La Revolución de Mayo, según José Manuel Estrada
 
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A mediados de mayo de 1810, llegaba a Buenos Aires la confirmación de los rumores que circulaban intensamente: la Junta Central de Sevilla, último bastión de la Corona española, había caído a manos de los ejércitos napoleónicos. El virrey Cisneros advirtió que se crearía una nueva regencia americana en representación de Fernando VII y en defensa de la Corona. Pero la Junta que lo había nombrado había desaparecido y los patriotas porteños creyeron que era momento de convocar a un Cabildo Abierto que discutiera los pasos a seguir. 

Tras acaloradas discusiones, triunfó la opción de deponer al virrey y delegar el poder en el Cabildo. Sin embargo, ese mismo día el Cabildo daría su golpe contrarrevolucionario nombrando una junta presidida por el virrey depuesto, algo que concretaría el 24 por la mañana y que resultaría inadmisible para los partidarios del cambio. 

El 25 de mayo, las protestas eran ya incontenibles. La misma multitud de días atrás ocupaba nuevamente la plaza.  El movimiento patriota se había instalado cerca del Cabildo, el cual reunido desde temprano había rechazado la renuncia de la Junta. Ni los jefes militares estaban ya del lado del virrey. Los cabildantes debieron finalmente solicitar la renuncia de Cisneros y aceptar la propuesta de nombrar una nueva junta. Así, nacía el primer gobierno patrio.

La nueva junta estaba integrada por Saavedra como presidente. Lo secundaron Mariano Moreno, Juan José Paso, Manuel Alberti, Miguel Azcuénaga, Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Juan Larrea y Domingo Matheu. Todos juraron en nombre de Fernando VII, pero algunos creían que era sólo cuestión de tiempo para que esto dejara de ser así. Años de guerra deberían pasar antes de que el 9 de julio de 1916 se declarara la independencia.

Para recordar la Revolución de Mayo, transcribimos a continuación un fragmento de El problema histórico de la Revolución, escrito en la segunda mitad del Siglo XIX, por José Manuel Estrada, destacado representante del pensamiento católico por aquellos tiempos, quien recrea los momentos salientes de la gesta patria y sus protagonistas.

Fuente: José Manuel Estrada, El problema histórico de la Revolución, en 25 de Mayo. Testimonios, juicios, documentos, Buenos Aires, EUDEBA, 1968, pág.105-113.

El problema histórico de la Revolución (fragmento)

Era la del martes 22 de mayo de 1810 una de esas espléndidas mañanas del otoño bajo nuestro cielo delicioso. (…) El congreso tenía lugar en la galería alta de las casas capitulares. Las avenidas de la plaza de la Victoria estaban guardadas por piquetes de tropa, y las calles adyacentes cuajadas por una muchedumbre presa de aquella emoción inquieta que agita las almas en los momentos supremos. Belgrano estaba encargado de dirigir desde la asamblea los grupos disciplinados, que formaban parte de este concurso, en garantía de la libertad de las opiniones.

El Ayuntamiento abrió la sesión con la lectura de un manifiesto conservador, en el cual aconsejaba al vecindario una conducta análoga a la que por su parte observó para servir a los intereses del virrey; y recomendaba la concordia y la unión en nombre de la integridad de la monarquía y de la veneración debida a las leyes y a los magistrados.

El obispo Lué y los oidores Caspe y Villota pronunciaron en seguida enérgicos discursos, sosteniendo el deber de subordinación que obligaba a los americanos a acatar cualquier autoridad que representara a la metrópoli y a obedecer al último español que sobreviviera en España o en Indias a la ruina total de la monarquía.

La primera fórmula propuesta decía: “Si se ha de subrogar otra autoridad a la superior que obtiene el señor virrey, dependiente de la metrópoli, salvando ésta, e independiente siendo subyugada”. Se rechazó esta fórmula exigiendo que se propusiera otra más sucinta. Se rechazó igualmente la segunda, que decía: “Si la autoridad soberana ha caducado en la península o se halla en incierto”. Cuestión de hechos no admitía deliberación, y en todo evento nada decidía. Por fin se convino en decidir por voto escrito y rubricado sobre la fórmula siguiente: “Si se ha de subrogar otra autoridad a la superior que obtiene el excelentísimo señor virrey dependiente de la soberanía, que se ejerza legítimamente en nombre del señor don Fernando VII y en quién”.

La votación se dividió considerablemente. Ella nos muestra desde luego los absolutistas fanáticos y los empleados en frente de revolucionarios y moderados: los primeros votaron por la continuación del virrey en el mando, y solo obtuvieron sesenta y siete sufragios; los segundos, por la deposición del virrey y reasunción provisoria del gobierno en el ayuntamiento y obtuvieron ciento cincuenta y nueve sufragios. Pero el partido del virrey se subdividía entre sí. Una fracción quería resolver sumaria y definitivamente la cuestión; ésta formaba la mayoría relativa de su bando contando con el obispo, los oidores, oficiales reales y demás empleados: tuvo cincuenta y nueve votos. La otra fracción quería, para resolver en definitiva, esperar el resultado de una consulta a las provincias y era encabezada por los sacerdotes Calvo y Colina, pero no consiguió sino ocho votos. La gran fracción contraria se dividía y subdividía considerablemente también. Junto a los patriotas estaban los españoles liberales, pero conservadores. El general Huidobro abrió la votación a favor de los segundos; querían formar una junta elegida por el Cabildo y subordinada a la autoridad que representara a Fernando en la península, y arrastraron tras sí algunos de los patriotas como Chiclana, Hipólito Vieytes, Viamonte, Rodríguez Peña y Balcarce. Una subdivisión de este matiz de opinión quería someter la dificultad, por medio del Cabildo, a las provincias del virreinato antes de que éste eligiera la junta. Cerviño y otro sujeto fueron los únicos que votaron así. Estos dos votos, más treinta y dos de los primeros, dieron  a los conservadores liberales un total de treinta y cuatro votos. Una masa de ciento veinticinco apoyó la idea de instalar una junta independiente que representara por sí sola al rey proscrito, pero no sin subdividirse a su turno. Unos otorgaban al Cabildo la facultad de nombrar la junta, obteniendo siente veinte votos, mas no compactos todavía; porque de ellos ciento dos, entre los cuales contamos los de Saavedra, Belgrano, Chorroarín, Rivadavia, Moreno y Rodríguez estaban por la resolución inmediata de la cuestión, mientras que obtenía dieciocho votos la opinión de los doctores Sola y Patrón, que exigían la consulta previa del virreinato. En fin, los otros, considerando el origen y significado del movimiento que realizaban, pretendían hacer surgir la junta del voto directo del pueblo. El sufragio popular no encontró sino cinco partidarios, entre ellos el presbítero don Ramón Vieytes, el doctor don Juan José Castelli y don Matías Irigoyen.

La más amplia libertad escudó en ese día memorable la emisión de todas las opiniones y de todos los votos. Nadie disimuló su pensamiento por avanzado que fuera, en contra de los españoles que tenían el fanatismo y la autoridad, ni en contra de los patriotas que tenían la fuerza.

El resultado del escrutinio practicado sin sombra de dolo o de coacción era la espontánea y genuina expresión de la mayoría del congreso. Jamás deliberación tan solemne revistió un carácter más digno y mesurado, ni pueblo alguno de la Tierra puede reivindicar en su loor gloria más pacífica y más noble.

De todas maneras, la suerte del país fue colocada en manos del Cabildo a todas luces recalcitrante, privando al pueblo de su legítimo derecho y a la libertad de su medio exclusivo de salvación. El Cabildo adulteró el espíritu de la revolución y vino a ser, en el fondo del hecho histórico, la mano ciega que colocó la emancipación en la diáfana atmósfera de la democracia, fuera de la cual hubiérase extinguido sin remedio.

El 24 por la mañana formó el Cabildo la junta interina “hasta la instalación de la general del virreinato”, compuesta del virrey Cisneros con voto y “conservando su renta y las altas prerrogativas de su antiguo cargo”, del presbítero doctor don Juan Nepomuceno Sola, revolucionario meticuloso, del comandante don Cornelio Saavedra, patriota de inclinaciones aristocráticas, don José Santos Inchaurreghui, peninsular de origen y de corazón, y don Juan José Castelli, demócrata, colocado en la junta, donde estaba vencido de antemano, para engañar a los liberales exaltados.

Saavedra y Castelli incurrieron en la debilidad de autorizar la reacción, prestándole el primero el apoyo material de los patricios y el segundo su sanción moral, y aceptando ambos el puesto que en el gobierno se les designaba. A las tres de la tarde del mismo día 24 se recibió con graves ceremonias la nueva junta en el salón capitular, entre salvas de artillería y repiques de campanas que disfrazaban de fiesta y mentido regocijo a la capital.

Pero era tan cruda la reacción, el desacuerdo, la falta absoluta de disciplina y armonía de los revolucionarios, sus desaciertos en el congreso del 22, en que todos los patriotas debieron votar unánimemente con Castelli, hiriendo el corazón del problema y dejando que la victoria se completara por sí misma; las vacilaciones, la desconfianza y las sospechas habían producido tan radicalmente el propósito de la emancipación social, que, replegándose en su foco, las fuerzas latentes de la revolución estallaron con una explosión inmensa y decisiva, derribando la sombra de la aristocracia para dar paso al enorme batallón de la muchedumbre que tremolaba los estandartes populares.

Entretanto, el pueblo, airado ya, crecía en decisión y el tumulto era inmenso. French inventó una divisa para reconocer a los patriotas, adornando sus sombreros con cintas blancas y celestes, colores gloriosos (…) como símbolo del derecho y del honor del pueblo argentino (…).

La intimación escrita del pueblo vino en seguida cubierta de firmas de paisanos, religiosos, militares, y todas las clases sociales, por fin, y el Cabildo, queriendo oír la ratificación de aquel mandamiento, salió al gran balcón de la plaza…Grandes grupos se habían dispersado en razón de la hora y de la lluvia, y sólo quedaban unos cien hombres capitaneados por Beruti. “¿Dónde está el pueblo?”, preguntó Leiva en altas voces. “El pueblo prudente y generoso —le respondió—, espera ser desobedecido para desplegar sus cóleras: que suene la campana y el Cabildo verá dónde está el pueblo.” Interrogados los presentes ratificaron estrepitosamente su intimación anterior, y después de una breve consulta entre el Cabildo y la muchedumbre reunida en el foro a la manera de las democracias antiguas, la junta fue proclamada y la revolución triunfó.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar