pasión son hijos de la tierra y el sepulcro reclama todo lo que le es propio.

Queda para el alma inmortal todo lo que nació de la inteligencia o el amor, que son las chispas divinas que enaltecen al hombre y lo colocan en el trono de lo creado.

Hoy, en esta última jornada, al pasar sus restos en busca del lecho de su eterno reposo, cruzaran entre filas de niños que se agitaran y se agolparan para arrojar flores en su camino, y el murmullo de bocas infantiles que es la voz del porvenir, será el himno más grato que se eleve a las regiones donde mora su espíritu y compense las fatigas del más ardiente apóstol de la educación popular.

No habrá aldea en la Republica donde no se lea “Escuela Sarmiento”, y ya aparece su nombre en varias, como en el cielo sereno aparecen los astros brillantes cuando el sol ha descendido en el horizonte.

En nombre del Senado de la Nación, al cual honró en vida, me inclino ante su féretro y deposito la ofrenda de su admiración y su respeto. Su nombre pertenece ya a la historia, y cuando la República Argentina sea una de las grandes naciones de la tierra y sus hijos vuelvan la mirada hacia la cuna de su grandeza, verán destacarse la sombra de Sarmiento, consagrado desde hoy y para siempre como uno de los Padres de la patria.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar