José Ingenieros y la Primera Guerra Mundial
José Ingenieros y la Primera Guerra Mundial
 
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El 24 de abril de 1877 nacía en Palermo, Italia, José Ingenieros. Fue médico, periodista, político, y un importante referente intelectual de su época. En 1894 fundó el Centro Socialista Universitario. Este centro, junto con el Centro Socialista Obrero, constituyó en 1895 el Partido Socialista Obrero Argentino, cuyo presidente fue Juan B. Justo. José Ingenieros se desempeñó como secretario. Entre sus obras figuran La evolución de las ideas argentinas y El hombre mediocre.En sus escritos se pronunció sobre la identidad latinoamericana y denunció al imperialismo. En septiembre de 1914, a poco de comenzar la Primera Guerra Mundial, José Ingenieros reflexiona sobre la naturaleza y consecuencias del conflicto.
El suicidio de los bárbaros
Fuente: José Ingenieros, Los tiempos nuevos, Losada, 1961.

La civilización feudal, imperante en las naciones bárbaras de Europa, ha resuelto suicidarse, arrojándose al abismo de la guerra. Este fragor de batallas parece un tañido secular de campanas funerarias. Un pasado, pletórico de violencia y de superstición, entra ya en convulsiones agónicas. Tuvo sus glorias; las admiramos. Tuvo sus héroes; quedan en la historia. Tuvo sus ideales; se cumplieron.

Esta crisis marcará el principio de otra era humana. Dos grandes orientaciones pugnaron desde el Renacimiento. Durante cuatro siglos la casta feudal, sobreviviente en la Europa política, siguió levantando ejércitos y carcomiendo naciones, perpetuando la tiranía de los violentos; la minoría pensante e innovadora, a duras penas respetada, sembró escuelas y fundó universidades, esparciendo cimientos de solidaridad humana. Por cuatro centurias ha vencido la primera. Príncipes, teólogos, cortesanos, han pesado más que filósofos, sabios y trabajadores. Las fuerzas malsanas oprimieron a las fuerzas morales.

Ahora el destino inicia la revancha del espíritu nuevo sobre la barbarie enloquecida. La vieja Europa feudal ha decidido morir como todos los desesperados: por el suicidio.

La actual hecatombe es un puente hacia el porvenir. Conviene que el estrago sea absoluto para que el suicidio no resulte una tentativa frustrada. Es necesario que la civilización feudal muera del todo exterminada irreparablemente. ¡Que nunca vuelvan a matarse los hijos con las armas pagadas con el sudor de sus padres!

Una nueva moral entrará a regir los destinos del mundo. Sean cuales fueren las naciones vencedoras, las fuerzas malsanas quedarán aniquiladas. Hasta hoy fue la violencia el cartabón de las hegemonías políticas y económicas; sobre la carroña del imperialismo se impondrá otra moral y los valores éticos se medirán por su justicia. En las horas de total descalabro ésta sola sobrevive, siempre inmortal…

Aniquiladas entre sí las huestes bárbaras, dos fuerzas aparecen como núcleo de la civilización futura y con ellas se forjarán las naciones del mañana: el trabajo y la cultura. Cada nación será la solidaridad colectiva de todos sus ciudadanos, movidos por intereses e ideales comunes. En el porvenir, hacer patria significará armonizar las aspiraciones de los que trabajan y de los que piensan bajo un mismo retazo de cielo.

Las patrias bárbaras las hicieron soldados y las bautizaron con sangre; las patrias morales las harán los maestros sin más arma que el abecedario. Surja una escuela en vez de cada cuartel, aumentando la capacidad de todos los hombres para la función útil que desempeñen en beneficio común. El mérito y la gloria rodearán a los que sirvan a su pueblo en las artes de la paz; nunca a los que osen llevarlo a la guerra y a la desolación.

Hombres jóvenes, pueblos nuevos: Saludad el suicidio del mundo feudal, deseando que sea definitiva la catástrofe. Si creéis en alguna divinidad, pedidle que anonade al monstruo cuyos tentáculos han consumido durante siglos las savias mejores de la especie humana.

Frente a los escombros del pasado suicida se levantarán ideales nuevos que habiliten para luchas futuras, propicias a toda fecunda emulación creadora.

No basta poseer surcos generosos; es menester fecundarlos con amor y sólo se amará el trabajo cuando se recojan integralmente sus frutos. Pero tenemos algo más noble, que espera la semilla de todo hermoso ideal: una tradición de luz y esperanza. Los arquetipos de nuestra historia espiritual fueron tres maestrescuelas: Sarmiento, el pensador combativo; Ameghino, el sabio revelador; Almafuerte, el poeta apostólico.

Mientras rueda el ocaso del mundo de la violencia militar y de la intriga diplomática inspirémonos en sus nombres para prepararnos al advenimiento de una nueva era; procuremos ser grandes por la dignificación del trabajo y por el desarrollo de las fuerzas morales. Y para no ser los últimos, emprendamos con fe apasionada nuestra elevación colectiva mediante el único esfuerzo que deja rastro en la historia de las razas: la renovación de nuestros ideales en consonancia con los sentimientos de justicia que mañana resplandecerán en el horizonte.

Septiembre de 1914.

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Fuente: www.elhistoriador.com.ar