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El juego del Pato

El pato es un juego que nació muy probablemente en estas tierras y su práctica se remonta por lo menos a principios del siglo XVII. Pese a las repetidas prohibiciones que sufrió, y cuya desobediencia conllevaba castigos que iban desde los azotes hasta las multas, se lo siguió jugando en las estancias secretamente. Fue muy popular durante el siglo XVIII y hasta mediados del siglo XIX.

Su nombre deriva de la forma que tenía la pelota con la que se lo jugaba, con dos asas (en ocasiones cuatro) que hacían las veces de alas. Como veremos a continuación, abundan los testimonios donde se afirma que en un principio en lugar de una pelota se utilizaba al animal en cuestión. Y en esto también existen diferencias respecto a los detalles del juego: hay quienes sostenían que se trataba de un pato asado y otros, que era un pato vivo adentro de una bolsa de cuero.  

A continuación transcribimos algunos fragmentos escritos en diferentes momentos sobre esta práctica.

Fuente: Pedro Grenon S.J., “El juego del pato”, Revista Historia,  N° 4, Buenos Aires, Abril-Junio de 1956, pp. 121-146.

El juego del pato según Bartolomé Mitre

El juego del pato ya no existe [1854] en nuestras costumbres: es una reminiscencia lejana. Prohibido bajo penas severas, a consecuencia de las desgracias a que daba origen, el pueblo lo ha ido dejando poco a poco, pero sin olvidarlo del todo. En su origen este juego homérico, que tiene mucha semejanza con algunos de los que Ercilla describe en La Araucana, se efectuaba retobando un pato dentro de una fuerte piel, a la cual se adaptaban  varias manijas de cuero también. De estas manijas se asían los jinetes para disputarse la presa del combate que generalmente tenía por arena toda la Pampa; pues al que lograba arrebatar el pato procuraba ponerse a salvo, y la persecución que con este motivo se hacía era la parte más interesante del juego.1

Una descripción del juego hecha 1865, por Thomas Hutchinson

El juego del pato consiste en coser en un pedazo de cuero un pato asado, dejando una manija en cada extremo. Este juego, antiguamente, exclusivo de las fiestas de San Juan [24 de junio] en sus diversiones, fue promovido por un gaucho. El más diestro asegura el pato y galopa a cualquier casa donde él sepa que vive una mujer llamada Juana [por el día de San Juan]; y es una regla establecida que la mujer de ese nombre tiene que dar una moneda de cuatro reales, sea al devolver el pato original, sea con otro igualmente preparado. Entonces galopa hacia otra casa donde viva una doncella del nombre de Leonor, seguido de una tropa de sus colegas gauchos, que procuran quitarle la bolsa con el pato. En tal caso, por supuesto, deben ser entregados los cuatro reales con el mejor buen humor. Caídas [del caballo] y piernas rotas, son los frecuentes resultados de este juego. 2

Las impresiones de W. H. Hudson

Durante largo tiempo y probablemente hasta eso de 1840, era el entretenimiento más popular al aire libre en la pampa argentina.  Sin duda que allí tuvo su origen; se adaptaba admirablemente a los hábitos y  la índole del gaucho; y, al revés de la mayor parte de los deportes, conservó hasta el último su tosco y simple carácter primitivo.

Para jugarlo se mataba un pato o un pollo, o, con más frecuencia, alguna ave doméstica más grande,  como el pavo o ganso,  y se le cosía dentro de un trozo fuerte, haciendo así una pelota de forma irregular, dos veces el grandor de una pelota de fútbol, provisto de cuatro manijas de cuero torcido y del tamaño conveniente para ser agarradas por la mano de un hombre. Un detalle muy importante era que la pelota y las manijas fueran tan sólidamente hechas, que tres o cuatro hombres a caballo pudieran agarrarlas y tirarlas hasta desmontarse unos a otros, sin que nada aflojara.

Una vez resuelto en algún pago, a tener un juego, y, arreglado el punto de reunión, y habiendo alguien ofrecido a proveer el ave, se mandaba notificar a los vecinos. A la hora acordada, todos los hombres y mozos, desde algunas leguas a la redonda, acudían al lugar, montados en sus mejores pingos. Al aparecerse en la cancha el hombre que llevaba el pato, los otros daban caza y luego le alcanzaban y le arrancaban la pelota de la mano; entonces el vencedor, a su turno, era perseguido; y al ser alcanzado solía haber una pelea, como en el fútbol, con la diferencia que los contendientes estaban montados a caballo antes de derribarse unos a otros al suelo. A veces, en este trance, un par de jugadores atolondrados, furiosos por haber sido vencidos, desenvainaban sus facones para probar cuál de los dos tenía la razón o cuál era el de más valer; pero hubiera o no pelea, alguien se apoderaba del pato y se lo llevaba para ser él, en su turno acosado.

Se recorrían de esta manera leguas y leguas de terreno; y, por fin, alguno, con más suerte o mejor montado que sus rivales, se posesionaba del pato, y, escabulléndose por entre los paisanos, desparramados por la pampa, lograba escaparse. Era el vencedor, y, como tal, tenía el derecho de llevarse el ave a su casa y comérsela.

Esto era sin embargo una mera ficción: el hombre que se llevaba el pato, enderezaba para el primer rancho, seguido de todos los demás; y, en seguido, no sólo se cocinaba el pato, sino también una gran porción de carne, para alimentar a los que habían tomado parte.

Mientras se aderezaba la cena, se mandaba alguien a los ranchos vecinos, para convidar a las mujeres; y, al llegar éstas, empezaba el baile, que duraba toda la noche.

Para el gaucho, que se apegaba a su caballo desde la niñez, casi con la misma espontaneidad que un parásito al animal a cuyas expensas vive, el pato era el juego de todos los juegos. Ni pudo haber habido un juego mejor adaptado para hombres cuya existencia o cuyo éxito en la vida dependió tanto de su equitación, y cuya gloria principal era poder mantenerse a caballo en todo apuro; y cuando eso no era posible, dejarse caer graciosamente y de pie, como un gato. La gente de la pampa tenía una afición loca a este juego, hasta que llegó el tiempo en que se le ocurrió a un Presidente de la República (Rozas) ponerle fin, y con una plumada lo suprimió para siempre. 3

Referencias

1  Bartolomé Mire, Rimas, Buenos Aires,  1876,  pags. 342-343, en Pedro Grenon S.J., “El juego del pato”, Revista Historia,  N° 4, Buenos Aires, Abril-Junio de 1956, pp. 133.

2 Tomás J. Hútchinson, Buenos Aires y otras Provincias Argentinas, Buenos Aires, 1945, pág. 111, en Pedro Grenon S.J., “El juego del pato”, Revista Historia,  N° 4, Buenos Aires, Abril-Junio de 1956, pp. 133.

3 Citado en Pedro Grenon S.J., “El juego del pato”, Revista Historia,  N° 4, Buenos Aires, Abril-Junio de 1956, págs. 136-137.

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Fuente: www.elhistoriador.com.ar
 
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