Reflexiones sobre la existencia de una sensibilidad argentina
 
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10 de noviembre - Día de la Tradición
El 10 de noviembre de 1834 nació José Hernández, autor del Martín Fierro, una de las obras más representativas de la literatura gauchesca. Es por ello que el 10 de noviembre se conmemora en nuestro país el día de la tradición. A continuación acercamos a nuestros lectores una encuesta realizada en 1924 por la revista Martín Fierro, en la que destacados intelectuales y artistas de entonces reflexionan sobre nuestra idiosincrasia, sobre los elementos constitutivos de un pueblo, sobre la existencia o no de una mentalidad, de una sensibilidad argentina, sobre “el gran misterio que es el etnos de una nación”.  
Fuente: Martín Fierro, del 15 de mayo al 15 de junio de 1924.

Contestaciones a la encuesta de Martín Fierro:

  1. ¿Cree usted en la existencia de una sensibilidad, de una mentalidad, argentina?
  2. En caso afirmativa, ¿cuáles son sus características?

Martín Fierro ha formulado tales preguntas a un calificado y numeroso grupo de nuestros intelectuales, escritores y artistas, de distintas generaciones y tendencias. He aquí las primeras contestaciones sobre ese tema, que mucho interesa dilucidar a la juventud, por todo cuanto comporta como fundamento de su orientación espiritual y significa extremo de su presente inquietud. Agradecemos la amabilidad de nuestros corresponsales diligentes y esperamos la palabra de otros amigos y compañeros.

De Leopoldo Lugones, escritor

Creo que la sensibilidad y la mentalidad no son facultades gentilicias, sino humanas; pero, en el modo de expresar sus reacciones, hay características de raza1 que nosotros poseemos y que revelan nuestro temperamento latino. Este permanecerá, sin duda, por la triple influencia de la sangre, el clima y el idioma: con lo cual tendremos la suerte de pertenecer a la más completa y amable civilización que existe.

De Ricardo Güiraldes, escritor

Dadas las limitaciones de tiempo y espacio que impiden un desarrollo más amplio del tema, vayan al benevolente Martín Fierro estas contestaciones telegráficamente breves y apuradas, que apunto en semibroma:

Primera pregunta:

Sí, hay una sensibilidad y una mentalidad argentinas. Si no fuera así no tendríamos razón de ser sino como terreno baldío vendible en lotes.

¿Estamos en un momento de transición y de amorfismo? Desde el colegio tengo metido en la cabeza que estar no es ser.

Además, pienso que si nada existiera en nosotros, sería nuestra obligación el crear valores por la ley moral de amor y por la ley física de terror al vacío.

Pero ya había contestado afirmativa a la primera pregunta.

Segunda pregunta:

Pequeño balance:

Activo

Pasivo

Poder de asimilación

Imitación, fonografismo

Hospitalidad

Autodestrucción por abandono

Individualismo

Suficiencia personal

Desinterés, generosidad

Prodigalidad, despilfarro

Sentido crítico

Malevolencia, maledicencia

Fe en sí mismo

Engreimiento

Audacia

Agresividad

Orgullo por las propias virtudes

Vanidad por aspectos exteriores

Simpatía

Versatilidad

Culto del coraje

Compadrada

Culto de la viveza

Astucia, desconfianza

Culto de la amistad

Antagonismo entre sexos

Consejo: conserve su izquierda

Esta clasificación, rudimentaria, es arbitraria porque es clasificación. Dentro del convencionalismo humano sepamos dar al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios. Dentro de las características mentales y emocionales del argentino, sepamos dar al hombre lo que es del hombre y al criollo lo que es del criollo.

Y perdóneme mi tono afirmativo, por las razones atávicas que tal vez me lo imponen:

El que de firmeza es firme

Lleva consigo un caudal

Lo mismo afirma una cosa

Que se le afirma a un bagüal.

Del Dr. Pedro Figari, pintor

1º Ni concibo una raza, un pueblo, -no ya un hombre,- sin una sensibilidad y una mentalidad propias, bien que se les pueda concebir sin homogeneidad, y sin aspectos típicos prominentes. Dichos elementes, si bien constitutivos, se manifiestan según el grado de adaptación al ambiente, y según el grado de organización consciente que haya presidido a ese proceso natural. No será menester la enunciación de lo hecho ya por la mentalidad argentina -obra que no se aprecia suficientemente por su misma dispersión- para afirmar que hay una sensibilidad y una mentalidad argentinas inconfundibles. Y creo más: creo que la suma de iniciativas y de consecuciones, así como la obra preparatoria que palpita en todas los sectores de la actividad por debajo del esfuerzo ensordecedor del conjunto, es tal, que, si pudiese verse ordenada, nos asombraría.

Es cierto que una parte considerable del esfuerzo global está aún contraída al empeño de absorción y aprovechamiento de lo exótico, por trasplante, -lo cual habrá de servir también para mejor plasmar nuestra cultura autónoma, al tiempo de afrontarla derechamente, porque entonces se harán las selecciones y los ajustes pertinentes,- pero no es menos cierto que hay muchos espíritus consagrados al conocimiento del ambiente americano, y que, vueltos los ojos a él, sienten la necesidad de estructurarlo con criterio propio, razonadamente, desdeñando el prurito de imitación, por afectado e inferior. Así que estos núcleos puedan organizarse, podrá verse más claro que hay una individualidad argentina, fuerte y apta para realizaciones típicas: esta es mi opinión.

2º Determinar las características de la sensibilidad y la mentalidad argentinas resulta tanto más arduo cuanto que este pueblo no es ni puede ser homogéneo, dadas las condiciones geográficas del vastísimo y variado territorio que ocupa, dada su composición étnica, varia también, así como la forma irregular de su distribución. No basta la igualdad institucional para realizar la homogeneidad de un pueblo.

Si se tomase región por región, podría sí establecerse lo que hay de común y de diferencial, y se llegaría así a conclusiones de alto interés, siempre instructivas y conducentes. Para indagar las características aludidas, habría que tomar a la provincia de Buenos Aires, la que, por contener la urbe máxima, ejerce una gran influencia sobre las demás por irradiación. Se comprenderá que no pretendo, -y mucho menos apremiado como estoy por el tiempo y por el espacio, ambos breves, que exige la encuesta,- resolver este punto. Sólo me permito dar someramente una impresión, la mía a este respecto.

Sobre la base colonial, constitutiva del núcleo postcolombiano destinado a perdurar, apareció el hijo del colono: “el criollo”, con espíritu propio. Influido por dos civilizaciones: la autóctona y la europea, y formado en un medio soberanamente rico, en un territorio quimérico, se diría: tal es la variedad de sus aspectos, su extensión, sus exuberancias, sus cielos inverosímiles, profundos y diáfanos, amplísimos; colocado así en este edén, aunque fuera un fruto de entrañas saturadas por civilizaciones ya mecanizadas, a fuerza de ser añosas, hubo de sentir tentaciones emancipatorias, como las sintió de inmediato, y tanto más cuanto que la raza dominante, la española, era cultora de idealismos caballerescos y aventureros.

Volcado el Viejo Mundo en estas tierras vírgenes, sus frutos participan de esa primicia, y así como plasmó al gaucho, -héroe con alma de niño,- plasmó al criollo urbano, similar, de alma fuerte y jovial, el uno y el otro igualmente apasionados de novedad, de libertad. Si el criollo de campo, por su propio género de vida, se hizo concentrado y melancólico, tiene asimismo cierta predisposición latente a la chanza, apenas se reúne; el de la ciudad, que pudo aventurar sus melancolías, si las tuvo, deriva sus pujos combativos hacia la discusión y la broma. El uno y el otro son también propensos a la quimera y la aventura. El culto al valor está implícito; y si en el campo llevó frecuentemente a la pelea, en la ciudad se manifiesta de cien maneras. El desprendimiento y el culto de la hospitalidad es proverbial en este pueblo, tanto en la ciudad como en el campo. Me parece no haber duda acerca de que, en lo esencial, son congéneres espirituales el criollo de la ciudad y el del campo; sólo se diferencian porque actúan en distinto medio.

Estos rasgos de la ideología y de la ética argentinas han predominado a pesar de las avalanchas migratorias incorporadas a su economía, avalanchas que parecían destinadas a arrasar todo lo lugareño y habrán de imperar y acentuarse más y más así que la fusión de las razas se afiance más en el ambiente americano. Podría definirse al criollismo, como un tributo de incorporación que exige el ambiente de América para ampararse a la ley natural de adaptación, tributo de tal modo espontáneo en su consecución, que lo vemos pagar sonriendo a las razas más exóticas, apenas tocan estas tierras.

No cabe duda, pues, que nuestro rumbo lo señala el criollo: es autonomía, vale decir, eficiencia y dignidad. Mareados por la ola de una novedad que se ofrece todos los días al vivir pendientes de lo que ocurre en el mundo, sin detenernos a examinar el mundo nuestro, hemos descuidado nuestra propia tradición, los rioplatinos, con ser tan hermosa, con ser nuestro abolengo, nuestro título, nuestro pergamino honroso. Hemos descuidado nuestra epopeya, con ser gloriosa como la que más. Vivimos pasmados por los heroísmos exóticos, magnificados por la leyenda piadosa y exultante, en tanto que omitimos el culto de nuestros próceres, que no han hecho menos, por cierto. Pero, así que se apoye este pueblo en su propia base tradicional, para tomar contacto con el alma de la raza, buscando en ese sendero su mayor grado de eficiencia, en calidad más bien que en poder, ya se verán perfilar netamente la sensibilidad y la mentalidad argentinas, cada día más, y cada vez más fecundas y promisorias.

Los caracteres distintivos de la una y la otra podrían resumirse así: sensorio, de una receptividad extraordinaria; mente, de gran plasticidad asimilativa. Todo esto promete una soberbia eclosión de aptitudes, desde que se apliquen esas cualidades resueltamente a la obra natural de adaptación, que supone autonomía, deliberación, selección. Estos pueblos sudamericanos están en condiciones excepcionalmente ventajosas, por cuanto pueden, con libertad, utilizar las conquistas y recursos alcanzados penosamente por las viejas civilizaciones, y producir, desde luego, con gran intensidad. Para esto es preciso conocer a fondo el medio ambiente, y para conocerlo es menester una observación directa y libre. Todo esto es crear. Conviene estimular el esfuerzo autónomo; hay que fustigar la pereza del no-esfuerzo, que es el dejarse ir a son de camalote por las corrientes cómodas de los exotismos, casi siempre incosultos. Hay que afrontar la misión de América, con firmeza.

De Pedro Juan Vignale, escritor

La meditación de la encuesta de Martín Fierro me ha torturado el espíritu. Me encuentro más solo; completamente desorientado. Por todas adivino ciudades improvisadas como acampados de circo. No existen los árboles milenarios. Somos un pueblo que no tuvo aristocracia. Nuestras pampas están despobladas de hombres y de mitos; si existen los primeros se cobijan bajo ranchos deleznables: no hay castillos. En nuestras construcciones no se han empleado piedras: todo es ladrillos y cemento inglés o noruego…

Jamás nos ha trastornado ninguna fe religiosa: ni somos ateos ni creyentes; en nosotros todo es indiferencia. Si hemos ido a la guerra fue por razones políticas: nunca una causa sentimental nos hizo disparar un máuser.

Nos hemos visto pequeños: apresuramos por todos los medios de elevarnos. Lo hicimos, pero en un solo sentido: económico. Intelectualmente somos Francia, somos Italia, Alemania o Inglaterra. Nos falta sacrificar a nuestras multitudes como lo hacían los emperadores romanos o, mejor, las dinastías de los faraones. Hay que construir carreteras costosas; pirámides donde mueran cien hombres diarios; puentes maravillosos; catedrales que sean un monumento de fe y de sacrificios; provocar diez revoluciones románticas porque sí, con fusilamientos y deportaciones; luchar por la imposición de un Dios nuestro, auténtico, y, dentro de unas centurias, nuestra varia y cosmopolita sensibilidad de hoy comenzará a dibujarse única, como las caderas de una mujer adolescente.

