btnEste artículo pertenece al período: Conquista y colonia (1492-1776)
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El día de la Industria (2 de septiembre de 1587)

Fuente: Felipe Pigna

"Y si todos los españoles que en estas partes están y a ellas vienen fuesen frailes, o su principal intención fuese la conversión de estas gentes, bien creo yo que su conversación con ellas sería muy provechosa; más como esto es al revés, al revés ha de ser el efecto que obrare; porque es notorio que la más de la gente española que acá pasa son de baja manera, fuertes y viciosos de diversos vicios y pecados. Y si a estos tales les diese libre licencia de se andar por los pueblos de indios, antes por nuestros pecados se convertirían a sus vicios que los atraerían a virtud."

Carta de Hernán Cortés a Carlos V

Desde 1941 se celebra en Argentina el 2 de septiembre como el día de la industria en homenaje a un episodio, que bien analizado, no deja de ser todo un símbolo del "ser nacional" y del estado actual de la actividad productiva más vapuleada desde aquel fatídico 24 de marzo de 1976, que implantó el modelo de desindustrialización afianzado por los jinetes de nuestro Apocalipsis, Menem-Cavallo-De la Rúa & Company entre 1989 y el 2001.

Debe haber pocos países en el mundo, por no decir ninguno y aumentar nuestro Ego, por aquello de la originalidad nacional, que para homenajear a su Industria Nacional, elijan un hecho delictivo, concretamente, un episodio de contrabando. Eso fue lo que ocurrió aquel 2 de septiembre de 1587 en el territorio que hoy conocemos como la República Argentina y que entonces pertenecía al Virreinato del Perú.

El calendario recuerda aquel 2 de septiembre de 1587 cuando zarpó del fondeadero del Riachuelo, que hacía las veces de puerto de Buenos Aires, la carabela San Antonio al mando de un tal Antonio Pereyra con rumbo al Brasil.

La San Antonio llevaba en sus bodegas un cargamento proveniente del Tucumán, fletado por el obispo de esa ciudad, Fray Francisco de Vitoria. Se trataba de tejidos y bolsas de harina producidos en la por entonces próspera Santiago del Estero. Lo notable es que dentro de las inocentes bolsas de harina, según denunció el gobernador del Tucumán Ramírez de Velasco, viajaban camuflados varios kilos de barras de plata provenientes del Potosí, cuya exportación estaba prohibida por Real Cédula. Es decir que la "primera exportación argentina" encubre un acto de contrabando y comercio ilegal.

Negocios en el Tucumán

El Obispo Francisco de Vitoria había servido en Charcas a un mercader y allí pudo entablar relaciones comerciales con los miembros más notables de la Audiencia, lo que le permitió obtener un permiso para importar esclavos desde el Río de la Plata. Hasta entonces no había entrado ni un solo esclavo por Buenos Aires. Vitoria fue el pionero del tráfico negrero en estas tierras. Sin embargo el Consejo de Indias lo había propuesto “por ser muy buen letrado y predicador” y por poseer excelentes recomendaciones por su pasado de consejero de la Inquisición en España.

En 1586, fue nombrado Juan Ramírez de Velasco gobernador de Tucumán. Sus primeras medidas fueron condenar el concubinato ("amancebamiento"), la sodomía y el estupro. Sus principales enemigos eran el obispo Vitoria y sus socios de la Audiencia de Charcas. El gobernador denunció el contrabando practicado sistemáticamente por Vitoria, pero los miembros de la Audiencia, que estaban en el negocio, parecían no "oír" sus reclamos.

Decía en sus notas “en esta ciudad está la iglesia catedral y por obispo de ella don Francisco de Vitoria, de la orden de Santo Domingo, (...) que si hay escasez de sacerdotes se debe, no a la pobreza de la tierra, sino a los malos tratamientos del prelado porque aun los legos no lo pueden sufrir. A mí me ha excomulgado dos veces. Todo su negocio es tratos y contratos".

Ramírez de Velasco, ya que no podía con el Obispo, empezó a hacer justicia con sus amigos. A un tal García de Jara que había matado unos 11 indios y realizado unos "nueve estupros con fuerza en indias pequeñas, que por serlo mucho murieron seis y realizado muchas difamaciones por ser uno de esos que lavan su lengua en honras de mujeres honestas", mandó que le cortasen la lengua y la clavaran en un madero y lo que quedaba de él, que lo colgaran "hasta que muriera de muerte natural".

El obispo, que tenía más de 20.000 indios en encomienda, no prestaba mucha atención a lo que decía San Jerónimo (¿347?-420) "Como el mercader nada agrega al valor de sus mercaderías, si ha ganado más de lo que ha pagado, su ganancia implica necesariamente un pérdida para el otro; y en todo caso el comercio es siempre peligroso para su alma, puesto que es casi imposible que un negociante no trate de engañar". Ni a San Ambrosio (340-397), que condenaba sin soslayos la propiedad privada: "todo lo que tomas sobre tus necesidades, lo tomas por violencia. Dios, ¿habría sido bastante injusto para no distribuir con igualdad los medios de vida, de manera que tú estarías en la abundancia, mientras que otros sufrirían necesidades? El pan de los hambrientos es el que tú acaparas, el traje de los desnudos es el que guardas, el dinero que tu ocultas es el rescate de los desgraciados".

El gobernador se expresaba en estos términos en una carta al Rey Felipe II: “El obispo Vitoria tiene amedrentados a vuestros vasallos con sus continuas excomuniones y su vida y ejemplo no es de prelado sino de mercader (...) No he visto que haya acudido a las cosas de su cargo ni le he visto en la iglesia ni entiende en la conversión destos pobres naturales (...) y en el entretanto que andaban las procesiones estaba él por sus manos haciendo fardo para llevar al Brasil (...) y llegaron sesenta negros que le dejaron los ingleses (...) vino a esta ciudad con ellos (...) deja de acudir al oficio de pastor para acudir al de mercader sin acordarse destas pobres ovejas (...) y en sabiendo un pecado o liviandad de alguno le hace proceso, y el tal culpado, por no venir a sus manos le da cuanto tiene (...) lo que se ha podido averiguar del oro y la plata que el obispo envió al Brasil son los mil y quince marcos de plata blanca y treintinueve marcos de oro de ocho onzas más trescientos setenta pesos de oro de 22 quilates y dos cadenas que pesaron ciento y noventa y cinco pesos y quince marcos de plata labrada que envió el dicho en el dicho navío a Manuel Tellez Barreto, gobernador de Bahía”.

La “nave del Día de la Industria” emprendió su regreso con ciento veinte pasajeros involuntarios (esclavos negros, destinados a las minas de Potosí, y varias decenas de campanas y cacerolas), pero fue abordado por el pirata inglés Thomas Cavendish y sus hombres. Al pirata, poco afecto a los rezos y sermones, no lo amedrentó la presencia del obispo, y se robó el barco con toda la mercadería y la mitad de los esclavos.

Vitoria, entonces, debió hacer obligadamente voto de pobreza y caminar casi desnudo hasta Buenos Aires, donde fue rescatado y, para desgracia de Velasco, devuelto a su diócesis.

Pero al año siguiente, vendió 60 esclavos en Potosí y reunió un capital interesante como para insistir con su negocio, esta vez en un navío propio y con pasajeros que llevaban, entre todos, de 40.000 a 45.000 pesos. Sin embargo, fueron sorprendidos por un temporal muy fuerte y “dieron al través de la otra banda del río” –como informaba el gobernador del Tucumán en diciembre de 1588–, donde los náufragos enterraron la plata y anduvieron prófugos de los indios, hasta que los salvó una expedición salida de Buenos Aires. El obispo rescató 15.000 pesos que tenían los naturales; según el gobernador, porque “Dios no miró las ofensas que le ha hecho su desenfrenada lengua”. Aparentemente el Todopoderoso se arrepintió, porque en Buenos Aires el gobernador Torres de Navarrete, amigo de lo ajeno y del mencionado español de los cien años de perdón, se echó sobre la plata, tomó 5.000 pesos y el resto lo repartió entre los vecinos; con lo cual Vitoria y su gente tuvieron que volverse al Tucumán caminando. Algunos herejes suponen que el obispo del Tucumán fue el precursor de las peregrinaciones a pie en nuestro país.

Los cabildos de la región comenzaron a protestar contra el obispo que no se ocupaba "de las cosas de la fe", sino de los negocios.

El sucesor de Ramírez de Velasco, Hernando de Lerma, llegó a desterrar al deán Francisco de Salcedo, nombrado por Vitoria, a la ciudad de Talavera del Esteco. Allí Salcedo sublevó a la población y transformó al convento mercedario "en ciertas horas en cuartel y en otras en una casa de placeres". Parece que por las noches apenas terminadas las oraciones del templo, se abría la puerta falsa del convento y entraban sigilosamente mujeres embozadas. Talavera era la "ciudad de la lujuria” y Salcedo se transformó en el caudillo de Talavera del Esteco en abierto desafío al poder de Tucumán.

Todos estos episodios culminaron con la separación del obispo de su diócesis. El gobernador del Tucumán lo acusaba de haber expulsado con sus malos tratos a casi todos los sacerdotes de su diócesis y, suprema ofensa para la época, dejó entender que el obispo era "cristiano nuevo", es decir, judío. En aquellos tiempos la "pureza de sangre" era un argumento decisivo. En un Estado que había usado para consolidarse el molde y yunque de la religión, todos los que no podían demostrar su linaje cristiano estaban discriminados de antemano. Por lo cual, la acusación de ser un marrano -un judío convertido que seguía respetando la fe de sus mayores- o incluso un cristiano nuevo era un arma letal y muy fácil de usar: no había nada más eficaz contra un enemigo que proclamar que no era un creyente verdadero.

Pero lo que seguramente nunca imaginó el creativo obispo Francisco de Vitoria es que su acto se transformaría en todo una alegoría de la Argentina contemporánea y que se le asignaría un espacio destacado en la caprichosa efeméride oficial.

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Fuente: www.elhistoriador.com.ar
 

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