Manuel Dorrego decreta la libertad de imprenta
 
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Manuel Dorrego nació el 11 de junio de 1787 en Buenos Aires. Como la mayoría de los jóvenes porteños de clase media de entonces, ingresó en el Real Colegio de San Carlos (lejano antecedente del actual Colegio Nacional de Buenos Aires).

A principios de 1810 estaba estudiando leyes en la Universidad de San Felipe, Chile, cuando decidió unirse a los jóvenes que trabajaban por la independencia de su país. Pronto se convirtió en uno de los cabecillas de la incipiente rebelión y, al frente de los grupos estudiantiles patriotas, estuvo entre los primeros en lanzar el grito de “Junta queremos”, cuando los sucesos de Mayo en Buenos Aires animaron a los chilenos a reclamar la renuncia del gobernador español.

Cuando triunfó el movimiento independentista del otro lado de la cordillera, Dorrego abandonó los estudios, ingresó en el ejército y ganó el ascenso a capitán en la represión de un motín de españoles y chilenos contrarrevolucionarios, lo que le valió una medalla con la inscripción “Chile a su primer defensor”.

De regreso en Buenos Aires se unió a las tropas que marcharon al norte con Saavedra después del desastre de Huaqui. A las órdenes de Belgrano, participó en las batallas de Salta y Tucumán. Además de corajudo y arrojado, Dorrego era bromista, de esos bromistas pesados, y por este motivo fue confinado por actos de indisciplina. Estuvo ausente en Vilcapugio y Ayohúma, pero en 1813, ya con el grado de coronel, se hizo cargo de la vanguardia patriota e intervino en la formación de las milicias gauchas.

Confinado por San Martín por nuevos actos de indisciplina, en mayo de 1814 se ordenó su traslado a Buenos Aires. A poco de llegar se casó con el amor de su vida, Ángela Baudrix.

Pero no pudo gozar de una “luna de miel”. Incorporado al Ejército de Operaciones en la Banda Oriental que conducía Carlos de Alvear, Dorrego combatió contra los artiguistas. Venció en el combate de Marmarajá a las fuerzas de Fernando Otorgués, lugarteniente de don José Gervasio. Pero en enero de 1815 se las vio muy mal ante Fructuoso Rivera, que lo derrotó en Guayabos y lo obligo a recruzar el río Uruguay. Al año siguiente, Dorrego participó bajo las órdenes de Díaz Vélez en la expedición directorial contra la provincia de Santa Fe, que había tenido la “osadía” de elegir a su propio gobernador.

Sin embargo, Dorrego fue un muy serio y combativo opositor de la política centralista y monárquica de Pueyrredón. Estaba claro que lo suyo no era la guerra civil en la que se veía envuelto y pidió su traslado al Ejército de los Andes. El pedido le fue denegado por Pueyrredón, quien terminó por deportarlo el 15 de noviembre de 1816. Ni siquiera le informaron los motivos de su exilio forzoso, aunque Dorrego podía estar seguro de que se trataba de otra medida despótica del Director contra uno de sus más decididos opositores.

Volvió a Buenos Aires en 1820, cuando el gobernador Manuel de Sarraeta le devolvió sus grados militares y sus sueldos atrasados.

En aquellos días del año XX, Dorrego fue el único que aceptó la gobernación interina y trató de negociar la paz con Estanislao López, pero, enfrentado finalmente con éste, fue vencido en Gamonal.

Gracias a su amistad con el caudillo Felipe Ibarra, Dorrego fue representante por Santiago del Estero en el Congreso General convocado por el gobernador bonaerense Las Heras en 1824.Al discutirse la Constitución Nacional se destacó en los debates sobre la forma de gobierno y el derecho al sufragio. Sostuvo las ideales federales y desde el periódico El Tribuno atacó las medidas centralistas de Rivadavia. Esta posición política aumentó su prestigio en las provincias, donde ya comenzaba a considerárselo como el dirigente más claro del federalismo en Buenos Aires.

Fuente: Felipe Pigna, adaptación para El Historiador del libro Los mitos de la historia argentina 2, Buenos Aires, Planeta, 2005, pág. 153 y siguientes.

Al asumir su cargo de gobernador de Buenos Aires en agosto de 1827, decía premonitoriamente Dorrego: “Si algo tiene de lisonjero el destino que voy a ocupar es que viene envuelto con la feliz reorganización de nuestra provincia [...]. La confianza con que se me ha honrado es de tan gran peso que no me descargaré de ello sino consagrando mis escasas luces y aun mi propia existencia a la conservación y fomento de nuestras instituciones y al respeto y seguridad de las libertades. Para arribar a tan altos fines, mis medios serán: religiosa obediencia a las leyes, energía y actividad para cumplirlas, y deferencia racional a los consejos de los buenos. Para separarme del puesto que me habéis encargado, no será suficiente una resolución vuestra, sino que idólatra de la opinión pública, dado caso que no fuera bastante feliz para obtenerla, no aumentaré mi desgracia empleando la fuerza para repelerla, ni la tenacidad o la intriga para adormecerla. Resignaré gustoso el mando, desde que el verdadero concepto público no secunde mis procedimientos [...] La época es terrible: la senda está sembrada de espinas.” 1

