btnEste documento pertenece al período: Independencia (1810-1820)
 
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Manuel Belgrano y la distribución de la tierra

El 3 de junio de 1770 nació en Buenos Aires Manuel Belgrano, uno de los más audaces  revolucionarios de Mayo. Recordado como creador de la bandera, ingeniero del “éxodo jujeño”, comandante del Ejército del Norte y por haber destinado los 40 mil pesos oro de premios a la construcción de escuelas en las provincias del norte, Belgrano murió en la pobreza total, el 20 de junio de 1820, atacado por una agobiante enfermedad.

Sus ideas innovadoras quedarán reflejadas en sus informes anuales del Consulado, a través de los cuales tratará por todos los medios de fomentar la agricultura y la industria, y de modificar el sistema de producción vigente.

Desconfiaba de la riqueza fácil que prometía la ganadería porque daba trabajo a muy poca gente, no desarrollaba la inventiva, desalentaba el crecimiento de la población y concentraba la riqueza en pocas manos.

Su obsesión era el fomento de la agricultura y la industria. Daba consejos de utilidad práctica para el mejor rendimiento de la tierra y propuso trasladar la experiencia europea de otorgar recompensa a quienes realizaban nuevos plantíos, “señalando un premio por cada árbol que se da en un tanto arraigado”.

Belgrano fue el primero por estos lares en proponer una verdadera Reforma Agraria basada en la expropiación de las tierras baldías para entregarlas a los desposeídos. Reproducimos aquí un texto aparecido en el Correo de Comercio, a menos de un mes del estallido de la Revolución de Mayo, sobre la necesidad de distribuir la tierra entre los labradores.

Fuente: Correo de Comercio, Nº 17, 23 de junio de 1810, en Correo de Comercio, Tomo I, Buenos Aires, Real imprenta de niños expósitos, 1810, págs. 130-136.

Cuando vemos a nuestros labradores en la mayor parte llenos de miseria e infelicidad, que una triste choza apenas les liberta de las intemperies; que en ellas moran padres e hijos; que la desnudez está representada en toda su extensión, no podemos menos que fijar el pensamiento para indagar las causas de tan deplorable desdicha.

Si traemos a consideración la clase de tierras en que cultivan, hallamos que son de la mejor calidad para atraer las influencias del clima benigno que disfrutamos, y que apenas se remueven, se apoderan de las semillas que se le depositan y producen en gran abundancia correspondiendo aun más allá de las esperanzas de los que las cultivan.

Si observamos la clase de instrumentos de que se valen, hallamos, es verdad, la mayor imperfección que es posible en ellos…[…]; pero aun esto todavía es pasadero, porque nuestras tierras están vírgenes, basta que se arañen, y los animales son poco costosos y su aliento lo deben a la naturaleza.

Si atendemos al modo del cultivo […] encontramos infinitos defectos […]; pero la naturaleza supera todo, y se empeña en vencer a la ignorancia para que no consiga el que deje de ser benéfica a los habitantes de este suelo.

Si fijamos la idea en el modo con que se cosecha, no es posible dejar de lamentarnos de un método tan descabellado que tantos perjuicios trae a los mismos labradores y a todos sus conciudadanos; no obstante, todavía no juzgamos que ésta sea la causa de su pobreza…

Tampoco la atribuimos a la falta de anticipaciones para las cosas precisas a su labranza, de que se prevale el monopolio para conseguir todas las ventajas…

No en las trabas y obstáculos que les presentan los malos caminos y aun las mismas calles de la capital, en donde se les rompen las carretas y pierden sus granos, no obstante el derecho que satisfacen para que se compongan esas carreras.