Del Dr. Ricardo Rojas, escritor

En mis libros intitulados Blasón de Platón, Los Arquetipos, Argentinidad, La restauración nacionalista, El país de la Selva, Historia de la literatura, y Eurindia, hay una anticipada contestación a la encuesta de Martín Fierro sobre el alma argentina. Con una definición no podría responderles. Estilizar a un pueblo en las líneas de tres adjetivos me parece algo convencional, como todo estilizamiento. El alma de la raza se siente, no se define. Es útil, sin embargo, querer definirla, porque ello obliga a meditar sobre aquel gran misterio que es el etnos de una nación.

Del Dr. Mariano A. Barrenecha, escritor

Tengo el agrado de contestar a las preguntas de Martín Fierro, y lo hago limitándome a emitir mi opinión, sin agregar razones ni comentarios, ya que los mismos me llevarían muy lejos por tratarse de una cuestión extraordinariamente compleja, que no puede dilucidarse en el corto espacio que el simpático periódico ofrece a sus colaboradores.

No creo que exista una sensibilidad ni una mentalidad argentina. Se ha llamado a nuestro país “crisol en que vienen a fundirse todas las razas”; pero no creo en semejante fusión; apenas se trata de una mezcla ligera y superficial. Carecemos de tradiciones étnicas y sociales; los esfuerzos por fundar un nacionalismo literario han parado, a mi modo de ver, en el ridículo; las diferencias de sensibilidad y de inteligencia entre nuestros escritores, jóvenes o viejos, de hoy de ayer, son profundísimas, y revelan siempre, casi sin excepción, influencias extranjeras, modos de ver y de sentir europeos. Todo esto es cuestión de destino histórico, y sobre lo cual se podrían hacer muy largos y substanciosos comentarios.

Del Dr. Oliverio Girondo, escritor

1º La primera pregunta es una simple “agachada” de Martín Fierro, puesto que Martín Fierro no puede dudar de la existencia de una mentalidad y de una sensibilidad argentinas.

Los caballeros de Garay, ¿no las adquirieron galopando por nuestras pampas?

Muy respetables podrán ser los íntimos motivos que se tengan para considerarse inferior a un caballo; personalmente no siento, sin embargo, escrúpulo alguno en confesar que opino lo contrario, basándome, ante todo, en que soy yo quien monta el caballo y no el caballo el que me monta a mí.

2º Intentar una respuesta a la segunda pregunta, presupone –no ya la jactanciosa inclinación de considerarse superior a un caballo, sino la de tenerse por el más extraordinario de los genios, desde que ninguno alcanzó a expresar, en su obra, “todas” las características de la mentalidad y de la sensibilidad de su pueblo.

Permítasenos, por consiguiente, humanizar la segunda pregunta hasta dejarle la amplitud necesaria como para no vernos obligados a contestarla: “Si cree usted en la existencia de una mentalidad y de una sensibilidad argentinas, ¿se animaría usted a definir alguna de sus características?”

Las obras, los hechos y la vida de Sarmiento, Hernández, Cambaceres, Wilde, Güemes, Roca,…están ahí para contestar; como estarán las nuestras –las obras de los mejores entre nosotros- sin que necesiten proponérselo, sin que tengan, siquiera, mayor conciencia de ello.

No caigamos, pues, en la tentación, a la vez, ingenua y pedantesca, de intentar clasificaciones cuyo dogmatismo tan solo sienta bien a la dogmática estupidez de los profesores. Los “martinfierristas” aman y respetan la vida y, por consiguiente, saben perfectamente bien que el único medio de que disponemos para captar –aunque sea fragmentariamente- ciertos aspectos de la realidad, es la intuición; intuición que sólo se logrará comunicar valiéndose de obras que la tengan por base.

Las características de una mentalidad no dependen, por otra parte, de que alguien las concrete y las especifique; así como el hipopótamo no necesita imprescindiblemente para vivir que se le describa en los tratados de zoología.

En el fondo de esta cuestión, por lo demás, existe un asunto previo personal, al que uno tiene que responder personalmente: Yo creo en nuestra idiosincrasia, porque en eso que llamo mi existencia y no necesito de ningún esfuerzo intelectual para contestar sus manifestaciones, que se evidencian, al menos para mí, hasta en el gesto con que me desabrocho los botines.

De Samuel Glusberg, escritor

No creo en la existencia de una sensibilidad argentina, porque, a pesar del teatro nacional y del señor don Américo Castro, no creo en la existencia de un idioma o dialecto argentino.

En todo caso debemos hablar de una sensibilidad criolla o americana. Porque lo cierto es que los americanos no hablamos ni escribimos como los españoles. Y eso en virtud de que somos más europeos que ellos. Pero es injusto atribuirse, por puro patriotismo, las cualidades geniales de un Sarmiento. Yo, por mi parte, me siento tan amigo de la verdad, como del autor de Facundo. Además, fue Sarmiento precisamente, quien descubrió que argentino es el anagrama de ignorante (Ver Leopoldo Lugones: Historia de Sarmiento. Libro del que yo no soy editor, sino el Consejo Nacional de Educación) y es también a él a quien se atribuye la tan citada frase: “Somos parte integrante del Imperio Romano”. ¿Qué puede unirnos más a la civilización greco-latina que las raíces del idioma?

Por otra parte, no hay que olvidar que Rubén Darío, el poeta que más ha influido en nuestra poesía (mucho más que Hernández) era un argentino de Nicaragua…

De Luis María Jordán, escritor.

1º No. El mundo actual, gracias a los medios de rápida comunicación, se hace cada día más homogéneo, lo que desgraciadamente dará por resultado la supresión de todo lo que sea una característica local. A un mismo tiempo, gracias a la imprenta, al cable, al teléfono y a la radiotelegrafía, todos los hombres del planeta pensamos, sentimos, queremos y odiamos las mismas cosas. La sensibilidad argentina o la mentalidad argentina –todo es cuestión de palabras- no será diferente de la francesa, de la japonesa o de la canadiense; de la misma manera que un alemán culto se parecerá, como una gota de agua a otra gota de agua, a cualquier hombre culto del planeta. Hasta el espíritu ha perdido ya lo que por analogía podríamos llamar “el color local”.

El mundo se acerca a la unidad a paso agigantado. Es muy difícil profetizar si aquello será mejor que lo que estamos viendo: lo esencial es que será distinto. Yo desearía, sin embargo, que perdurara algo genuinamente argentino para evitar que todo se disolviera en esa fantástica tiranía que se llama la “finanza internacional” y que actualmente de una manera más o menos velada dirige, orienta, domina, transforma, eleva o suprime a millones de criaturas.

2º Con lo anterior queda contestada, también, la segunda pregunta.

De Roberto Mariani, escritor

El tango agarra nuestra atención, y nos damos al tango con el desmayo de una cosa que se cae. En su ondulante melodía viaja nuestro espíritu, mojándose de húmeda melancolía. Ninguna función religiosa alcanza la intensidad de silencio y recogimiento que el tango obtiene.

En cualquier café de la calle Corrientes, durante la queja del bandoneón, la caída de una cucharilla realiza un metálico escándalo, estridente, estrepitoso.

En el tango está el espíritu argentino, la sensibilidad argentina. Hay una relación íntima, espiritual, entre tango y hombre; es una relación humana, es una solidaridad de cuerpo y sombra, de boca y voz, de pregunta y respuesta.

Quiero afirmar la existencia de una sensibilidad argentina en formación precipitada. ¿Cómo puede un pueblo no tener una sensibilidad genérica cuando se emocionan, unánime y sensible, ante el mismo motivo sentimental? En la imposibilidad de acumular numerosos y variados argumentos para fortalecer mi afirmación, reduje mi empeño al sólo problema del tango. Muy interesante hubiera sido una meditación sobre la tradición.

La segunda pregunta de Martín Fierro reclama un trabajo largo.

Acaso en Lucio V. Mansilla y en Florencio Madero, y en otros argentinos, podría encontrarse toda suerte de características de una sensibilidad argentina que estuvo a punto de ser general, pero que va desapareciendo combatida por los valores argentinos nuevos y los extranjeros.

1 Es importante señalar que este artículo fue publicado en 1924. Corresponde aclarar que las Naciones Unidas abolieron el término raza en 1959 por carecer de todo valor científico y por servir solamente para incentivar el odio entre los hombres de distintas culturas.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar