Sarmiento, según Vicente Fidel López
 
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El 11 de septiembre de 1888 moría en Paraguay Domingo Faustino Sarmiento, uno de los principales impulsores del sistema educativo del país. En su honor, en esta fecha se conmemora el día del maestro.Además de dedicarse sin descanso a la enseñanza, Sarmiento fue periodista, militar, diplomático, escritor, gobernador y presidente.

Para recordarlo transcribimos a continuación una  semblanza del “padre del aula” trazada por el historiador Vicente Fidel López a finales del siglo XIX.

Fuente: Vicente Fidel López, Historia de la República Argentina, continuado por Emilio Vera y González y ampliado por Enrique De Gandía, tomo VI, Buenos Aires, Sopena, 1970, págs. 677-680.

Era don Domingo Faustino Sarmiento un hombre al que, sin hipérbole, puede calificarse de excepcional y extraordinario. En una época en que no escasearon las grandes figuras, se destacó notablemente por su inteligencia poderosa, por su vasta preparación y por la originalidad y la valentía de sus juicios.

Carecía de títulos académicos, pero no los necesitaba para hacer una figura airosa en cualquier parte en que se discutiese un  tema serio. Había estudiado solo, pero había estudiado mucho y con método. Siendo muy joven se dedicó a la enseñanza, y tal vez, por ser ésa la primera profesión que le proporcionó el sustento, fue, durante toda su vida, apasionado difundidor y propagador de la instrucción pública, y cuando llegó a puestos en que pudo llevar a la práctica sus ideas, su primera preocupación fue el fomento de la enseñanza.

Era de modestísimo origen, y con razón podía vanagloriarse de haberse levantado por su esfuerzo de su humilde condición, hasta llegar a la presidencia de la república.

Como escritor, fue también notable; si no por su forma, que era incorrecta, y que cuando no reflejaba intencional descuido, demostraba un rebuscamiento excesivo, por su originalísimo estilo, por la profundidad de sus pensamientos, por la rudeza con que, en ciertos momentos, exponía las más atrevidas ideas, y porque en todos sus escritos ponía de relieve su carácter dominante, tenaz, impetuoso y enérgico, y la exagerada conciencia que tenía de su propio valer.

Sus mejores obras son, sin duda, Recuerdos de provincia y Facundo.

No había en Sarmiento nada que se ajustase a la norma común: sus facciones eran el reflejo fiel de su interior. Todo era en él desmesurado: sus afectos, sus virtudes, sus méritos, su talento, sus defectos y sus pasiones.

Era hombre que valía mucho, sin la menor duda; pero él estaba persuadido de que valía muchísimo más; se creía un genio, y lo decía sin el menor empacho.

Al actuar en política, cuando encontró un obstáculo en su camino, y para suprimirlo halló que el medio más rápido era el crimen, no vaciló un momento y lo suprimió. Benavides, Virasoro, el Chacho, dicen bien a las claras que ese hombre que, en el fondo era cultísimo y sincero, amante –cuando su espíritu estaba sereno- de lo justo, de lo bueno y de lo humano, arrastrado por la pasión, no se detenía ante el asesinato ni ante actos de suprema barbarie, como la exhibición de la cabeza del Chacho en la punta de una pica, en la plaza de Olta.

Siempre que le tocó reprimir una revuelta, fue inexorable, y mostró ser duro de entrañas.

Sin embargo, la República le debe inmensos servicios. Puestos en una balanza sus actos buenos y malos, es indudable que los primeros pesan más que los segundos. Entusiasta amante de todo progreso, hizo avanzar a la República, como ningún otro presidente. (…)

Ese gobierno, sin embargo, que tanto hizo y tanto dejó trazado, puede decirse que no disfrutó de tranquilidad un solo momento.

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Fuente: www.elhistoriador.com.ar