La batalla de un pueblo: el éxodo jujeño
 
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Fuente: Pigna, Felipe, “Libertadores de América”, Buenos Aires, Planeta. 2010.

El 26 de marzo de 1812 Manuel Belgrano pudo hacerse cargo del ejército del Norte, si se podía llamar ejército a ese grupo de hombres desarrapados, desarmados y mal alimentados. El panorama era desolador: de los 1500 soldados sobrevivientes, casi 500 estaban heridos o enfermos. Había 600 fusiles y 25 balas para cada uno. Le escribía al secretario y hombre fuerte del Primer Triunvirato, Bernardino Rivadavia: “Siempre me toca la desgracia de que me busquen cuando en enfermo ha sido atendido por todos los médicos y lo han abandonado. ¿Se puede hacer la guerra sin gente, sin armas, sin municiones, si pólvora siquiera? Usted me ha ofrecido atender a este ejército: es preciso hacerlo y con la celeridad del rayo, no por mi, pues al fin mi crédito es e poco momento, sino por la patria.”  Pero ni Rivadavia ni el gobierno centralista que representaba se conmovieron y el general tuvo que arreglárselas como podía, y pudo reorganizar aquellas tropas, recomponer la relajada disciplina y, gracias a la colaboración de la población, proveerlo de lo indispensable como para lanzarse al ataque.

Belgrano tenía un concepto que lamentablemente fue olvidado por muchos generales argentinos del siglo XX: “La subordinación del soldado a su jefe se afianza cuando empieza por la cabeza y no por los pies, es decir cuando los jefes son los primeros en dar ejemplo; para establecerla basta que el General sea subordinado del gobierno, pues así lo serán los jefes sucesivos en orden de mando. Feliz el ejército en donde el soldado no vea cosa que desdiga la honradez y las obligaciones en todos los que mandan.”

Las tropas que comandaba Belgrano, como todas las de nuestras guerras de independencia, pasaban meses y años sin cobrar sus sueldos, estaban mal vestidas y sufrían todo tipo de necesidades. A Belgrano se le ocurrió repartir terrenos a cada regimiento para su cultivo, todos los cuerpos tuvieron una huerta abundante de hortalizas y legumbres, y de este modo, todos llenaron su necesidad y entretenían su equipo, porque los frutos que sobraban se vendían en beneficio de todos los soldados que los habían cultivado.

La imagen de un Belgrano flojo, no se corresponde en absoluto con la realidad. Aplicaba la disciplina militar con todo rigor, incluso con el obispo de Salta, a quien le ordenó salir de esa capital en el plazo de 24 horas, al interceptar una correspondencia con el jefe enemigo Goyeneche.

Ante la inminencia del avance de un poderoso ejército español desde el Norte al mando de Pío Tristán, Belgrano emitió estando en Salta un Bando fechado el 29 de julio de 1812, disponiendo la retirada general ante el avance de los enemigos. La orden de Belgrano era contundente: había que dejarle a los godos la tierra arrasada, ni casas, ni alimentos, ni animales de transporte, ni objetos de hierro, ni efectos mercantiles. Sabía que las tropas realistas llegarían a Jujuy muertas de hambre y de sed con la ilusión de abastecerse y se proponía no dejarles nada. Para eso contaba con el apoyo incondicional de todo un pueblo que lo venía dando todo por la causa revolucionaria. Los más pobres eran los que compartían lo poco que tenía con las tropas patriotas. Pero Belgrano desconfiaba profundamente de las oligarquías locales a los que llamaba “los desnaturalizados que viven entre nosotros y que no pierden arbitrios para que nuestros sagrados derechos de libertad, propiedad y seguridad sean ultrajados y volváis a la esclavitud”. Tenía datos precisos de que ya estaban en contacto con la avanzada española para hacer negocios con las probables nuevas autoridades de las que habían recibido la garantía de respetar sus propiedades. Belgrano no les dejó alternativa o quemaban todo y se plegaban al éxodo o los fusilaba.

Belgrano lanzó su arenga: Desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa, os he hablado con verdad... Llegó pues la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reuniros al ejército a mi mando, si como aseguráis queréis ser libres”.

Todo aquel pueblo, hombres mujeres, ancianos y niños, partieron a las cinco de la tarde de aquel 23 de agosto de 1812. El general Belgrano fue el último en partir a las doce de la noche de aquel día destinado a pasar a la historia. Quería estar seguro que no quedaba nada ni nadie. Y quería también asegurar la retaguardia de todo aquel pueblo andante. En enemigo enfurecido le mordía los talones.

La gente llevaba todo lo que podía ser transportado en carretas, mulas y en caballos. Se cargaron muebles y enseres y se arreó el ganado en tropel.

Los viejos echaban una última, en no pocos casos en más de un sentido, a sus casas, en las que habían nacido cuando la colonia parecía el único sistema posible, cuando quedaban tan lejos los vientos libertarios que sonaban ahora, tan lejos de aquellos fuegos que ahora devoraron las cosechas y en las calles de la ciudad hacían arder los objetos que no podían ser transportados. Eran ellos, los ancianos, los encargados de contarles a los nietos que todo esto se hacía para ellos, para que vivieran otra vida, mejor que la de ellos, libre.

Los voluntarios de Díaz Vélez, que habían ido a Humahuaca a vigilar la entrada de Tristán y volvieron con la noticia de la inminente invasión, fueron los encargados de cuidar la retaguardia. El repliegue se hizo en tiempo récord ante la proximidad del enemigo. En cinco días se cubrieron 250 kilómetros y poco después la marea humana llegaba a Tucumán.  Al llegar allí el pueblo tucumano le solicitó formalmente que se quedara para enfrentar a los realistas. Por primera y única vez Belgrano desobedeció a las autoridades, que querían obligarlo a retirarse sin pelear, y el 24 de septiembre de 1812, con el invalorable apoyo del pueblo tucumano obtuvo el importantísimo triunfo de Tucumán. Animados por la victoria, Belgrano y su gente persiguió a los realistas hasta Salta derrotándolos el 20 de febrero de 1813.

Belgrano, sabia que la cosa no terminaría ahí, que el enemigo se retiraba para volver a atacar y decidió insistir a las autoridades de Buenos Aires sobre la urgente necesidad de equipar al ejército y pagar los sueldos atrasados. No se cansaba de mandar partes en los que describía el estado de sus soldados, los que le ponían el pecho a las balas en la última avanzada contra los godos: “La desnudez no tiene límites: hay hombres que llevan sus fornituras sobre sus carnes, y para gloria de la Nación hemos visto desnudarse de un triste poncho a algunos que los cubría para resguardar sus armas del agua y sufrirla con el mayor gusto”. Por supuesto que los gobernantes porteños que se repartían los beneficios del monopolio del puerto y de la Aduana, ni se dignaban a contestarle. Hasta que a Belgrano le subió la temperatura más de lo previsto y les mandó este parte que los denunciaba magistralmente: “Digan lo que quieran los hombres sentados en sofás, o sillas muy bonitas que disfrutan de comodidades, mientras los pobres diablos andamos en trabajos: a merced de los humos de la mesa cortan, tasan, destruyen a los enemigos con la misma facilidad que empinan una copa (...) Si no se puede socorrer al Ejército, si no se puede pagar lo que este consume mejor es despedirlo.”

Por aquellos triunfos de Salta y Tucumán la Asamblea del Año XIII decidió premiar a Belgrano con 40.000 pesos oro (un millón y medio de dólares de hoy). El general no lo dudó un instante y escribió: “He creído propio de mi honor y de los deseos por la prosperidad de mi patria, destinar los cuarenta mil pesos que me fueran otorgados como premio por los triunfos de Salta y Tucumán, para la dotación de escuelas públicas de primeras letras." Lo que Belgrano no sabía era que la última de aquellas escuelas, se terminaría de construir en el año 2006. Es hora de que se haga justicia y se recuerde como se debe a aquel hombre extraordinario que dijo alguna vez: “Mucho me falta para ser un verdadero padre de la Patria, me contentaría con ser un buen hijo de ella.”

Fuente: www.elhistoriador.com.ar