Mensaje al Congreso Nacional de Nicolás Avellaneda sobre la “conquista del desierto”
Mensaje al Congreso Nacional de Nicolás Avellaneda sobre la “conquista del desierto”
 
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En su ensayo sobre la colonización y la inmigración, Gastón Gori puso de relieve la crucial disputa que cruzó la segunda mitad del siglo XIX argentino: la pelea entre el latifundio y la colonia agrícola. El triunfo del primero se impuso, fundamentalmente tras el éxito de la denominada “Conquista del desierto”.

La “Conquista del Desierto”, como se sabe, es un eufemismo para hablar de la brutal matanza de numerosas comunidades originarias o, como se proclamó en su momento, para “asegurar la frontera con el indígena”.

Ya en 1867, durante la presidencia de Bartolomé Mitre, se promulgó la ley 215, que establecía que la frontera del indio debía trasladarse a los ríos Negro y Neuquén. Poco después, en 1875, luego de la Guerra del Paraguay y en el proceso de consolidación del Estado nacional, el ministro de Guerra Adolfo Alsina propuso un plan de acción que consistía en hacer avanzar la frontera sur haciéndose de lugares estratégicos y fundando nuevas poblaciones o guarniciones militares, comunicadas por telégrafo y unidas por un gran zanjón para dificultar los malones. En 1878 se creó incluso la gobernación de La Patagonia. Pero el proyecto de Alsina tuvo dos inconvenientes: la mayor severidad de algunos altos oficiales del ejército y su propia muerte.

El joven general Julio Argentino Roca reemplazó a Alsina y puso en práctica una verdadera razzia militar en los territorios del sur: en aras de la civilización y la modernización, el ejército argentino masacró y esclavizó a unos veinte mil indígenas. Los millones de hectáreas ocupadas fueron distribuidas entre un reducido número de beneficiarios, entre ellos varios ingleses.

La segunda y última etapa de la campaña al sur, la más profunda en intensidad y extensión, se puso en marcha el 16 de abril de 1879. Reproducimos a continuación el mensaje al Congreso Nacional que el 14 de agosto de 1878 dirigiera el presidente Nicolás Avellaneda instando a emprender la campaña contra las poblaciones originarias del Sur.

Fuente: Ante la posteridad - Personalidad marcial del teniente general Julio A. Roca - Segunda Parte “El Conductor”, Comisión Nacional Monumento al teniente General don Julio A Roca, Buenos Aires, 1938, págs. 221-231.

Mensaje al Congreso Nacional

Buenos Aires, agosto 14 de 1878

Al Honorable Congreso de la Nación:

El Poder Ejecutivo cree  llegado el momento de presentar a la sanción del Honorable Congreso el proyecto adjunto, en ejecución de la Ley de 23 de agosto de 1867, que resuelve de una manera positiva el problema de la defensa de nuestras fronteras por el Oeste y por el Sur, adoptando resueltamente el sistema que desde el siglo pasado vienen aconsejando la experiencia y el estudio, como el único que, a una gran economía, trae aparejada una completa seguridad: la ocupación del Río Negro, como frontera de la República sobre los indios de la Pampa.

El viejo sistema de las ocupaciones sucesivas, legado por la conquista, obligándonos a diseminar las fuerzas nacionales en una extensión dilatadísima y abierta a todas las incursiones del salvaje, ha demostrado ser impotente para garantizar la vida y la fortuna de los habitantes de los pueblos fronterizos, constantemente amenazados. Es necesario abandonarlo de una vez e ir directamente a buscar al indio en su guarida, para someterlo o expulsarlo, oponiéndole enseguida, no una zanja abierta en la tierra por la mano del hombre, sino la grande e insuperable barrera del Río Negro, profundo y navegable en toda su extensión, de el Océano hasta los Andes.

Hemos perdido mucho tiempo y puede afirmarse que cualquiera de los esfuerzos hechos en los avances sucesivos que se han realizado, a medida que la población crecía y se sentía estrecha en sus límites anteriores hubiera bastado para verificar la ocupación del Río Negro.

A mediados del siglo pasado ya los reyes de España aceptaban como un principio de defensa militar lo que hoy día ha llegado a convertirse en una verdad evidente y comprobada por la dolorosa experiencia que en sesenta y ocho años de vida nacional hemos cosechado con la destrucción constante de la primera fuente de nuestra riqueza rural, y la pérdida de numerosas vidas, cuantiosos tesoros, “que es imposible la defensa de una línea militar que se extiende por cientos de leguas, si no se cuenta, como auxiliar y base de defensa, con una barrera natural que pueda ser opuesta a las incursiones del salvaje”.

A consecuencia de las revelaciones del libro de Falkner, la España, temerosa de que fuesen a despertar la codicia de otras naciones a la Patagonia, cuya posesión hubiera sido un peligro para sus colonias del Río de la Plata y del Pacífico, ordenó a don Francisco Biedma y al piloto don Basilio Villarino, la exploración del Río Negro y de las costas patagónicas.

El éxito feliz obtenido por Villarino, determinó la presentación hecha por don Francisco de Biedma, en marzo de 1774, al virrey Marqués de Loreto, en la que hacía una exposición clara y evidente de la importancia estratégica del Río Negro como línea militar de defensa, y de las inmensas ventajas que su adopción reportaría al Reino por los extensos y fértiles territorios que, una vez ocupado este punto, serían adquiridos “para la cría y fomento del ganado”.

Otros proyectos y escritos semejantes se dieron a luz por aquel mismo tiempo. Es uno de los más notables el de don Sebastián Undiano y Gastelu, capitán de las tropas que guarnecían la frontera de Mendoza, que habían recorrido y estudiado los territorios del Sud, y conocido todos los escritos del afamado geógrafo don Félix de Azara, que en 1796 manifestaba la necesidad de ocupar el Río Negro, aconsejando esta solución como “el único medio de asegurar la tranquilidad y posesión de las Pampas, con mayor brevedad, ventaja y extensión”.

Así, el pensamiento de situar la frontera en el Río Negro, como la línea más corta, más económica y segura, data del siglo pasado. No es una idea nueva que se trate como solución improvisada a la más vital de las cuestiones que puedan preocuparnos, sino que por el contrario, cuenta con la sanción de un largo transcurso de tiempo, que ha madurado y hecho evidentes sus ventajas y con el asentimiento de todos los hombres notables que le han dedicado sus estudios.

En la elaboración de este sistema y en las diversas tentativas llevadas a cabo para realizarlo, se han hecho notar desde los primeros días de la Independencia hasta la fecha, militares distinguidos y hombres de Estado eminentes, que después de la caída de la tiranía, han consagrado esfuerzos laudables a la consecución de este gran desiderátum hasta que, al fin, el Congreso de 1867 convirtió en ley lo que, puede decirse con verdad, era una aspiración nacional.

El Poder Ejecutivo viene hoy simplemente a pediros los recursos necesarios para el cumplimiento de esta ley, votada en medio de la guerra que sostenía la Nación contra el Gobierno del Paraguay, y de las dificultades consiguientes a esta situación, porque el Congreso comprendía ya, que ese era el único medio de cortar de raíz los graves males de la inseguridad de la frontera.

Cuando surgió este pensamiento, en el siglo pasado, el desierto empezaba en el Fortín Areco, Mercedes y el Salado; los medios de acción eran deficientes y una serie incalculable de dificultades se oponía a su realización. Y, sin embargo, los informes elevados al Gobierno, estaban contestes en afirmar que la solución mejor y única definitiva, serían la ocupación militar del Río Negro.

Hoy la Nación dispone de medios poderosos, comparados con los que poseía el Virreinato y aun con los mismos con que contaba el Congreso de 1867 al dictar la Ley; el ejército se encuentra en Carhué y Guaminí, el corazón del desierto, a media jornada del Río Negro; la población civilizada se extiende por millares de leguas más allá de la línea de fronteras que nos legó el Virreinato, y la riqueza pública y privada que la Nación se halla en deber de garantir, se ha centuplicado.

¿Podría vacilarse, con estos elementos y facilidades, en realizar hoy una operación que estuvieron dispuestos a llevar a cabo los virreyes, varios gobiernos patrios y el Congreso de 1867?

Hasta nuestro propio decoro, como pueblo viril, nos obliga a someter cuanto antes, por la razón o por la fuerza, a un puñado de salvajes que destruyen nuestra principal riqueza y nos impiden ocupar definitivamente, en nombre de la ley del progreso y de nuestra propia seguridad, los territorios más ricos y fértiles de la República.

Las ventajas de esta operación son evidentes, y, sin necesidad de acudir a los autores que han tratado de ella, ni participar del sentimiento y de la opinión pública que nos impulsan a poner manos a la obra, bastaría abrir una carta cualquiera de la Pampa, para ver que el Río Negro es por sí mismo una barrera natural; que sería la línea más corta, segura y económica, y que, una vez ocupada, haría perder en poco tiempo hasta el significado de la palabra frontera, cuando no se trata de naciones extrañas, puesto que para la República Argentina no hay otra frontera por el Oeste y por el Sur, que las cumbres de los Andes y el Océano.

La primera línea actual, desde Patagones al Fuerte General San Martín, extrema derecha de la frontera de Mendoza, abraza una extensión de trescientas leguas geográficas, y la segunda línea de Buenos Aires y la de Córdoba, mide ciento sesenta leguas, formando entre ambas un total de cuatrocientas sesenta y nueve leguas, guarnecidas por sesenta jefes, trescientos setenta y dos oficiales, y seis mil ciento setenta y cuatro soldados que cuestan a la Nación en vestuarios, armas, alimentos, sueldos, caballos, etc. $ fuertes 2.361.199 al año, sin contar el valor de las construcciones, alojamientos y zanjas que son necesarias en estos avances periódicos por líneas paralelas, siguiendo el sistema conocido desde la conquista.

Tampoco se halla comprendido en este gasto lo que se invierte en las movilizaciones extraordinarias a que hay que recurrir siempre para cubrir los puntos amenazados y que se encuentran desguarnecidos, pues es imposible, con 6.174 soldados, guardar completamente todos y cada uno de los puntos que pueden ser atacados por los salvajes.     

Podríamos duplicar este ejército, siguiendo la vieja rutina, y el resultado sería el mismo, porque este sistema es contrario a la naturaleza de las cosas y a todo principio militar.

Entre tanto, la frontera en el Río Negro estará bien guardada por dos mil hombres, y aun por mil quinientos. Bastará ocupar a Choele-Choel, Chichinal, la confluencia de los ríos Limay y Neuquén y la parte superior de éste hasta los Andes, para hacer desaparecer todo peligro futuro.

La naturaleza del terreno árido y seco que caracteriza la zona comprendida entre el Colorado y el Negro, hasta la proximidad de las cordilleras, y lo profundo de las aguas de este último río, navegables en toda su extensión, facilitan admirablemente la defensa, con sólo ocupar ciertos pasos precisos. El resto estará defendido por él mismo.

Del Carmen de Patagones a Choele-Choel, o isla de Pacheco, situada a los 39º 29’ de lat. Y 7º 18’ long. O, de Buenos Aires, no se necesita un solo hombre para guardar toda la línea porque al Sur del Río Negro, en esta parte, no habitan tribus indígenas hasta una distancia muy considerable, y las que se encuentran después de esa región son de índole más mansa. La línea que habrá que guardar quedará así reducida, desde Choele-Choel a la Cordillera de los Andes, a setenta y tantas leguas. Debe tenerse presentes además, que entre aquella isla y la confluencia del Limay con el Neuquén, a los 39º 13’ de lat. Y 10º 27’ de long., el Río Negro es de cauce más fijo, de barrancas más elevadas, y de una profundidad que varía entre 16 y 32 pies, según el comandante Guerrico, jefe distinguido de nuestra armada que exploró dicho río en 1872, y cuyo informe presentado al Ministro de la Guerra termina con estas palabras que deben merecernos entero crédito: “Para concluir, diremos que se infiere de todo esto, y que tales son nuestras ideas, que la navegación hasta Nahuel Huapí no es de ninguna manera dudosa, y, por el contrario, la razón de tener su origen las aguas de la primera cuenca, sufrir aquella menos evaporación de Choele-Choel adelante, y de ningunos derramos conocidos, influyen poderosamente para demostrar que la desconfianza que se tiene o puede existir respecto a la posibilidad de navegar este río, es de todo punto infundada”.

La profundidad media del río en toda su extensión, según el mismo comandante Guerrico, es de diez pies en la épica del descanso de las aguas, y de quince en la de las crecientes.

Calculado, pues, sobre dos mil hombres, que es el máximum de las fuerzas necesarias para la defensa de esta línea, resultará un gasto al año de 692.394 pesos fuertes, que dará una diferencia anual a favor del Tesoro Nacional de 1.666.805 pesos fuertes.
No es menester entrar en mayores consideraciones para dejar evidenciadas, no sólo las ventajas, sino la necesidad de adoptar sin demora esta solución. Aunque sólo fuese mirando bajo el aspecto de la economía, economía que representará para la Nación en diez años un capital de diez y seis a diez y siete millones de duros, que puede ser empleado en obras reproductivas del progreso, no se debiera trepidar un solo instante en llevarla a término.

Pero hay, además, sobre esta misma economía, el incremento considerable que tomará la riqueza pública y el aumento de todos los valores en la extensión dilatada que abraza la actual línea, como efecto inmediato de la seguridad y garantías perfectas que serán la consecuencia de la ocupación del Río Negro; la población podrá extenderse sobre vastas planicies y los criaderos multiplicarse considerablemente bajo la protección eficaz de la Nación, que sólo entonces podrá llamarse con verdad dueña absoluta de las Pampas argentinas. Y aun quedará al país, como capital valioso, las quince mil leguas cuadradas que se ganarán para la civilización y el trabajo productor, cuyo precio irá creciendo con la población hasta alcanzar proporciones incalculables.

Por otra parte, la ocupación del Río Negro, su navegación hasta Nahuel Huapí, por el Limay, la de alguno de sus afluentes, como el Chumechuin y el Catapuliche, explorados por Villarino, facilitarán la colonización y la conquista pacífica de la parte comprendida entre el Limay y el Neuquén, riquísima comarca fecunda por numerosos arroyuelos, de suelo feracísimo y cubierta en partes de bosques que alcanzan una considerable altura. Sus cerros tienen metales de toda clase, principalmente el cobre aurífero y el carbón de piedra.

Las tribus que la habitan son poco numerosas, y, según informes fidedignos, su población total no alcanza a veinte mil almas. Miembros de la gran familia Araucana, pasaron a la falda Oriental de los Andes con el nombre de Aucaes, y se dividen, según los nombres de los lugares que ocupan: en Huiliches (indios del Sur), Pehuenches (indios de los Pinales), etc., etc. Han alcanzado un grado de civilización bastante elevado, respecto de las otras razas indígenas de la América del Sur, y su transformación se opera como estamos viendo todos los días, de una generación a otra, cuando poderes previsores le dedican un poco de atención. Su contacto permanente con Chile y la mezcla con la raza europea, han hecho tanto camino que estos indios casi no se diferencian de nuestros gauchos y pronto tendrán que desaparecer por absorción.

En la superficie de quince mil leguas que se trata de conquistar, comprendidas entre los límites del Rio Negro, los Andes y la actual línea de fronteras, la población indígena que la ocupa, puede estimarse en veinte mil almas, en cuyo número alcanzarán a contarse mil ochocientos a dos mil de lanza, que se dedican indistintamente a la guerra y al robo, que para ellos son sinónimo de trabajo.