Ni deducimos que su situación infeliz provenga de las extorsiones que se les causan, que no son pocas, abusando los autores del poder que se les confía para otros objetos… […]

Todos esos males son causas de la principal, que es la falta de propiedades de los terrenos que ocupan los labradores: este es el gran mal de donde provienen todas sus infelicidades y miserias, y de que sea la clase más desdichada de estas provincias…

Sí; la falta de propiedad trae consigo el abandono, trae la aversión a todo trabajo; porque el que no puede llamar suyo a lo que posee que en consecuencia no puede disponer […]; el que no puede consolarse de que al cerrar los ojos deja un establecimiento fijo a su amada familia, mira con tedio el lugar ajeno, que la indispensable necesidad le hace buscar para vivir…

De aquí resulta que se contenta, si se dedica a algún cultivo, con que le satisfaga sus primeras necesidades; no trata de adelantar un paso, nada de mejoras, porque teme que el propietario se quede con ellas…

Esto es muy sabido, como lo es que no ha habido quien piense en la felicidad del género humano que no haya traído a consideración la importancia de que todo hombre sea un propietario, para que se valga a sí mismo y a la sociedad: por eso se ha declamado tan altamente, a fin de que las propiedades no recaigan en pocas manos, y para evitar que sea infinito el número de no propietarios: esta ha sido materia de las meditaciones de los sabios economistas en todas las naciones ilustradas, y a cuyas reflexiones han atendido los gobiernos, conociendo que es uno de los fundamentos principales, sino el primero, de la felicidad de los estados.

Podríamos presentar pruebas de [este] asunto de tanta consideración, que todavía estamos en tiempo de remediar, para que salgan del estado de miseria e infelicidad en que están nuestros labradores, y los que nos sucedan se hallen sin un mal de que tanto se lamentan en los Estados de Europa y a que, con justicia, se atribuye su decadencia.

Nuestra población ha ido aumentando, y corre a sus progresos en medio de las trabas e impedimentos… […] Es de necesidad poner los medios para que puedan entrar al orden de sociedad los que ahora casi se avergüenzan de presentarse a sus conciudadanos por su desnudez y miseria y esto lo hemos de conseguir si se les dan propiedades, o donde no se pueda ejecutar, porque no hay derecho a quitárselas a quien las tiene, al menos que se les den las tierras en enfiteusis.

El origen de las propiedades de los terrenos entre nosotros se debe al repartimiento que se hizo al fundarse los pueblos, y sucesivamente a las denuncias de las tierras realengas, que en consecuencia se han rematado… […]  El repartimiento, pues, subsiste a poco más o menos como en los tiempos primeros; porque aun cuando hayan pasado las tierras a otras manos, éstas siempre han llevado el prurito de ocuparlas en aquella extensión, aunque nunca las hayan cultivado, y cuanto más se hayan contentado los poseedores con edificar una casa de campo para recreo, plantar un corto monto de árboles frutales, dejando el resto eternamente baldío, y con el triste gusto de que se diga que es suya, sin provecho propio ni del estado.

Se deja ver cuán importante sería que se obligase a estos, no a darlas en arrendamiento, sino en enfiteusis a los labradores, […] para que se apegasen a ellas, y trabajasen como en cosa propia, que sabían sería el sostén de su familia por una muy moderada pensión; y seguramente muy pronto por este medio nos presentaría el campo, que nos rodea, una nueva perspectiva, subrogando este medio justo a la propiedad.

Pero todavía hay más; se podría obligar a la venta de los terrenos que no se cultivan al menos en una mitad, si en un tiempo dado no se hacían plantaciones por los propietarios; y mucho más se les debería obligar a los que tienen sus tierras enteramente desocupadas, y están colinderas con nuestras poblaciones de campaña…

Cualesquiera pues de estos medios que adoptemos, y estando a la mira de prevenir los inconvenientes de la falta de propiedad de las nuevas poblaciones que se promovieren, y de que tanto carecemos, tendremos que las propiedades serán repartidas, y que nuestros labradores saldrán del estado infeliz en que yacen, con ventajas indecibles para la causa pública.

Remediemos en tiempo la falta de propiedad, convencidos de lo perjudicial que nos es: es preciso atender a los progresos de la patria, y esos no los obtendremos sin que nuestros labradores sean propietarios, o casi propietarios: esto interesa a la Nación, al Gobierno, y aun a los mismos particulares: en una palabra es un beneficio general que nunca sabremos agradecer bastante a cuantos cooperen a la realización de los pensamientos apuntados, u otros que discurran los sabios, para evitar la falta de propiedades, que tienen nuestros labradores. 

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Fuente: www.elhistoriador.com.ar