Güemes. Padre de los gauchos, mártir de la emancipación, de Miguel Ángel de Marco

Güemes. Padre de los gauchos, mártir  de la emancipación, de Miguel Ángel de Marco
 
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Martín Miguel de Güemes, el líder de la guerra gaucha que frenó el avance español con sus tácticas guerrilleras, nació en Salta el 8 de febrero de 1785. Estudió en el Real Colegio de San Carlos, de Buenos Aires. A los catorce años ingresó a la carrera militar y participó en la defensa de Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas como edecán de Santiago de Liniers. Más tarde, se incorporó al ejército patriota destinado al Alto Perú y formó parte de las tropas victoriosas en Suipacha. Luego regresó a Buenos Aires y colaboró en el sitio de Montevideo.

En 1815 fue electo gobernador de su provincia y se puso al frente de la resistencia a los realistas, organizando al pueblo de Salta y militarizando la provincia.  San Martín le confió la custodia de la frontera Norte, una defensa que no abandonará hasta su prematura muerte, ocurrida el 17 de junio de 1821, en medio de una nueva invasión realista.

A continuación reproducimos un fragmento de la biografía de Güemes, de Miguel Ángel de Marco, sobre la defensa que llevó a cabo el líder salteño ante la invasión comandada por el Mariscal de la Serna, integrada por veteranos vencedores de Napoleón, que fueron derrotados por Güemes y sus gauchos.

Fuente: Miguel Ángel de Marco, Güemes. Padre de los gauchos, mártir de la emancipación, Buenos Aires, Emecé, 2014, págs. 202-230 (Adelanto para El Historiador).

El 10 de mayo de 1816, Tomás Guido, oficial mayor del Ministerio de Guerra y confidente de San Martín, le había presentado al director interino Antonio González Balcarce, sin que el Poder Ejecutivo se lo hubiese solicitado, un importante estudio acerca del cruce de los Andes que influyó de modo categórico en el seno del gobierno y en el ámbito del Congreso de Tucumán.

El documento provocó un cambio sustancial en la política y la estrategia de la lucha emancipadora, pues se resolvió brindarle al entonces gobernador intendente de Cuyo la ayuda necesaria para realizar la campaña a Chile, en vez de volcar la mayoría de los recursos en la imposible tarea de llegar a Lima por el Alto Perú. (…)

En ese contexto, el papel de Güemes como antemural de las Provincias Unidas se agigantaba. Sus gauchos estaban llamados a contener los intentos realistas de penetrar en cuña por Jujuy y Salta para avanzar, en caso de que los favoreciera la suerte de las armas, hasta San Miguel de Tucumán y aun más al sur. Si las invasiones no eran cortadas de raíz, nadie podía asegurar que el Ejército del Norte por sí solo impediría que las tropas de Fernando VII acabasen con la recién declarada independencia.

La consideración de esta poco halagüeña perspectiva hacía pensar ya en el traslado del Congreso General Constituyente: varios de sus miembros sugerían como nueva sede a la ciudad de Córdoba, mientras otros deseaban sesionar en Buenos Aires, para que funcionasen en la misma ciudad los poderes ejecutivo y legislativo. (…)

En cuanto a Güemes, se le brindarían todos los recursos posibles y se le haría saber que gozaba de la confianza de ambos para detener a los realistas. (…)

Güemes estaba convencido de la importancia de su papel, y se hallaba dispuesto a cumplir con él a todo trance. Si era necesario actuar con dureza para obtener recursos, se expondría a la ofuscación de los que no quisieran brindarlos, e incluso actuaría con mano dura si se hacía indispensable. Eran tiempos difíciles en que el derecho de propiedad cedía a la conveniencia pública. Así lo entendían él y sus capitanes, y así lo intuían sus gauchos, pero no todos los vecinos de la gobernación intendencia pensaban lo mismo. Había entre ellos parientes, amigos o conocidos de los congresales, y llegaron a sus manos advertencias firmadas y anónimos contra don Martín.

Éste emitió una proclama desde su cuartel general de Jujuy, el 6 de agosto de 1816, en la que el “ciudadano Martín Güemes, coronel de caballería de los ejércitos del estado, comandante general de la campaña y gobernador intendente de la provincia de Salta”, se dirigía “a sus compañeros de armas en el interior” en términos ampulosos pero decididos: “Compatriotas y camaradas: llegó el momento feliz de ver decretada y sancionada nuestra suspirada independencia por un cuerpo soberano representativo de las provincias de la Unión. Un horizonte claro, hermoso y sereno se ve aparecer disipando presagios y anunciando risueño por todas las extremidades que toca su influjo, el precioso e inestimable don de la libertad. A los seis años de una lid tan injusta como temeraria por parte de nuestros implacables enemigos, y cuando éstos se juzgan superiores a nuestros esfuerzos por sus efímeros triunfos y precarias victorias, vemos que de nuestras mismas desgracias renace el orden, la unión y fraternidad. Creedme, compatriotas, que esa soberana corporación que nos preside ha arrancado de raíz esa horrorosa anarquía que nos desolaba, y que ha sido el origen de nuestros infortunios, reinando en su lugar la concordia y la más inalterable armonía. El primordial objeto de sus penosas tareas y celosos cuidados es el de imponer al enemigo con una fuerza tan respetable, como capaz de hacerle conocer hasta donde llegan los esfuerzos de unos hombres que pelean por su libertad, y que han jurado y sellado con su sangre sostener los sagrados derechos de independencia de los reyes de España y de su metrópoli; éste es el documento que han firmado a la faz del mundo todo; y manifestando el más extraordinario placer por medio de las lágrimas que humedecieron el pavimento, quedó eternamente grabado en nuestros corazones este dilema: la independencia, o la muerte en la cama del honor”.

Seguidamente exclamaba: “No lo dudéis un solo momento, generosos peruanos y amados compañeros. Los pueblos todos están armados en masa y enérgicamente dispuestos a contener los ambiciosos amagos de la tiranía; de esa tiranía tan irracional como admirada y al mismo tiempo odiada por las naciones más cultas. En todos los ángulos de la tierra no se oye más voz que el grito unísono de la venganza y exterminio de nuestros liberticidas. Si éstos son los sentimientos generales que nos animan, ¿con cuanta más razón lo serán cuando, restablecida muy en breve la dinastía de los Incas, veamos sentado en el trono y antigua corte del Cuzco al legítimo sucesor de la corona? Pelead pues, guerreros intrépidos, animados de tan santo principio; desplegad todo vuestro entusiasmo y virtuoso patriotismo, que la provincia de Salta y su jefe velan incesantemente sobre vuestra existencia y conservación. No temáis a esos cobardes sanguinarios, viles esclavos de la tiranía, ni la retirada que ha hecho el ejército auxiliar de la ciudad del Tucumán, con el fin de rehacerse y organizarse, os amilane”.

Estaban para protegerlos, él y sus valientes soldados, y según la proclama era tal su fuerza que no bastaban los enemigos próximos sino que había fuego y sangre para los más lejanos: “Tengo fuerzas superabundantes, y virtudes en esta provincia, para destrozar y aniquilar, no a ese pequeño grupo de bandidos, sino a cuantos enemigos interiores o exteriores intenten hollar los sagrados derechos de América. No desmayéis un punto de los grandes empeños que exige de vosotros la dulce patria; sostened con decoro sus altos respetos, que no tardaré en volar como el rayo con mis bravas legiones a aniquilar esa gavilla asonada que os insulta y oprime”. (…)

Las noticias que llegaban a principios de septiembre de 1816 desde el Alto Perú advertían que era inminente el desembarco en Arica de una importante expedición militar al mando del general José de la Serna con el objeto de entrar a sangre y fuego en aquellas provincias y recuperar el noroeste argentino. Güemes ordenó un alerta general que fue respondido por sus hombres con la acostumbrada unción. Mientras las tropas enemigas no estuviesen próximas, la gente de la campaña seguiría ejerciendo sus actividades cotidianas hasta que la convocatoria del gobernador las pusiese sobre las armas. (…)