Los ranqueles famosos en la Pampa por ser los más valientes se hallan reducidos en la actualidad a menos de seiscientas lanzas, a consecuencia de haberse presentado grupos numerosos de jefes de las fronteras de San Luis y Córdoba, prefiriendo vivir al abrigo y protección inmediata de la Nación y de sus tropas, antes que en el desierto. Sus tolderías están diseminadas por familias, en una extensión de 600 leguas cuadradas aproximadamente, en medio de bosques espesos cortados a intervalos regulares por granes abras. Empiezan los primeros en Chocha a los 36º 6’ de latitud y 7º 36’ de longitud; y en el Médano Colorado a los 35º 52’ de latitud y 7º de longitud, 60 leguas directamente al Sur de Tres de Febrero y van a concluir en Trarú-Lauquen, a 30 leguas al Sur de Poitagüé, asiento del cacique Baigorrita. Veinte leguas al Oeste de esta línea de toldos y paralelamente a ella, corre el río Chadi-Leuvú, en dirección Norte Sur y este espacio intermedio se halla cubierto de un bosque muy espeso y bastante elevado, que carece de agua, y es, por lo tanto inhabitable.

El ministro actual de la Guerra ha recorrido personalmente estos lugares y puede asegurarse que son inmejorables para la ganadería y aun para la colonización. Abundan en pastos de varias clases; el agua dulce y clara se encuentra en grandes lagunas, al pie de los médanos de arena, y, donde no se la ve en la superficie, se oculta tan de cerca que basta levantar algunas paladas de arena para que surja en abundancia del seno de la tierra.

El otro grupo araucano que habita esta región y que es el más considerable es la tribu de Namuncurá, notablemente disminuida a consecuencia de contrastes y derrotas últimamente sufridas, con motivo de las expediciones realizadas, y del avance de la línea de fronteras de Buenos Aires hasta Carhué, llevado a cabo con tanta firmeza por el malogrado Dr. Alsina; se sabe que su antigua residencia era Chilhué, leguas más o menos al O. de Carhué, y que al contrario de los ranqueles, ocupaba un espacio redujo a lo largo de una gran cañada formando algo parecido a un campamento árabe en marcha a través del desierto.

Se encuentra ahora Namuncurá con cien guerreros, la flor de su tribu y de su familia, en Maracó Grande, veinte leguas próximamente al S.O. de Chilinué, hacia el Colorado. El resto se ha dispersado entre los montes, en precaución de nuevas persecuciones.

El cacique Pincen, el más atrevido y aventurero de los salvajes, montonero intrépido que no obedece a otra ley ni señor que sus propios instintos de rapiña, ha sufrido rudos golpes que lo han desmoralizado completamente. Su residencia es la laguna de Malalicó, 10 leguas al Oeste de Trenque-Lauquen, y el número de sus indios alcanzará apenas a cien.

Quedan aun otras agrupaciones de esta raza, la más viril de toda la América del Sur, y aun de las más avanzadas después de los incas, en los valles andinos al Oriente de la Cordillera entre el río Grande y el Neuquén; pero son de poca consideración y se someterán fácilmente a condición de que se les deje en posesión de sus tierras, que son las más fértiles de la República, favorecidas por un clima muy benigno.

Como se ve, la Pampa está muy lejos de hallarse cubierta de tribus salvajes, éstas ocupan lugares determinados y precisos.

Su número es bien insignificante, en relación al poder y a los medios de que dispone la Nación. Tenemos seis mil soldados armados con los últimos inventos modernos de la guerra, para oponerlos a dos mil indios que no tienen otra defensa que la dispersión, ni otras armas que la lanza primitiva; y sin embargo, les abandonamos toda la iniciativa de la guerra, permaneciendo nosotros en la más absoluta defensiva, ideando fortificaciones que oponer a sus invasiones, como si fuéramos un pueblo pusilánime, contra un puñado de bárbaros.