Así lo recibía la Gaceta Mercantil: “Ayer ha sido nombrado por la H. Legislatura de la provincia para gobernador propietario el ciudadano don Manuel Dorrego. De los representantes que concurrieron a la Sala obtuvo 31 sufragios. El amante de su patria, el que sinceramente deseó la conciliación completa de las diferencias que han mediado entre la capital y las provincias, debe congratularse por la acertada elección que en consonancia con la opinión general ha hecho la H. J. Provincial. [...] Como gobernante de 1820, salvó la provincia del período más crítico en que se ha hallado; como representante de ella en 1823, 1824 y 1825; y como diputado nacional en 1826 y el presente año él le ha rendido servicios de consideración, que sus mayores émulos no se atreverían a disputarle. Si fijamos la atención un poco más atrás, la revolución en Chile, las campañas en el Alto Perú y Banda Oriental le han visto siempre intrépido, siempre luchando con honor por la causa de la independencia americana. Los ascensos que obtuvo en la carrera militar no han sido producto del favor sino tributo pagado a su valor y méritos recomendables”. 2

Una de sus primeras medidas la dictó a favor de los que siempre fueron objeto de su preocupación: los pobres. Se interesó por la suerte de los gauchos y peones de estancias, que padecían los efectos de la leva, sistema usado para la remonta de las tropas de línea y milicias de fronteras.

En favor de las clases populares, fijó precios máximos sobre el pan y la carne para bajar la presión del costo de la vida y prohibió el monopolio de los productos de primera necesidad. Tuvo éxito y en febrero y marzo de 1828 –afirma Miron Burgin– “el peso recuperó casi todo el terreno que había perdido el año anterior” gracias a “la cautelosa política de Dorrego. El horizonte financiero comenzó a presentarse nuevamente promisorio después de la suspensión de las hostilidades con Brasil. Pero la rebelión de Juan Lavalle y la ejecución de Manuel Dorrego socavaron totalmente la situación financiera de la provincia”. 3

Cuenta Vicente Fidel López: “El mes de octubre se pasó en vistosas fiestas y congratulaciones oficiales. La Legislatura le había acordado al coronel Dorrego el grado de general; pero éste lo había rehusado diciendo que todos los grados que tenía los había adquirido por actos de ‘guerra nacional’, y que no quería amenguarlos recibiendo el que habría coronado su carrera por motivos que no eran un servicio propio de ella. Mas, como era notorio que había vivido siempre en pobreza, se le adjudicó un premio de cien mil pesos en fondos públicos del 6 por ciento”. 4

Desde el periódico El Tribuno atacó las medidas centralizadoras de Rivadavia. Esta posición política aumentó su prestigio en las provincias, donde ya comenzaba a considerárselo como al dirigente más claro del federalismo en Buenos Aires.

El 8 de mayo de 1828 hizo aprobar en la Legislatura su proyecto de libertad de imprenta, que prohibía al gobierno la aplicación de cualquier tipo de censura previa y posterior a las publicaciones de la prensa.  Quizás en aquellos momentos recordaba su notable época de periodista apasionado, cuando escribía artículos como éste, publicado en El Tribuno, el 1º de octubre de 1826: “No os azoréis, aristócratas, por esta aparición. El nombre con que sale a la luz este periódico sólo puede ser temible para los que gravan con la sustancia de los pueblos; para los que hacen un tráfico vergonzoso, defraudándoles en el goce de sus intereses más caros; para los que todo lo refieren a sus miras ambiciosas y engrandecimiento personal; en fin, para aquellos lógicoligarquistas que, sin sacar provecho de las lecciones que han recibido en la escuela del infortunio, preservan firmes en adoptar los mismos medios, de que usaron antaño, para dominar, en lugar de proteger, para destruir, en vez de crear.”

Resulta interesante comparar la actitud de Dorrego ante la sugerencia de participar en un golpe de Estado contra Rivadavia y el de sus victimarios. El mismo editorial de El Tribuno que acabamos de ver terminaba diciendo: “Si en Buenos Aires se hubiesen adoptado, para derrocar el orden preexistente, otros medios que el convencimiento, la persuasión y las vías legales, aun cuando el cambio de administración se hubiese conseguido, habría sido destruyendo, y no edificando; habría sido empleando la fuerza y no haciendo valer la opinión, porque ésta siempre calla cuando habla aquélla. [...] Es lisonjero esperar que la concordia y terminación de nuestras diferencias domésticas sea el primer resultado de esta transición. Estábamos habituados a ver a los primeros magistrados descender por un lado de la silla del poder, y caminar por otro a las mazmorras o a la deportación. No se creía en aquellos casos que se había obrado de acuerdo con el interés general, si no se tenía el triste desahogo de satisfacer los resentimientos y las venganzas personales. Afortunadamente, esos períodos fugaces de triste recuerdo están ya lejos de nosotros. Por lo menos, en el cambio actual no se han mezclado hasta ahora (y El Tribuno espera que no se mezclarán en adelante) pasiones innobles. Olvidemos los males ya hechos, para fijarnos sólo en los que dejan de hacerse, y en el justo empleo que ahora se hará de nuestros recursos contra el enemigo común que se gozaba en nuestras desavenencias. Llevemos por norte y constante guía de nuestras medidas, la opinión general; y para explorarla debidamente adoptemos siempre, con franqueza y publicidad, el uso de las vías legales, que en todo sistema representativo (y principalmente en el republicano) son los agentes más honoríficos y seguros para arribar al goce perfecto de todos los bienes sociales. Tales han sido, son y serán siempre los sentimientos de El Tribuno (Dorrego)”.

Referencias:

1 Vicente Fidel López, Historia de la República Argentina, Buenos Aires, Sopena, 1960.

2 La Gaceta Mercantil,  N° 1130, agosto 13 de 1827.

3 Miron Burguin, Aspectos económicos del federalismo argentino, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1977.

4 Vicente Fidel López, Historia Argentina, Buenos Aires, Sopena, 1972, t. V.

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Fuente: www.elhistoriador.com.ar