Esteban Echeverría y la Asociación de Mayo
 
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El 2 de septiembre de 1805 nacía en Buenos Aires Esteban Echeverría, una de las principales figuras de la generación del ‘37. Fue uno de los máximos exponentes del romanticismo rioplatense. Entre sus obras, se destacan Elvira o la Novia del Plata, El Matadero y La cautiva. A mediados de 1838 fundó la Asociación de Mayo, institución opositora al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Junto a Juan Bautista Alberdi, redactará más tarde el Dogma Socialista. A continuación transcribimos un texto donde Echeverría se refiere a su movimiento como continuador de la Revolución de Mayo, habla del progreso, de la democracia y de la descentralización del poder.

Fuente: Antecedentes de la Asociación de Mayo, precedido de una Ojeada Retrospectiva sobre el movimiento intelectual en el Plata desde el año ’37 por Esteban Echeverría; en Esteban Echeverría, Antología de prosa y verso. Antología, cronología, edición, bibliografía, prólogo y notas de Osvaldo Pellettieri, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1981, págs. 288-291.

La palabra progreso no se había explicado entre nosotros. Pero sospechaban que el progreso es la ley de desarrollo y el fin necesario de toda sociedad libre; y que Mayo fue la primera grandiosa manifestación de que la sociedad argentina quería entrar en las vías del progreso.

Pero cada pueblo, cada sociedad, tiene sus leyes o condiciones peculiares de existencia, que resultan de sus costumbres, de su historia, de su estado social, de sus necesidades físicas, intelectuales y morales, de la naturaleza misma del suelo donde la Providencia quiso que habitase y viviese perpetuamente.

En que un pueblo encamine el desarrollo y ejercicio de su actividad con arreglo a esas condiciones peculiares de su existencia, consiste el progreso moral, el verdadero progreso.

En Mayo el pueblo argentino empezó a existir como pueblo. Su condición de ser experimentó entonces una transformación repentina. Como esclavo, estaba fuera de la ley del progreso; como libre, entró rehabilitado en ella. Cada hombre, emancipado del vasallaje, pudo ejercer la plenitud del derecho individual y social. La sociedad, por el hecho de esa transformación, debió empezar y empezó a experimentar nuevas necesidades, y a desarrollar su actividad libre, a progresar conforme a la ley de la Providencia.

Hacer obrar a un pueblo en contra de las condiciones peculiares de su ser como pueblo libre es malgastar su actividad, es desviarlo del progreso, encaminarlo al retroceso.

En conocer esas condiciones y utilizarlas consiste la ciencia y el tino práctico del verdadero estadista.

Nosotros creíamos que unitarios y federales, desconociendo o violando las condiciones peculiares de ser del pueblo argentino, habían llegado con diversos procederes al mismo fin: al aniquilamiento de la actividad nacional; los unitarios sacándola de quicio y malgastando su energía en el vacío; los federales sofocándola bajo el peso de un despotismo brutal; y unos y otros apelaron a la guerra.

Creyendo esto, comprendíamos que era necesario trabajar por reanimar esa actividad y ponerla en la senda del verdadero progreso, mediante una organización que, si no imposibilitase la guerra, la hiciese al menos difícil.

El fundamento, pues, de nuestra doctrina, resultaba de la condición peculiar de ser impuesta al pueblo argentino por la Revolución de Mayo; el principio de unidad de nuestra teoría social del pensamiento de Mayo: la democracia.

No era ésta una invención (nada se inventa en política). Era una deducción lógica del estudio de lo pasado y una aplicación oportuna. Ése debió ser y fue nuestro punto de partida en la redacción del Dogma.

Queríamos entonces como ahora la democracia como tradición, como principio y como institución.

La democracia como tradición, es Mayo, progreso continuo.

La democracia como principio: la fraternidad, la igualdad y la libertad.

La democracia como institución conservatriz del principio: el sufragio y la representación en el distrito municipal, en el departamento, en la provincia, en la República.

Queríamos, además, como instituciones emergentes, la democracia en la enseñanza y por medio de ella en la familia; la democracia en la industria y la propiedad raíz; en la distribución y retribución del trabajo; en el asiento y repartición del impuesto; en la organización de la milicia nacional; en el orden jerárquico de las capacidades; en suma, en todo el movimiento intelectual, moral y material de la sociedad argentina.

Queríamos que la vida social y civilizada saliese de las ciudades capitales, se desparramase por todo el país, tomase asiento en los lugares y villas, en los distritos y departamentos; descentralizar el poder, arrancárselo a los tiranos y usurpadores, para entregárselo a su legítimo dueño: al pueblo.

Queríamos que el pueblo no fuese, como había sido hasta entonces, un instrumento material del lucro y poderío para los caudillos y mandones, un pretexto, un nombre vano invocado por todos los partidos para cohonestar y solapar ambiciones personales, sino lo que debía ser, lo que quiso que fuese la Revolución de Mayo: el principio y fin de todo. Y por pueblo entendemos, hoy como entonces, socialmente hablando, la universalidad de los habitantes del país; políticamente hablando, la universalidad de los ciudadanos; porque no todo habitante es ciudadano, y la ciudadanía proviene de la institución democrática.

Queríamos, en suma, que la democracia argentina se desarrollase y marchase gradualmente a la perfección por una serie de progresos normales, hasta constituirse en el tiempo con el carácter peculiar de democracia argentina. Antes de la revolución todo estaba reconcentrado en el poder público. El pueblo no pensaba ni obraba sin el permiso o beneplácito de sus mandones: de ahí sus hábitos de inercia. Después de la revolución el gobierno se estableció bajo el mismo pie del colonial; el pueblo soberano no supo hacer uso de su libertad; dejó hacer al poder y nada hizo por sí para su bien: esto era natural; los gobiernos debieron educarlo, estimularlo a obrar sacudiendo su pereza.

Nosotros queríamos, pues, que el pueblo pensase y obrase por sí, que se acostumbrase poco a poco a vivir colectivamente,  tomar parte en los intereses de su localidad comunes a todos, que palpase allí las ventajas del orden, de la paz y del trabajo común; encaminando a un fin común. Queríamos formarle en el partido una patria en pequeño, para que pudiese más fácilmente hacerse idea de la grande abstracción de la patria nacional; por eso invocamos democracia.

La manía de gobernar, por una parte, y la indolencia real y la supuesta incapacidad del pueblo, por otra, nos habían conducido gradualmente a una centralización monstruosa, contraria al pensamiento democrático de Mayo, que absorbe y aniquila toda la actividad nacional: al despotismo de Rosas.

Concebíamos por esto en la futura organización, la necesidad de descentralizarlo todo, de arrancar al poder sus usurpaciones graduales, de rehabilitar al pueblo en los derechos que conquistó en Mayo; y de constituir con ese fin en cada partido un centro de acción administrativa y gubernativa, que, eslabonándose a los demás, imprimiese vida potente y uniforme a la asociación nacional, gobernada por un poder central.

Se ve, pues, que caminábamos a la unidad, pero por diversa senda que los federales y unitarios. No a la unidad de forma del unitarismo, ni a la despótica del federalismo, sino a la unidad intrínseca, animada, que proviene de la concentración y acción de las necesidades físicas y morales de todos los miembros de la asociación política.

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Fuente: www.elhistoriador.com.ar