La importancia política de esta operación se halla al alcance de todo el mundo. No hay argentino que no comprenda, en estos momentos en que somos agredidos por las pretensiones chilenas, que debemos tomar posesión real y efectiva de la Patagonia, empezando por llevar la población al Río Negro que puede sustentar en sus márgenes numerosos pueblos, capaces de ser en poco tiempo la salvaguardia de nuestros intereses y el centro de un nuevo y poderoso estado federal, en posesión de un camino interoceánico fácil y barato a través de la Cordillera por Villa Rica, paso accesible en todo tiempo.

Ya el ojo sagaz y penetrante del jesuita Falkner, en el siglo pasado, había indicado a la Inglaterra el porvenir de esas regiones y la importancia que podrían adquirir para el comercio universal; y, si bien las condiciones generales a que obedecen sus evoluciones, se han modificado profundamente con los cambios operados en la ruta que sigue actualmente la navegación, siempre existen para nosotros y el resto de la América Meridional, los motivos que Falkner señalaba como un incentivo poderoso para la población de esas regiones.

Una vez expuestos ligeramente los principales fundamentos del proyecto que el Poder Ejecutivo presenta al Honorable Congreso, y sin entrar en mayores detalles que fatigarían la atención de V.H., debe descenderse a la exposición de la manera como piensa el Ejecutivo realizar tan importante operación.

La ocupación del Río Negro no ofrece en sí misma ninguna dificultad; pero antes de llevarla a cabo, es necesario desalojar a los indios del desierto que se trata de conquistar, para no dejar un solo enemigo a retaguardia, sometiéndolos por la persuasión o la fuerza, o arrojándolos al Sud de aquella barrera: ésta es la principal dificultad.

El Poder Ejecutivo ya tiene hecho y bien meditado el plan de operaciones, que estima no revelar por ahora, para asegurar mejor su éxito, y cree firmemente que vencerá los obstáculos que se oponen al desalojo previo de los indios.

Ante la magnitud de la empresa que se acomete, podrá parecer insuficiente la suma que el proyecto fija. Pero el Poder Ejecutivo estima que ella bastará para llevar a cabo una obra que tantos y tan grandes bienes ha de producir y a la que tan valiosos intereses se hallan vinculados.

Hemos sido pródigos de nuestro dinero y de nuestra sangre en las luchas sostenidas para constituirnos, y no se explica cómo hemos permanecido tanto tiempo en perpetua alarma y zozobra, viendo arrasar nuestra campaña, destruir nuestra riqueza, incendiar poblaciones y hasta sitiar ciudades en toda la parte Sud de la República, sin apresurarnos a extirpar el mal de raíz y destruir esos nidos de bandoleros que incuba y mantiene el desierto.

Ni se explica satisfactoriamente esta eterna defensiva en presencia del indio, dado el carácter nacional. Se trata de sofocar una revuelta, y todas las fuerzas vivas del país concurren a vencerla y sólo López Jordán cuesta al Tesoro Nacional catorce millones de duros y otros tantos o más a la fortuna particular.

Hoy, con la cantidad que el proyecto fija, la Nación va a asegurar la vida y la propiedad de millares de argentinos, y a conquistar quince mil leguas del territorio, a disminuir el gasto anual de la guerra en pesos fuertes 1.666.804 y por fin a cauterizar esa llaga que se extiende por todo un costado de la República y que tanto debilita su existencia.
Enunciados así los grandes propósitos de este pensamiento, y los medios más indispensables que requiere su realización; el P.E. debe agregaros, para concluir, que cree justo y conveniente destinar oportunamente a los primitivos poseedores del suelo, una parte de los territorios que quedarán dentro de la nueva línea de ocupación.

Responde a este objetivo el artículo 19 del Proyecto, por el cual se dispone reservar para los indios amigos, y los que en adelante se sometan, un área de 50 leguas sobre la frontera de Buenos Aires, otra de la misma extensión sobre la de Córdoba, y una de 30 leguas sobre Mendoza, donde se podrán concentrar después en poblaciones agrícolas, las distintas tribus ranqueles y pehuenches que ocupan esa zona, desde el Atlántico a los Andes.
Dios guarde a V.H.

N. Avellaneda
Julio A. Roca.

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Fuente: www.elhistoriador.com.ar