Desventuras de un enviado de Napoleón a Buenos Aires
 
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Autor: Felipe Pigna

En Bayona, Napoleón comenzó a sentirse realmente dueño del mundo. A sus conquistas europeas, la corona vendida a precio vil por los Borbones les aportaba los inmensos dominios americanos y sus incalculables riquezas.

Mientras cenaba con unos amigos en aquel increíble palacio el emperador recordó que en Buenos Aires “virreinaba” un francés que había ganado un enorme prestigio, nada menos que derrotando a sus enemigos ingleses. Había que contactar a ese hombre y, como era su costumbre, llamó de inmediato a un compatriota del que le habían dicho conocía bien a Liniers. Era Claude Étienne Bernard, marqués de Sassenay. Había  nacido en 1760 y pertenecía a la llamada “nobleza de toga”, es decir, a los sectores burgueses elevados a rangos nobiliarios por sus servicios en la burocracia de la monarquía absolutista francesa. En 1789 fue representante de la nobleza de Borgoña en los Estados Generales y uno de los diputados que se opusieron a la Revolución. En 1792 integró las filas de los aristócratas emigrados y participó en los ejércitos contrarrevolucionarios. Tras la derrota de la Primera Coalición organizada contra la Francia revolucionaria, se estableció por un tiempo en Estados Unidos, donde se casó con una joven criolla francesa, hija de esclavistas huidos de Haití tras la revolución de los esclavos, y se convirtió en comerciante, viajando en algunas ocasiones al Río de la Plata, donde conoció a Liniers. En 1803 regresó a Francia, ya bajo el “orden” impuesto por Napoleón, y obtuvo la amnistía del emperador.

Ahora estaba allí en Bayona enterándose de que el Emperador le encomendaba una misión imposible: lograr que las colonias españolas del Río de la Plata, esas que venían de echar a los ingleses, aceptaran como soberano a Napoleón. Un tanto sorprendido, Sassenay, no tuvo más remedio que obedecer pero le pidió permiso para despedirse de su esposa y dejar en orden sus negocios. El emperador le respondió: “Escribid vuestro testamento y dirigíos donde el señor de Champigny, ministro del Interior, por vuestras instrucciones”. Desconcertado, nuestro hombre obedeció y fue recibido por el secretario de Estado, Hugues Bernard Maret, quien le contó en detalle la comedia de Bayona y qué se pretendía de su misión. El marqués comprendió lo que se le pedía y advirtió que hacía tiempo que no veía a Liniers, pero que por correspondencia con comerciantes de Buenos Aires, infería que no sería nada fácil convencer a aquella gente de la conveniencia de aceptar a José Bonaparte como rey y a Napoleón como emperador.

La racha de malos viajes y la mala estrella no abandonaron a Sassenay que, embarcado en el buque ligero El Consolador, debió soportar tremendas tormentas que hicieron que el viaje demorase 70 días.

La recomendación de Champigny, de cuidarse de los “cruceros ingleses”, era más que atinada. Pero de poco le sirvió al pobre Sassenay. Al llegar a Maldonado, su nave fue alcanzada por dos buques británicos, de los que bajaron cinco lanchas con veinte hombres cada una, que hicieron volar en pedazos a El Consolador. Sassenay apenas pudo salvar del naufragio los fusiles que el emperador le mandaba a Liniers y los papeles fundamentales que daban sentido a su misión.

Llegó a Montevideo en un mal momento, cuando el gobernador Francisco Javier de Elío se aprestaba a hacer jurar fidelidad a Fernando VII. El marqués le explicó que Fernando ya no gobernaba y que reposaba, muy lujosamente, en un castillo francés. Elío le pidió que no interviniese en la política local y le dijo que la difusión de la noticia podría desatar sublevaciones en todo el virreinato. Le ofreció protección para trasladarse a Buenos Aires, a donde llegó el 13 de agosto. Su presencia no pudo ser más inoportuna para Liniers, que sufría acusaciones de conspirar a favor de Napoleón. El virrey en un principio se negó a recibirlo a solas y lo hizo en compañía de los miembros de la Audiencia y del Cabildo. Sassenay les mostró documentos sobre las abdicaciones de los Borbones y la instalación de José I en el trono español. Por aquello de matar al mensajero, la ira estalló cuando el enviado exhibió una carta autógrafa de Fernando VII pidiendo suspender los festejos por su coronación y ordenando el acatamiento al emperador. Las autoridades decidieron recluir al marqués en el Fuerte, que conviene recordar no cumplía funciones defensivas, sino que era la residencia oficial del virrey y sede del gobierno. Liniers lo visitó y conversó largamente en aquella noche helada del 13 al 14 de agosto de 1808. Sassenay pudo entonces, sin cabildantes ni oidores a la vista, entregarle a Liniers una carta personal del ministro Champagny, en la que, prescindiendo de las circunstancias que habían cambiando notablemente desde la última invasión inglesa de 1807, lo halagaba y lo invitaba a resistir nuevamente a los británicos. Liniers le pidió disculpas y el propio Sassenay cuenta que el virrey le dijo que: que su interés y la alta estima que él tenía por el Emperador lo unían de antemano a la nueva dinastía, con la cual su suerte sería sellada, en vez del estado de incertidumbre en que vivía. Estoy persuadido entonces que si él hubiera tenido los medios o quizá más audacia [...], el curso de los acontecimientos habría tomado otro curso. 1

Las desventuras del marqués parecían no tener fin. Al regresar a Montevideo fue detenido en un calabozo a pan y cebolla por diez meses, al cabo de los cuales logró evadirse. Pero fue recapturado y enviado fuertemente encadenado a Buenos Aires. Allí lo esperaba el nuevo virrey Cisneros, quien para hacer “buena letra” y gala de un poder que no tenía, intentó fusilarlo. Sassenay fue salvado por Liniers, quien consiguió que se cambiara la condena a muerte por la de encierro en la prisión de Cádiz. Durante el viaje fue encadenado en la bodega del barco, a pocos centímetros de un tigre que estaba encerrado en una jaula a la que se le habían dilatado los barrotes. El animalito se entretuvo varios días aterrorizando y arañando al desdichado enviado del hombre más poderoso del mundo.

Al llegar a Cádiz, Sassenay fue confinado en un pontón junto con centenares de franceses, varios de ellos derrotados de Bailén. Ya era marzo de 1810 y el día 7 se desató una terrible tempestad, tan grave que los carceleros decidieron buscar refugio y dejar a su suerte a los prisioneros. Algunos de ellos lograron llegar a las costas españolas controladas por los franceses. Allí Sassenay finalmente pudo ponerse en contacto con su familia. Cuentan sus biógrafos que, a pesar de tener 50 años, parecía un ancianito. Había envejecido prematuramente a punto tal que cuando finalmente llegó a su casa, como dice el tango, su viejo criado “por la voz tan sólo” lo reconoció.

Referencias:
1 Marqués de Sassenay, Napoleón I y la fundación de la República Argentina, Buenos Aires, Huarpes, 1946, pág. 176-178.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar