Las serenatas
 
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Autor: Eizaguirre, José Manuel, Páginas argentinas ilustradas, Casa Editorial Maucci Hermano, 1907.

Las serenatas eran a manera de certámenes públicos organizados de noche y en plena calle, por los vecinos alegres, y más frecuentemente, por los novios durante la época colonial, al pie de un balcón donde una o varias damas escuchaban alabanzas o la poética narración de penas causadas por sus desvíos.

Los jóvenes que ponían en juego estos recursos se parecían a los trovadores y juglares de la edad media, y el premio, lo mismo que en los consistorios del «Gay saber», solía ser, una flor natural, así fuese el amador poeta o simple juglar de boca, es decir, que él mismo hubiese sido el autor de sus trovas, o las declamase por haberlas mandado hacer a la medida de su deseo. Estos distingos de autor o repetidor no quitaban el sueño a las bellas, pues bastábales ver al pretendiente dirigiendo el grupo, para que la sorpresa y la grata vanidad de las alabanzas, les acelerara el ritmo cordial. Allá se las entendía después, a la vuelta de la esquina, el director del corrillo de instrumentistas, cuando éstos, terminada la fiesta, como los juglares que cantaban las hazañas del Cid, le decían, y no al oído «Dat nos del vino, si non teñedes dinneros», pues que los negros, mulatos y mestizos músicos de arpa, guitarra, flauta y tamboril, no trabajaban por amor al arte, sino por dineros o pan y vino.

Los trovadores, si llegaron alguna vez a escalar ventanas, en buen número de ocasiones, acaso sintieron el amargo dolor de los palos aplicados con mano segura por padres o hermanos irritados. No fue extraño tampoco que amadores despechados armaran un zipizape de ¡Dios es Cristo! embarullando un barrio entero, o que las damas celebradas, si abrían la ventana, fuera para arrojarles los que los trovadores no buscaban; pero en todos estos casos, notábase el sello de la excepción. El director de una pandilla, como hombre prevenido, llevaba siempre entre la gente de instrumento sonoro, algún servidor bravo, capaz de hacer pie y desbandar a los agresores navaja en mano, o cuando menos, resguardarle las espaldas si después de los rasgueos anunciadores y de dar su nombre o señas personales, salía quien o quienes, con un derecho de familia, no estaban dispuestos a oír la continuación del canto. Generalmente los versos que obtenían más prestigio en la península cruzaban el mar y aunque no fuesen de serenatas, los amadores los lanzaban al viento sin preocuparse mucho. Así, letrillas y versos jocosos -algunos de color subido- de Iglesias de la Casa, se cantaron en Buenos Aires en el siglo XVIII, como la Palomita, por ejemplo:

Una paloma blanca
Como la nieve
Me ha picado el alma
Mucho me duele.

Dulce paloma,
¿Cómo pretendes
Herir el alma
De quien te quiere?...

No escaseaban los ingenios en la tierra, ni se hallaba amortiguado el espíritu alegre y fecundo de la raza; pero como en todos los tiempos, los hombres de mayor ingenio eran siempre los que menos dineros tenían. El poeta Labarden, que floreció a fines del siglo XVIII, tuvo que buscarse la mayordomía de una iglesia en construcción de la Colonia, para vivir. ¡Y cuántos ingenios igualmente brillantes, no se habrán perdido, oprimidos por la oscuridad abrumadora de aquellas épocas!

Sucedía también que el amador, sin voz, para ganarse el cariño de una bella, buscaba en las trastiendas algún tenor al que aleccionaba. Entonces, con el propósito de evitar confusiones, el director se ponía cerca de los faroles para ser distinguido. Cuando el estado de las calles era malo por los pantanos o las lluvias constantes, las serenatas se daban a caballo, lo que no era raro ni en tiempo seco, pues en aquellas épocas y hasta muy adelantado el siglo XIX, no había casa de familia que no tuviese en los fondos uno o dos caballos de silla. ¿Y qué extraño sería esto, cuando se pescaba a caballo, y los acompañantes de un entierro, sin excluir los deudos, iban a caballo?

La costumbre de las serenatas no se ha perdido en toda la República. En muchas ciudades y pueblos del interior, continúan los amadores fieles a la simpática y secular costumbre.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar