Juan B. Justo y la polémica con el socialista italiano Enrico Ferri
 
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Para muchos porteños Juan B. Justo es una avenida que atraviesa la capital de Oeste a Este, y ahora la calle del Metrobús. Pero homenajea a un destacado cirujano, precursor de las ideas de izquierda en Argentina y fundador del Partido Socialista, que nació en el barrio de San Telmo el 28 de junio de 1865.

Su padre, don Juan Felipe Justo se dedicaba a las tareas agrícolas y al terminar Juan Bautista la escuela primaria, su madre, Aurora Castro, se opuso a  que  abandonara los estudios para colaborar con él y le brindó todo su  apoyo para que ingresara en 1876 al Colegio Nacional de Buenos Aires y a la carrera de medicina en 1882.

Por aquellos años se inició en el periodismo en la redacción de La Prensa escribiendo crónicas parlamentarias. Allí pudo tomar contacto con el mundo político de la época y sus principales personajes.

Justo adhería a la corriente socialista iniciada por Eduardo Bernstein conocida como "revisionista", ya que se proponía revisar las ideas de Marx y Engels a la luz de los acontecimientos posteriores a la publicación de los libros básicos de los padres del socialismo científico. Estas ideas de Justo se asemejaban a las de una de las figuras más notable del socialismo de la época, Jean Jaures, quien se oponía a la acción violenta y proponía la organización metódica y legal de sus propias fuerzas bajo la ley de la democracia parlamentaria y el sufragio universal.

A lo largo de su vida Justo fue testigo e impulsor del crecimiento de su partido, desde el poco auspicioso debut político en marzo de 1896 cuando el propio Justo, primer candidato a diputado, obtuvo apenas 138 votos - algún socialista de entonces ironizó que ni siquiera los habían votado todos sus parientes- hasta contar 30 años después con una bancada de 26 diputados nacionales y dos senadores. Un año más tarde, en 1927, Justo pudo ver cumplido uno de sus grandes sueños: la inauguración de la Casa del Pueblo, con su gran biblioteca, su salón de conferencias y sus aulas nocturnas dedicadas a la enseñanza de los obreros.

Sería una de sus últimas alegrías. El 8 de enero de 1928, mientras pasaba una temporada de vacaciones en compañía de su esposa Alicia y de sus hijos en su quinta de Los Cardales, Juan B. Justo moría de un síncope cardíaco. Un diario insospechado de simpatizar con los ideales de Justo decía en su necrológica: "El hombre cuyos restos veló anoche en la Casa del Pueblo el Partido Socialista era mucho más que un conductor de muchedumbres, poseía el mérito de atacar directamente los problemas reales imaginando soluciones reales".

Lo recordamos en esta ocasión con una célebre polémica que lo tuvo como protagonista a principios del siglo XX. Fue en ocasión de la visita del dirigente del Partido Socialista Italiano Enrico Ferri en julio de 1908, quien no ahorró críticas al socialismo argentino. La réplica de Justo no se hizo esperar y fue contundente y le brindó al líder socialista la ocasión de articular con claridad meridiana su concepción del socialismo y su relación con la historia y las características estructurales de la sociedad argentina.

Autor: Felipe Pigna.

Considerado una eminencia política del Viejo Mundo, el dirigente del Partido Socialista Italiano Enrico Ferri arribó al puerto de Buenos Aires el 18 de julio de 1908. Juan B. Justo le dio la bienvenida en nombre del socialismo argentino. Ante una consulta periodística sobre nuestro país,  Ferri declaró sin medias tintas: “Argentina está en la etapa de la agricultura y el pastoreo, por consiguiente, las manifestaciones sociales son paralelas a esta fase”. Y sin anestesia agregó: “El socialismo en Argentina es una flor artificial”. Justo, que lo escuchaba más asombrado que ninguno, se limitó, haciendo gala de una forzada cordialidad de anfitrión, a recomendarle primero conocer con detenimiento el país para luego sacar conclusiones, pero Ferri, quizás excitado por tanto movimiento alrededor de su persona, redobló la apuesta y zanjó la cuestión con un lacónico “Hablo como sociólogo”.

La revancha no tardaría en llegar; el escenario fue el Teatro Victoria, en ocasión de una conferencia que el italiano dio el 26 de octubre de ese mismo año. Las gradas del teatro estaban colmadas de socialistas que escucharon de boca del italiano: “...pienso, y esto es el abecé de la sociología y del socialismo científico, que el Partido Socialista es, o debe ser, el producto natural del país en donde se forma. Aquí, en cambio, me parece que el Partido Socialista es importado por los socialistas de Europa que inmigran a la Argentina, e imitado por los argentinos al traducir los libros y folletos socialistas de Europa. Pero las condiciones económico-sociales de la Argentina, que se encuentra en la fase agropecuaria, aunque técnica, son tales, que hubieran evidentemente impedido a Carlos Marx escribir aquí El Capital, que él ha destilado con su genio del industrialismo inglés”.

Como bien señala Julio Godio, “Ferri comienza mal. Dentro de su pensamiento positivista era inconcebible pensar en un partido socialista dirigente en países dependientes y atrasados. Para Ferri, obviamente, partido socialista sólo era concebible en la mayoría de los países europeos y en los Estados Unidos”. Mientras el público se incomodaba en sus asientos, Ferri continuó con su discurso hablando ahora del Partido Socialista local: “Se llama Partido Socialista, pero no es sino un partido obrero en su programa económico (8 horas, salarios altos, huelgas, trabajo de las mujeres y de los niños), y es un partido radical, en el sentido europeo de la palabra, en su programa político. Los radicales argentinos forman un partido del... mundo de la luna. Tienen un programa negativo (la abstención de la lucha política) y uno positivo (la revolución... con relativo militarismo), y por eso falta aquí un partido radical positivo como existe en Francia (Clemenceau) y en Italia (Sacchi). Los socialistas argentinos cumplen la función específica de este partido radical que falta”.

Finalmente Justo se levantó de su asiento y tomó la palabra. Lo que siguió fue una clase magistral no sólo de oratoria sino también de política, salpicada de tanto en tanto con estiletes emotivos que impactaron por igual tanto en Ferri como en el auditorio. Dijo Justo: “Cinco horas después de desembarcar en Buenos Aires, el profesor Ferri, espontáneamente, sin que le planteáramos la cuestión, nos decía que el socialismo en este país es una flor artificial. Asombrados de un juicio semejante, lanzado de improviso entre una consulta al empresario de su gira y una entrevista con el redactor de un diario oficial, dijimos al profesor Ferri que tal era la opinión de la burguesía criolla, pero que en él sentaba mejor reservarla para cuando hubiera conocido algo el país y nuestro partido... Pasaron tres meses, durante los cuales el sociólogo, buscó el aplauso de la prensa rica, admiró el lujo de Buenos Aires, fue recibido por lo más granado de la oligarquía y la más alta burocracia, oyó de los labios de un ministro el relato de la revuelta que lo había llevado al gobierno, cerró los ojos ante el insensato fraude electoral dirigido por sus amables huéspedes, el presidente de la república y el jefe de policía, recibió el homenaje de universidades parásitas, anduvo mucho en ferrocarril, dio en todas partes conferencias miscelánicas, ganó dinero y evitó en lo posible todo contacto con el pueblo. Y después de esa vertiginosa gira, que ha puesto a prueba su simpática voz y su gran talento verbal, el profesar Ferri ha confirmado su sentencia de la primera hora: el socialismo argentino no tiene razón de ser”.

Con el visitante golpeado por semejante prólogo, Justo continuó con una soberbia clase acerca de la constitución capitalista del país: “En lugar de admirar en nuestro desarrollo la fecundidad de la idea socialista, capaz de inspirar al pueblo una acción buena e inteligente bajo todos los climas y en condiciones históricas relativamente distintas, en lugar de ampliar su propio concepto del socialismo bajo la influencia de lo que aquí pensamos y hacemos, el profesor Ferri, con una ciencia de pacotilla, viene a decirnos: “aquí no hay gran proletariado industrial, luego no puede haber socialismo”.

Acto seguido, Justo narró el desarrollo colonizador argentino y muy especialmente la formación del proletariado rural y una clase dirigente: “El problema se resolvió teórica y prácticamente –subrayó Justo– con lo que sus autores llamaron la colonización sistemática, y que ha sido realmente la implantación sistemática en estos países de la sociedad capitalista... Consiste en impedir a los trabajadores el acceso inmediato a las tierras libres, declarándolas de propiedad del estado, y asignándoles un precio bastante alto para que los trabajadores no puedan desde luego pagarlo. Necesita entonces el productor manual trabajar como asalariado, por lo menos el tiempo preciso para ahorrar el precio arbitrariamente fijado a la tierra, especie de rescate que paga para redimirse de su situación de proletario. Y con el dinero así obtenido, el estado se encarga de buscarle reemplazante, fomentando la inmigración, el arribo de nuevos brazos serviles.

”En las colonias latinoamericanas la clase trabajadora, formada en gran parte por mestizos e indígenas, fue desde un principio excluida de la propiedad del suelo, adjudicado a los señores en grandes mercedes reales. Y desde que el progreso técnico-económico del mundo ha empezado a repercutir también aquí, la clase gobernante practica instintivamente, sin teoría alguna, sin más guía que sus apetitos de lucro inmediato y fácil la colonización capitalista sistemática. Con circunstancias agravantes, porque no sólo acapara la propiedad del suelo todavía sin cultivo, y, por cuenta del estado, provee de brazos a los empresarios, sino que, para intensificar la explotación del trabajador, recurre a procedimientos medioevales, como el envilecimiento de la moneda, y a un sistema de impuestos sólo comparable con la gabela y la capitación de la antigua Francia.

De esta manera se ha formado en este país una clase proletaria, numerosa relativamente a la población, que trabaja en la producción agropecuaria, en gran parte mecanizada; en los veintitantos mil kilómetros de vías férreas; en el movimiento de carga de los puertos, de los más activos del mundo; en la construcción de las nacientes ciudades; en los frigoríficos, en las bodegas, en los talleres, en las fábricas. Y a esa masa proletaria se agrega cada año de 1/5 a 1/4 de millón de inmigrantes”.

Justo continuó con su demoledora crítica, interrumpido sólo por los aplausos del público. No era para menos. Ferri impugnaba toda razón de ser del socialismo argentino y pedía, lisa y llanamente, su disolución organizativa. Justo, en cambio, sostenía política e ideológicamente la necesidad de existir como partido y aun más, como única posibilidad de verdadera emancipación de los trabajadores. “¿Qué quiere decir el profesor Ferri cuando objeta al socialismo argentino que estamos aún en la fase agropecuaria? ¿Acaso que la agricultura va a desaparecer para que advenga lo que él llama socialismo? ¿0 que la sociedad comunista europea, ya próxima a establecerse, tratará, mano a mano con el presidente Figueroa Alcorta, como jefe de esta oligarquía de terratenientes, el cambio de los granos, las carnes, las lanas, y los cueros argentinos por los productos de la industria de aquella cooperativa continental?”

Para cerrar señaló Justo: “Ferri cree haber desautorizado el Socialismo en este país. Lo habrá robustecido, si reconocemos las medias verdades contenidas en sus temerarias afirmaciones. Dice que desempeñamos la función de un partido radical a la europea; pongamos entonces mayor empeño en llevar a su madurez de juicio a los radicales doctrinarios que haya en el país; hagámosles sentir y comprender que su puesto está en nuestras filas. Presenta como un obstáculo al Socialismo la actual economía agrícola argentina; dediquemos, pues, mayor esfuerzo a la política agraria, que ha de acelerar la evolución técnico-económica del país, y también su evolución política, enrolando en nuestro partido a los trabajadores del campo. Nos excomulga Ferri, por fin, en nombre de la doctrina. Sea ello para nosotros una inmunización más contra la tendencia anquilosante de la doctrina. Clasifiquemos los hechos conocidos, escudriñemos lo que nos auguran, cultivemos la teoría que ha de iluminar nuestra marcha hacia el porvenir. Pero esa doctrina, obra nuestra, no la dejemos cristalizarse en boca de los charlatanes y de los epígonos, para que no se sobreponga a nosotros. Infundámosle siempre nueva vida, preñándola constantemente de hechos nuevos, haciéndola, recibir en su seno todas las nuevas realidades, para que no degenere en un nuevo evangelio. ¡Que al prolongarse y extenderse nuestro movimiento y adquirir nuevas modalidades, se ensanche y enriquezca nuestra doctrina; que crezca eternamente, a diferencia de los credos, momificados apenas dados a luz! Y con todo eso nuestro partido será más grande, más fuerte, más socialista”.

Todo el teatro estalló en un aplauso prolongado. La polémica quedaba instalada y luego se trasladaría a folletos que reprodujeron lo esencial de lo dicho en el Victoria.

Justo salió del teatro con la ratificación de su liderazgo y el auditorio reforzado en sus convicciones políticas y en su militancia diaria. No podrá decirse lo mismo de Ferri que, en la década siguiente, abandonaría su socialismo “desarrollado” para entregarse de cuerpo y alma al emergente fascismo de Benito Mussolini.

 

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Fuente: www.elhistoriador.com.ar