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Castelli y la revolución en el Alto Perú

Autor: Felipe Pigna

La Revolución de Mayo naciente tenía que abrirse caminos y los realistas la amenazaban militarmente por todos lados: desde el foco resistente de Montevideo, desde Lima y desde las ciudades del Alto Perú, que se habían convertido en los centros político-militares más operativos y se preparaban para vengar el fusilamiento de Liniers y sus compañeros y para exterminar al último foco de resistencia antiespañola en esta parte del continente.


La represión de la contrarrevolución de Córdoba le había dejado muy en claro a Moreno que Juan José Castelli compartía sus sentimientos y no titubeaba a la hora de defender los ideales libertarios y volvió a confiar en él cuando se trataba de hacer justicia en el Alto Perú.


El hombre de confianza de Moreno había nacido en Buenos Aires el 19 de julio de 1764, y como su primo Manuel Belgrano,  había cursado en el Real Colegio de San Carlos, para seguir luego sus estudios en el Colegio Montserrat de Córdoba y en la Universidad de Charcas, el mismo centro académico donde se graduaron Moreno y Monteagudo en abogacía. Había participado activamente en el cabildo del 22 de mayo derribando con su vibrante oratoria los argumentos de los representantes del virrey, que lo calificaban de “subversivo” y “principal interesado en la novedad”, o sea, la revolución. Fue uno de los vocales más activos de la Junta de mayo y uno de los más cercanos a las ideas del secretario de Guerra y Gobierno de la Junta.

La partida de sus compañeros dejará a Moreno en una peligrosa soledad que será rápidamente aprovechada por sus enemigos que terminarán por derrocarlo y harán lo imposible para desestabilizar a Castelli y a Belgrano poniendo en serio riesgo la continuidad de la Revolución.

Castelli partió al frente de aquel ejército de la patria con lo poco que había, con el pobrerío que lo seguía y con una revolución por hacer. Va hacia las tierras que no pudieron liberar Túpac Amaru y Micaela Bastidas, va a hacerles justicia: uno de los pocos cañones del ejército patriota se llama Túpac Amaru y el delegado de la Junta sueña con apuntarlo al centro del poder español de esta parte del continente.

La proclama de Castelli a su tropa dejaba en claro los objetivos político-militares de la expedición: “Ciudadanos, militares, amigos, hermanos y compañeros: La virtud y el heroísmo no pueden quedar sin premio, así como no pueden quedar impunes los crímenes. Mi gloria es partida con vosotros, por vida de la Patria y exterminio de nuestros rivales, impenitentes, endurecidos y envidiosos”.1

El presidente de la Audiencia de Charcas, Mariscal de Campo Vicente Nieto, había dicho hacía unos días: “Tengo en mi poder varios oficios relativos a órdenes y aprobaciones de la revolucionaria Junta de Buenos Aires que no he dado el uso que correspondía, porque espero tener la satisfacción de hacérselos comer en iguales porciones a los sucios y viles insurgentes, que me los han remitido bajo el título de Representantes del Poder Soberano”.


Nieto y el gobernador Intendente de Potosí y empresario minero,  Francisco de Paula Sanz,  que  pretendía huir con 300.000 pesos en pasta de oro y plata pertenecientes a los caudales públicos, fueron capturados al igual que el mayor general Córdova. El día 15, en la Plaza Mayor de la imperial villa, entre las 10 y 11 horas de la mañana, fueron ejecutados según la orden reservada de la  Junta de Buenos Aires que establecía: “El presidente Nieto y el gobernador Sanz deben ser arcabuceados en cualquier lugar donde sean habidos”.

Castelli abandonó Potosí el 25 de diciembre para marchar hacia Chuquisaca. Hacía 22 años había partido de allí con su título de abogado. La ciudad universitaria estaba muy cambiada. Él seguía siendo el mismo. Ahora era el delegado de la Junta al que el Cabildo tenía preparados grandes agasajos y le había dispensado un lujoso hospedaje, pero prefirió alojarse por su cuenta en un humilde hostal que conocía de sus años de estudiante. 

Había mucho por hacer, muchas heridas por curar y mucha injusticia por ajusticiar. Una de sus primeras ocupaciones fue la puesta en marcha de una legislación de avanzada que le devolvía las libertades y las propiedades usurpadas a los habitantes originarios. Decretó la emancipación de los pueblos, el libre avecinamiento, la libertad de comercio, el reparto de las tierras expropiadas a los enemigos de la revolución entre los trabajadores de los obrajes, la anulación total del tributo indígena, la suspensión de las prestaciones personales. Equiparó legalmente a los indígenas con los criollos y los declaró aptos para ocupar todos los cargos del Estado; tradujo al quechua y al aymará los principales decretos de la Junta; abrió escuelas bilingües: quechua-español, aymará-español; removió a todos los funcionarios españoles de sus puestos, fusilando a algunos, deportando a otros y encarcelando al resto.


Las medidas eran claramente revolucionarias y no tardarían en desatar la furia de los ricos, criollos y españoles, beneficiarios del sistema de explotación del indígena.

En Buenos Aires las cosas habían cambiado y mucho. Saavedra y Funes con la maniobra de la incorporación de los diputados a la Junta habían logrado dos objetivos largamente acariciados: dejar en absoluta minoría al morenismo y provocar la renuncia de Mariano Moreno el 18 de diciembre de 1810.

A pesar de todo Castelli no dejaba de proyectar, de soñar una utopía compartida.  Escribió por aquellos días oscuros: “Nuestro destino es ser libres o no existir, y mi invariable resolución, sacrificar la vida por nuestra independencia. Toda la América del Sur no formará en adelante sino una numerosa familia que por medio de la fraternidad pueda igualar a las respetadas naciones del mundo antiguo”.2

Se acercaba el primer aniversario de la Revolución y Castelli decidió celebrarlo como él consideraba que correspondía: con un hecho revolucionario. Convocó a todas las comunidades indígenas de la provincia de La Paz a reunirse ante las ruinas de Tiahuanaco, a metros del Titicaca, el lago sagrado del Collasuyo incaico. Allí estaban todos, centenares de habitantes originarios y soldados del ejército del Norte esperando por la palabra del orador. Castelli comenzó rindiéndole un homenaje a la memoria de los incas e invitó a los presentes a hacerles justicia a los antepasados expulsando definitivamente a los invasores españoles. Les anunció la expropiación de las tierras que estaban en manos de los enemigos de la revolución y su devolución a las comunidades, sus legítimos dueños.

Tras la derrota de Huaqui, el gobierno porteño mandó a detener a Castelli. Se lo acusaba de “mal desempeño” político y militar en el Alto Perú.  

El 14 de febrero de 1812, en Buenos Aires, comenzaron las declaraciones de los testigos. Ni uno solo de ellos testimonió contra Castelli y muchos elogiaron su patriotismo, a pesar de las capciosas preguntas de los fiscales que apuntaban a cuestiones tan “patrióticas” como saber si Castelli le había faltado el respeto al rey español Fernando VII y a la religión católica.

Pero en Castelli otro proceso más terrible que el judicial se había desatado hacía algunos meses. Una quemadura mal curada provocada por  un cigarro, había dado inicio a un letal cáncer en la lengua.

El 11 de junio de 1812 la Revolución comenzaba a quedarse sin voz. Un cirujano le amputaba la lengua a un Castelli que ahora sólo podía defenderse por escrito. “Yo no huyo del juicio; antes bien sabe V.E. que lo reclamé, bien cierto de que no tengo crimen”.

Pocos son los amigos que lo visitaban: Bernardo de Monteagudo, que había asumido su defensa y su primo Manuel Belgrano, que bajó “matando caballos” para estrecharlo en un abrazo.

Según la partida de defunción emitida por la parroquia de la Merced, en la noche del 11 de octubre de 1812 recibió todos los sacramentos. Pidió papel y lápiz y escribió: “Si ves al futuro, dile que no venga”. Murió en las primeras horas del 12 de octubre, el día que los conquistadores celebraban el inicio de su “cruzada” americana, una ironía del destino.

En El grito del Sud del 8 de diciembre de 1812, se anunciaba el remate “de la casa y la hacienda  del finado Dr. Juan José Castelli sita en la costa de San Isidro”. María Rosa Lynch, en la más absoluta miseria, gestionó en 1814 el cobro de los sueldos adeudados a su marido que sumaban 3.378 pesos. Fueron pagados trece años después. Una calle de Buenos Aires, de sólo cuatro cuadras, “recuerda” su nombre.

Referencias:
1 En Julio César Chaves, Castelli, el adalid de la mayo, Buenos Aires, 1957.

2 Ídem

Fuente: www.elhistoriador.com.ar