Llega el general La Serna
Los informantes de Güemes le hicieron saber que el brigadier José de la Serna y Martínez de Inojosa marchaba al frente de un grupo de jefes y oficiales para hacerse cargo del ejército. Era un distinguido militar formado en el célebre Colegio de Artillería de Segovia que se había destacado en la reciente guerra contra Napoleón. (…)

Güemes se aprestó a combatir contra los veteranos de las campañas europeas con el mismo método con que lo había hecho exitosamente hasta entonces, es decir mediante una agotadora guerra de recursos que los condujera a la desesperación. Pronto sabría La Serna por los jefes que combatían desde hacía cinco años contra los patriotas, que debía prepararse a las constantes sorpresas y a sus letales consecuencias.

El 12 de noviembre de 1816, el nuevo comandante en jefe realista llegó al cuartel general de Cotagaita. Estimó desacertadas las disposiciones de su antecesor, Ramírez Orozco, que partió de inmediato para hacerse cargo de la Presidencia de Quito, y decidió atenerse a las instrucciones recibidas de Pezuela que le ordenaban ocupar Salta y Tucumán, detenerse allí y, según las circunstancias, correrse de inmediato por Córdoba para desalojar a San Martín de Mendoza. Una vez logrado esto, debía cruzar los Andes para encontrarse con el ejército realista de Chile, y reunidos ambos marchar con una importante masa de hombres y recursos sobre Buenos Aires. Estaban convencidos de que San Martín concurriría a defender el noroeste, con lo que la campaña sería una especie de paseo militar.

La Serna desechó las opiniones de los jefes realistas del Alto Perú y creyó que merced a las brillantes tropas con que contaba, mandadas por veteranos cubiertos de laureles en las guerras de Europa, podría derrotar sin dificultades a las milicias como a las tropas de línea que se le opusiesen.

Un día antes de que llegara a Cotagaita, los realistas acantonados en Yavi habían huido de aquel sitio abandonando armas, municiones y equipos a raíz del avance de 800 hombres a las órdenes de Fernández Campero, quien entró a sus posesiones el día siguiente.

Enterado Güemes, cuyo propósito era operar en el Alto Perú en forma limitada valiéndose de sus propias fuerzas, pues no podía recibir ayuda del Ejército del Norte, privado aún más de efectivos por haberlos derivado al Ejército de los Andes, decidió correr en ayuda del marqués.

En previsión de que Olañeta lo atacara en su retaguardia, le ordenó al teniente coronel Arias que avanzase por Tarija hasta Corral Blanco. A la vez decidió que Fernández Campero se acercara a Cangrejos, mientras el resto de sus fuerzas se reunía en Yavi.

La vanguardia de Güemes se hallaba en marcha para ejecutar el plan cuando le llegó la noticia de un grave desastre. (…) En su avance, el jefe realista incorporó a las tropas que se habían retirado de Yavi y con unos 3000 hombres decidió sorprender a los patriotas. Ello ocurrió el 15 de noviembre por la negligencia de Fernández Campero que descuidó toda medida de exploración y seguridad. Más de 300 hombres cayeron prisioneros, entre ellos el propio Fernández Campero, quien fue enviado a las terribles Casas Matas del Callao. Después de grandes sufrimientos, se decidió remitirlo a España vía Panamá, pero murió tras una grave enfermedad donde tal vez jamás imaginó: en Kingston, isla de Jamaica, el 22 de octubre de 1820.

Los prisioneros tomados en el campo patriota fueron enviados a Potosí. En el camino cayeron fusilados gran cantidad de ellos, y en la plaza de los Reyes de esa ciudad fueron degollados cuarenta prisioneros junto a tres mujeres partidarias de la Revolución, mientras los niños y ancianos conducidos allí eran sometidos a trabajos forzados.

Otra fracción patriota al mando del comandante José Miguel Lanza fue sorprendida el 16 de noviembre.

Olañeta se adelantó con su vanguardia reforzada, ocupó Humahuaca y avanzó hasta Hornillos, desprendiendo desde allí un batallón y un escuadrón al mando de Marquiegui, para dominar el valle de San Andrés por el Abra de Zenta, dar vuelta por Orán, despejar el valle del Bermejo e incorporarse en Jujuy a la vanguardia. El implacable jefe realista logró posesionarse de Orán el 6 de enero de 1817.

