El 25 de mayo de 1879, casi un mes después de iniciada la denominada “campaña del desierto” el general Roca envió un mensaje telegráfico al presidente de la República, doctor Nicolás Avellaneda: “Desde ayer estoy campado en la margen izquierda del Río Negro. En estas apartadas latitudes me ha parecido más puro y radiante el Sol de Mayo. Hoy lo hemos saludado al asomarse en el horizonte con salvas y otras pompas militares. Nada ha habido que lamentar en estas marchas a través del desierto más completo, con una fuerza completa que todo lo ha tenido que traer consigo, sacerdotes, sabios, mujeres, niños y hasta los perros y demás animales domésticos de las guarniciones, lo que daba a la columna el aspecto de un éxodo, de un pueblo en marcha que se traslada en busca de un clima y suelo propicios donde plantar sus tiendas. Saluda y felicita a V.E. su servidor y amigo – Julio A. Roca.”
Cinco años más tarde, quebrada la resistencia de los aborígenes, dispersas las tribus sometidos los caciques menores y los capitanejos, sujetos hombres, mujeres y niños a la influencia morigeradora de los misioneros; ocupadas las tierras pampeanas y cordilleranas, los grandes jefes sobrevivientes no tuvieron más remedio que entregarse. El 24 de marzo de 1884 el cacique principal Manuel Namuncurá se presentó al destacamento militar del fortín “Paso de los Andes”, previa seguridad de que se lo trataría con decoro. Las gestiones se realizaron a través del sacerdote salesiano, P. Domingo Milanesio, y con la rendición de Namuncurá, seguida poco más tarde por la de Sayhueque, se esfumó la última ilusión de resistencia indígena. Namuncurá era nacido en Chile, como su padre, el terrible Calfucurá. Nunca pudo ser apresado por las tropas expedicionarias, pero se vio obligado a huir una y otra vez hasta refugiarse, finalmente, al oeste de los Andes. Prefirió, sin embargo, entregarse a las autoridades argentinas, que lo trataron con generosidad. |