Güemes, San Martín y Pueyrredon
La invasión de La Serna mantenía en vilo al director supremo y al comandante en jefe del Ejército de los Andes, próximo a iniciar su campaña libertadora. En realidad, se había cargado todo el peso de la defensa del norte en la persona de Güemes y sus capitanes, como se había hecho gravitar en las exhaustas arcas de la gobernación intendencia de Salta el mantenimiento de una maquinaria guerrera que por su elevada movilidad necesitaba contar con numeroso ganado equino de recambio. En muchos casos los milicianos suplían la falta de fusiles, tercerolas y sables con sus mortíferas bolas e improvisadas lanzas, pero no podían faltarle los caballos. También se hacía necesario alimentar a los hombres, aunque más no fuese con un bocado cotidiano. (…)

Juramento de la independencia
En medio de tantas preocupaciones derivadas de la invasión de La Serna, Güemes se dispuso a formalizar el juramento a la independencia que exigía el Congreso y que de hecho había realizado a través de sus actos y proclamas.

El 7 de diciembre de 1816 se reunió el Cabildo en acuerdo extraordinario, con la asistencia del gobernador Güemes y de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, además del “vecindario y pueblo en crecido número, que fue llamado el día anterior por bando”, según expresa el acta respectiva, con el objeto de “la celebración y solemne proclamación y jura de la independencia de Sud América de toda dominación extranjera, de Fernando VII y sus sucesores…”. (…)

Operaciones contra La Serna
En el Abra de Zenta, el teniente coronel de gauchos Arias detuvo a Marquiegui causándole bajas. Reunidas nuevas fuerzas, en total 500 hombres, se interpuso entre Marquiegui y Olañeta, atacando al primero en un sitio que se prestaba a esa operación. Hostigado incansablemente por los paisanos, el jefe español se vio obligado a empeñar combate el 17 de enero en el río Piedras, el 19 en el río Negro y el 20 un poco más adelante. Aún le faltaban unas 31 leguas (125 kilómetros) para llegar a Jujuy. Temeroso de la suerte de su cuñado Marquiegui, Olañeta salió en su busca con dos batallones y un escuadrón y juntos entraron en Jujuy el 23. El primero había perdido un tercio de sus efectivos.

En su avance con el grueso de sus hombres, La Serna ocupó Humahuaca el 14 de enero. Puesto que temía perder su principal línea de comunicaciones guarneció y fortificó ese lugar, punto único de acceso a la quebrada, para seguir luego a Jujuy. Desde que Olañeta tomó esa ciudad, fue cercado por los patriotas y debió pagar sus abastecimientos más indispensables con la sangre de sus hombres en cotidianos combates. Aun así, el hambre se hizo cada vez más insoportable, no sólo para las tropas sino para la población que sufría constantes requisas en busca de alimentos que pudiesen mantener ocultos.

El 6 de febrero, por ejemplo, el sargento mayor graduado de caballería Juan Antonio Rojas, al mando de un escuadrón de tres pelotones, atacó en San Pedrito, a tres kilómetros y medio al suroeste de aquella ciudad, a otro de 140 hombres del Regimiento Real de Extremadura que protegidos por una compañía de infantería habían salido con el objeto de obtener forrajes. Los gauchos estaban armados con algunas armas de fuego, sables, cuchillos y bolas, y se lanzaron como un vendaval contra aquellos veteranos provocándoles 90 muertos, 50 heridos y siete prisioneros.

Enseguida, los hombres de Güemes no vacilaron en atacar a unos 15 oficiales realistas que salieron de la plaza a desafiarlos. La acción culminó dos horas después de que los adversarios, “con mucha artillería”, se replegaron hacia la ciudad. Además de las bajas causadas, fue grande el número de armas y otros elementos capturados.

Lo ocurrido castigó duramente la moral de los invasores a quienes, si les quedaban dudas de lo difícil que sería cumplir los objetivos de La Serna, este nuevo golpe los hizo pensar en que no demoraría la orden de retroceder sobre Cotagaita.

Mientras ocurrían dichos combates, se producía el cruce de los Andes y San Martín derrotaba el 12 de febrero de 1817 a los realistas al mando del brigadier Rafael Maroto en la cuesta de Chacabuco. Luego de completar las comunicaciones oficiales, el Libertador le escribió a Belgrano desde Santiago de Chile dándole cuenta de su completo triunfo, de la bizarría con que habían combatido sus hombres, especialmente “los granaderos [que] han hecho prodigios”. Los realistas, expresaba, habían perdido 1200 hombres entre muertos y prisioneros. “Pasan de 60 piezas las tomadas, un parque inmenso, 160.000 pesos, 500 quintales de pólvora, infinitos vestuarios y monturas, en una palabra nada puede desearse que no se encuentre para un ejército.”

¡Belgrano habrá pensado cuánto podrían hacer él y Güemes con una pequeña parte de esos recursos para paliar sus angustiosas necesidades!
De inmediato hizo un resumen de la carta de su “eterno amigo”, adecuada a las circunstancias en que intencionalmente destacaba el papel de la caballería, y lo remitió a Güemes, quien, al recibirlo, ordenó que circulase entre sus tropas: “Ayer a las 6 de la tarde he recibido parte del excelentísimo señor general en el que me comunica que el 13 [sic: 12] del corriente fue derrotado completamente el ejército real de Chile en la cuesta de Chacabuco, debiéndose esta victoria a la intrepidez del bravo San Martín, que con dos escuadrones de caballería, a sable en mano, en breves momentos los destrozó matándoles novecientos hombres, mil prisioneros, sesenta y tantos oficiales, mucho armamento, caballada, y aun hasta la botica. Cuya plausible noticia comunico a usted para que la celebre con las demostraciones públicas de regocijo que corresponden”.

Es posible que La Serna recibiese a través de sus espías una copia de la comunicación de Belgrano, preludio de las de carácter oficial provenientes del ejército de Chile y del propio Pezuela. La noticia de la derrota agregaba un nuevo elemento de desazón para el jefe español que había llegado poco antes con la ilusión de poner rápido fin a la rebelión de las Provincias Unidas.

Prosigue la lucha
Belgrano, sometido a la premiosa pero extremadamente difícil tarea de dar nervio al Ejército del Norte decidió, a requerimiento de Güemes, colaborar con él en el propósito de sublevar a las poblaciones predispuestas a alzarse contra los realistas a retaguardia de La Serna  y obtener la destrucción del ejército enemigo.

Decidió designar a un jefe en quien depositaba gran confianza: el teniente coronel Gregorio Aráoz de La Madrid, quien partió desde la Ciudadela el 3 de marzo de 1817 al frente de unos 400 hombres escogidos con dos cañones de montaña. Dicha fuerza, en la que prevalecían los jinetes, debía penetrar en el Alto Perú y si le resultaba posible llegar a Oruro para obligar a La Serna a abandonar Salta o a fraccionar sus tropas con el fin de impedir la acción de La Madrid. Por otra parte, Belgrano envió un regimiento hasta el río del Valle, al sudeste de Salta, para cooperar con Güemes en la persecución del enemigo cuando evacuara el país.

La Serna aguardaba encerrado en Jujuy los refuerzos necesarios para intentar la ocupación de Salta cuando tuvo noticias de que su línea de comunicaciones había sido cortada en Humahuaca, lo cual tornaba muy difícil su situación, pues, como se ha dicho, ése era el punto intermedio con las provincias del Alto Perú.

Al recibir los partes de sus subordinados tomó conocimiento del modo como se había producido aquella desgracia. El teniente coronel Arias había vuelto al valle de San Andrés al incorporarse Marquiegui a las fuerzas de Olañeta. Desde ese punto mandó a observar los movimientos realistas en Humahuaca y comprendió que podía sorprender a la guarnición. De inmediato se dirigió a Güemes con el fin de pedirle autorización para actuar. Éste se la concedió de inmediato y los gauchos avanzaron entre el 28 de febrero y el 1° de marzo sin ser detectados en su marcha nocturna.

Arias dividió a sus 150 hombres en tres fracciones, dos en primera línea y una de reserva. Al aclarar se inició el asalto. Los siete cañones del enemigo fueron tomados al comenzar la acción. Tras una breve resistencia la guarnición se rindió. De los 130 realistas quedaron 24 muertos, incluido su jefe, y fueron tomados 86 prisioneros. El botín resultó importante: cien fusiles, ganados y cabalgaduras y una bandera.

Cuando la noticia de la acción llegó a Buenos Aires, escribió La Gazeta del 22 de marzo: “El entusiasmo de los gauchos de Salta es superior a todos los elementos que emplea el arte de la guerra para conseguir victorias. Sería de desear que 300 veteranos españoles hubieran emprendido una acción tan gloriosa como la que han ejecutado 150 gauchos, en la mayor parte inermes. ¿Y una nación que cuenta con tales defensores, podrá ser subyugada?”

Enterados de lo ocurrido en Humahuaca, Olañeta y Marquiegui salieron por el camino del este con destino a Orán, mientras el coronel Centeno lo hacía por el de la quebrada para encerrar a Arias, pero éste finalmente desapareció con su botín por el Chaco, sin dejar de hostigar a su perseguidor. Centeno perdió cuarenta hombres  y volvió al cabo de un mes al punto de partida con sus caballos extenuados.

La Serna, que temía por la suerte de Olañeta, envió de refuerzo la división Valdés, de 800 hombres, que sorprendió al comandante patriota Bartolomé Corte en Salpala (Zapla), dispersándole la fuerza y tomándole ochenta prisioneros. A pesar de esa victoria, ambos jefes españoles debieron buscar refugio en Jujuy. Olañeta, después de llegar a la Misión de San Francisco, retrocedió a Orán, tras sufrir algunas pérdidas en combates subsiguientes con los gauchos de Rojas. Carente de medios de subsistencia y como consecuencia del mal estado de sus cabalgaduras, había optado por volver a su base. Al entrar a la ciudad constató la pérdida de ochenta hombres.

Jujuy había sufrido constantes ataques gauchos en los que se logró obtener caballos y tomar prisioneros sobre las mismas trincheras que la defendían.

El incansable Güemes coordinaba la acción de sus capitanes. Gracias a los contingentes recibidos, al mando de jefes amados por sus hombres como Saravia, Latorre y el Pachi Gorriti, se pudo intensificar el asedio.

El 12 de marzo, los sitiadores, en número de 300 jinetes, intentaron un ataque contra los forrajeadores que por realizar una tarea tan peligrosa eran soldados escogidos, pero el coronel Valdés, que se hallaba alerta, salió de la plaza al frente de una columna y los batió, causándoles treinta bajas. Ese mismo día los gauchos moderaron el contraste tomando 200 mulas sin las cuales el adversario quedó inmóvil. En las jornadas subsiguientes todos los puestos realistas avanzados fueron acometidos con variada suerte y con pérdidas de ambas partes.

Tres días más tarde se produjo un combate general, pues ante el ataque contra las posiciones adelantadas, salió Valdés de Jujuy al frente de una gruesa columna. Sin inmutarse, Gorriti atacó la ciudad y produjo fuertes daños, pero se vio obligado a retirarse. A fines de ese mes, aquel laico vestido con ropas talares que como el fraile dominico José Félix Aldao se arremangaba la sotana para pelear, venció con sus lanceros al escuadrón escolta de La Serna.

El comandante en jefe realista, frente a este constante hostigamiento, decidió golpear en lo que consideraba el corazón de la resistencia patriota, Salta. Necesitaba cumplir la orden de Pezuela que lo urgía a concretar el avance, y marchó hacia su objetivo pese a la falta de víveres y a la fiebre palúdica que postraba a una parte de su ejército. Iba al frente de 2500 hombres. En Jujuy quedaba una reducida guarnición para proteger el parque y los hospitales llenos de enfermos.

Hostigados de día y de noche, los invasores lograron llegar finalmente a Salta el 15 de abril de 1817, y penetraron en ella con pocas esperanzas de sostenerse.

Ante la proximidad de La Serna, Güemes había impartido la orden de movilización general según los planes ajustados. Todo hombre en condiciones de empuñar un arma se incorporó a las filas del caudillo y en un santiamén el general español recibió golpes contundentes y certeros.

Güemes, falto de municiones y caballos, se había trasladado con el grueso de sus efectivos a El Bañado, un poco más de doce leguas (unos 50 kilómetros) al sudoeste, a la espera de reabastecimientos de esos medios de combate que iban llegando desde Tucumán. (…)

Definitivo fracaso del plan realista
La Serna, que era un militar concienzudo, supo advertir que había fracasado y no tenía la menor posibilidad de realizar los planes de Pezuela.

En pocos meses, la situación general había cambiado. El exitoso cruce de los Andes, la victoria de Chacabuco y el afianzamiento de la independencia chilena, obligaban a las fuerzas realistas que se encontraban allende la cordillera a un extraordinario esfuerzo para demorar un colapso que parecía inevitable. Escaso era el apoyo que podía recibir La Serna en la proyectada marcha por los valles Calchaquíes hacia Catamarca para dejar a un lado al Ejército del Norte y encarar el cruce de las altas montañas, con el agravante de que al concluir esa difícil operación podía encontrarse con fuerzas que lo destruyeran.

Por otro lado, recibía en su cuartel general de Salta las noticias de las acciones de La Madrid. No estaba al tanto de todos los detalles pero resultaba evidente el peligro de que a raíz de ellas se alzasen las poblaciones del Alto Perú, soliviantadas en aquellos días por la cruel profanación de los restos de algunos líderes patriotas, entre ellos los coroneles Manuel Ascencio Padilla —que había muerto cuando intentaba salvar a su heroica esposa Juana Azurduy, herida en la acción de La Laguna—, e Ignacio Warnes, cuyas cabezas habían sido colgadas en picas en señal de escarmiento.

La visión estratégica y el sentido común le hicieron ver a La Serna que no podía demorar el retroceso. Se aprestó a proveerse de cabalgaduras y víveres, para lo que envió tres gruesas fracciones que fueron sucesivamente vencidas por las tropas de Güemes los días 17, 18 y 19 de abril de 1817. Buscó entonces, el 20, una salida hacia El Bañado, donde suponía que los patriotas habían reunido muchos caballos y ganado de consumo. Las tropas que iban a desarrollar esa misión eran importantes: 500 soldados de infantería, 180 jinetes y un cañón, y las comandaba el coronel Sardina, reputado como el mejor jefe de caballería que había venido a América. Luego de tres días estuvieron de regreso desalentadas y mustias. El 20 quedó aniquilada una compañía entera; el 21, resultó gravemente herido en el combate de Cerrillos el propio Sardina, y el resto de los efectivos fueron emboscados en varias ocasiones. Entraron en Salta hambrientos, agotados, portando a su jefe muerto en una improvisada camilla, sin traer ganado ni alimentos.

Al dar parte a Belgrano de lo ocurrido y excusarse de no haberlo hecho en los últimos días, Güemes le hacía conocer los trabajos a que se hallaba sometido: “Con motivo de haberse enfermado algunos de mis jefes, y tener falta de oficiales, tengo yo que hacer de jefe de división, de secretario y de todo, y hallarme tan pronto a vanguardia como a retaguardia y flancos; tengo que atender así a ordenar, como a dirigir, y en fin a tantas atenciones, que no puede figurarse vuestra excelencia. Séame, pues, disculpado el no haber contestado a muchos oficios de vuestra excelencia que tengo en mi poder, y el no haber dado parte de las gloriosas ocurrencias de ayer y antes de ayer, de haber hecho regresar a Salta una gruesa partida o división enemiga por un fuego tan activo, que perdió algunos oficiales, y bastante tropa”.

Por fin, el 5 de mayo de 1817, al amanecer, La Serna salió de la ciudad con todas sus tropas camino a Jujuy.

Güemes entró en Salta y pudo apreciar los estragos sufridos. De inmediato le remitió un lacónico oficio a Belgrano resumiendo la situación en que la había encontrado: “Hostigados al cabo los tiranos de la terrible guerra que han sufrido por las tropas de la provincia que tengo el honor de mandar, han abandonado al rayar el día esta plaza, dejándola tan en esqueleto que por todas partes no presenta sino pruebas de la ferocidad española”.

En dos días La Serna llegó a Jujuy, donde lo esperaba Olañeta con algunas tropas y recursos.

Güemes volvió a escribirle a Belgrano: “Si con fecha 5 del corriente dije a vuestra excelencia que el enemigo desocupó esta plaza emprendiendo en el silencio de la noche tal precipitada retirada, que más fue fuga vergonzosa, lo repito hoy, asegurando a vuestra excelencia con la verdad que me es característica que desde el momento en que rompieron sus marchas hasta esta hora no ha cesado el fuego hostil de las distintas partidas que los observaban a los alrededores de este pueblo y que los persiguieron hasta el de Jujuy donde entraron antes de ayer en medio de la mayor confusión y espanto”.

Los realistas, agregó, habían provocado abominables hechos demostrativos de una gran ferocidad: “Son incalculables los daños y perjuicios que estos perversos han causado en un pueblo inerme. Su conducta no tiene igual, ni aun entre las naciones salvajes; baste decir que sin respetar lo más sagrado de la religión han convertido su furor y saña, contra inocentes mujeres y contra todo género de propiedad sin distinción. El robo y el saco ha sido su ocupación favorita. La lengua se turba y la pluma titubea al querer narrar el tropel de escandalosos excesos que han cometido; es preciso verlos, para creerlos. No así la conducta de mis bravos oficiales y gauchos en general. Obedientes a las órdenes de sus jefes, han sido ejemplares en la comportación que han observado, sin otro norte que la aniquilación del enemigo; a él solo convertían su intrépido valor. El resultado es el de que hoy, no se conoce en esta ciudad, ni mujer ni hombre enemigo del sistema liberal; hasta los europeos, que por viejos y enfermos quedaron en ella, son ya tan patriotas como yo; tales han sido los insultos, y vejámenes que han experimentado, hasta confesar la justicia de nuestra gran causa. Tanto por esta razón cuanto por la irreprensible conducta de mis bravos, merezcan éstos las consideraciones de vuestra excelencia y del supremo gobierno que con acierto nos dirige”.

El 21 de mayo de 1817, los realistas abandonaban Jujuy en retirada hacia Tupiza, víctimas de un constante hostigamiento bajo la dirección personal de Güemes. Éste no pudo dar el golpe de gracia que hubiese significado la total disolución del ejército de La Serna, porque también sus hombres habían quedado casi totalmente de a pie a raíz de sus fantásticas marchas bebiéndose los vientos. En aquellos días sólo restaban trescientos gauchos montados.

En la entrada a la quebrada de Humahuaca, la retaguardia enemiga fue sorprendida por el infatigable teniente coronel Arias, que le tomó prisioneros y noventa caballos. Las fuerzas realistas llegaron a Tupiza, donde se fortificaron, en estado lamentable. Sólo se habían alimentado durante la marcha con carne de llamas, caballos y acémilas que morían de cansancio y carentes de pastos.

El recuento de víctimas del ejército de Fernando VII fue desalentador. De los 4500 soldados que habían comenzado la campaña, 1500 habían dejado sus huesos en territorio enemigo. Además, se habían perdido todas las cabalgaduras y el cuantioso material que portaban, excepto las armas portátiles y los cañones sin cureñas.

Bartolomé Mitre sintetizó los resultados de la invasión de la siguiente manera: “Así terminó esta famosa campaña, la más extraordinaria como guerra defensiva-ofensiva, la más completa como resultado militar, la más original por su estrategia, su táctica y sus medios de acción, y la más hermosa como movimiento de opinión patriótica y desenvolvimiento viril de las fuerzas de cuantas en su género puede presentar la historia del Nuevo Mundo”.

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